Pinceladas literarias especial fin de año: Bombacha rosa

Para cerrar el año y tener presentes las tradiciones, te presentamos una entrega especial de Pinceladas literarias con un cuento de Valentina Pereyra

Bombacha rosa

Guardó la bombacha rosa para estrenarla en Año Nuevo. Se la había regalado la madre con una tarjeta que decía: “El rosa es el color del amor, la pasión y la aventura. Estrenarla, te va a dar suerte”. Después de leerla ella le hizo un bollo y la tiró al tarro de la basura. Tampoco se la puso el 25 de diciembre como único acto de rebeldía. Ese día, después del almuerzo, la madre le preguntó por la bombacha y le recordó que a la noche los primos saldrían al baile de Papá Noel en el Club Central, en el barrio del Molino. Ella levantó los hombros y le dijo que no necesitaba talismanes para conseguir novio. “Permitime dudarlo”, dijo la madre entre cucharada y cucharada de ensalada de fruta. A la tarde, después del pan dulce y el último vaso de sidra, los primos la invitaron al baile. Ella dijo que le dolía la cabeza y que, si salían en Año Nuevo los acompañaría.

Las vidrieras del centro de Tres Arroyos seguían pintadas de rosa a pesar de que había pasado una semana de la Navidad. Las vidrieras de los kioscos exhibían revistas con las imágenes de Araceli González en bombacha colaless rosa o de Graciela Alfano posando en tanga del mismo color. Señales, pensó. Paró en Casa Spenza y, mientras hacía un paneo general por la vidriera, no podía dejar de escuchar a su madre picoteándole la cabeza: “Si querés buena suerte o buenos novios tenés que estrenarte la bombacha rosa”. Repasó con la mirada las distintas promociones. Todavía no estaba en auge el dos por uno u otro tipo de beneficio bancario, menos que menos, las billeteras virtuales. Pero, los carteles escritos con tinta flúor anunciaban: dos colas lees y una vedetina a diez pesos (un peso igual a un dólar); una vedetina tiro bajo y un tiro alto a seis pesos con cincuenta; dos bikinis rosas de algodón y una de encaje marca Selú a veinte pesos. Eligió un combo que podía pagar y que fuera lo suficientemente sexy como para ayudar a la suerte: encajes, puntillas, estrases, todo rosa. Pasó por el kiosco y se compró el especial de los 60 años de la revista Gente atraída por uno de los títulos de la tapa: “El ritual de la ropa interior rosa”. Se tiró a dormir la siesta para estar bien fresca en la cena de Fin de Año y para poder seguir de caravana, como le gustaba decir a su hermana. La despertaron los ruidos que llegaban del comedor: tintineo de copas, de cubiertos, chirridos de sillas, golpeteos de platos. Tardó en salir de su habitación, no quería ser parte de las tareas para la cena del último día del año. Para pasar el rato se puso a leer el artículo por el que había comprado la revista Gente: “La ropa interior rosa representa el plano emocional y afectivo. Se asocia con el amor, el deseo, la protección y los sentimientos profundos. La tradición indica que debe ser regalada, no comprada por quien la va a usar”. Tiró la revista al piso y apoyó la cabeza sobre las manos entrelazadas detrás de la nuca. Suspiró y de un salto dejó la cama y abrió el primer cajón de la cómodo, donde guardaba la ropa interior. Levantó la bombacha rosa que le había regalado su madre y buscó en la cartera el paquete con las otras que se había comprado. Estoy frita, pensó, al mismo tiempo que decía en voz alta: “¿Cuál será la de la suerte: la regalada o la más sexy?” Levantó la revista y siguió leyendo en busca de la respuesta. Usar bombacha rosa simboliza la intención de atraer energía positiva, alegría, prosperidad emocional y dejar atrás la mala suerte al cerrar un ciclo y comenzar otro. Acomodó las dos sobre la colcha, se las puso por encima del short y se miró al espejo. A los treinta años esa era una situación desesperante. Todavía no había seguido esa tradición. Tres décadas dejando pasar la suerte cada Navidad, cada Año Nuevo. El novio de la facultad se había casado con su mejor amiga; el tipo que se había levantado en el trabajo era casado; las amigas eran maestras y, de aburridas nomás, se habían puesto a tener hijos y esposos. “¡A quién de ellas le importa ponerse la bombacha rosa!”, susurró como soplando una puteada al viento. “Tampoco a mi hermana le interesa esta tradición del orto. Tiene el mismo novio desde los quince años. Por eso a ella no la jode nadie”, pensó.

Los gritos de su madre la alertaron de que faltaba una hora para que empezaran a llegar los invitados. Se asomó a la puerta y avisó que se iba a bañar. Cerró rápido para no escuchar a la madre que hablaba sola en la cocina y se quejaba sobre todo lo que había cocinado, sobre el trabajo que le había dado hervir la lengua, lustrar los cubiertos, fajinar las copas de cristal herencia de la abuela, planchar con almidón los manteles, pelar las frutas para la ensalada y practicar la respiración de yoga para aguantar las conversaciones de su cuñada.

Todavía tenía el toallón en la cabeza cuando se puso el vestido blanco, una tradición brasileña que había empezado a circular en los programas de chimentos de la tarde. Eligió la bombacha rosa de encajes y puntillas y se miró al espejo. Se acercó, se alejó, ¡no lo podía creer! Se transparentaba. Pensó que, si esa noche enganchaba a alguien, no iba a ser por el talismán que se había metido por las piernas sino porque se le veía el culo. Tenía que elegir: o la tradición blanca o la rosa; las dos no se llevaban bien. Aferrada como a un mantra a la frase del artículo de la revista Gente: La tradición tiene la intención de dejar atrás la mala suerte al cerrar un ciclo, decidió ponerse un pantalón negro y una camisa roja. Después de las doce de la noche la suerte corría por su cuenta.

Llegaron los tíos y los primos, su hermana con la pareja, y, a las nueve y media, la madre sirvió la mesa. Antes de sentarse los jóvenes se pusieron de acuerdo para ir al baile que organizaba el Oso Suárez en el Golf Club. Ella estaba lista, su arma secreta en posición de ataque. “¿Vas a ir esta vez? ¡Te habrás puesto la bombacha rosa que te regale porque veo que el vestido blanco te lo olvidaste!”, le dijo la madre. “¡Vos qué sabés!”, le contestó ella mientras se servía el vitel toné. Dos platos de pollo arrollado y uno de lengua a la vinagreta después, brindaron por primera vez por el encuentro y por el año que estaba por llegar. Varias copas de vino blanco y dos de champán para el brindis fueron suficientes para ella que no quería hincharse, por si la noche le deparaba algún desfile improvisado en bombacha. Después de las doce campanadas, y de comerse doce pasas de uva, de dar doce vueltas alrededor de la mesa con una valija y de brindar subida a la silla, juntaron la mesa y se fueron al baile en el Golf Club.

La música de Rafaela Carrá, Los Fabulosos Cadillac, la banda sonora de Chiquititas, Shakira y Chayanne, y la más icónica de Charly, Ceratti y Divididos, dieron la bienvenida. Cervezas que había que sacar de una bañadera, tragos en la barra, champagne para saludar al 1996. Bailó cabeza con cabeza con el mejor amigo de su cuñado, tetas aplastadas contra el pecho transpirado de su acompañante. El calor le hacía cosquillas en la entrepierna. Varios besos de lengua después, él la invitó a terminar el año viejo en su departamento. Pensó en esa incoherencia entre lo que ya se había ido y lo que venía y cómo los hombres no querían soltar. Pero sacudió la cabeza como intentando despejarse y dejarse llevar por el momento y por la suerte que ya le daba la bombacha rosa. Antes de irse, fue al baño. Esperó el turno en una larguísima fila de chicas semi borrachas. La transpiración le corría por el cuerpo, se secaba con el puño de la camisa y soplaba para refrescarse la cara. Sintió la calidez de su vagina y cruzó las piernas. Dejó pasar su turno porque de refilón vio el baño rebalsado de papel. Apretó más la entrepierna, como cuando hacía ejercicios pélvicos, hasta que pasó al baño. Dejó caer el pantalón al suelo, a pesar de que estaba inundado. Se bajó la bombacha e hizo pis sin apoyar la cola en el inodoro. Leyó las frases talladas en la puerta frente a ella y sonrió ante tanta declaración de amor y de odio por partes iguales. A poyó las manos en las rodillas para hacer equilibrio, el chorro era largo y mucho el dolor de pies y de cintura. Sintió un dolor fuerte en el bajo vientre y suplicó en silencio, casi rezando, que no fueran ganas de hacer caca. Se paró antes de terminar, pero volvió a bajar la cola por miedo a chorrearse. Escuchó a una de las chicas que esperaban su turno para hacer pis decir su nombre. Ella preguntó quién la llamaba: “Dice tu novio que te apurés”, dijo la voz del otro lado de la puerta. Se pasó la lengua por los labios para volver a sentir el gusto a fernet de la boca que la había besado. Otro pinchazo en la vagina le estremeció. Se preguntó si eran las mariposas de las que tanto le había hablado su hermana. ¿O sería la cerveza? “Ya salgo”, gritó. Se sacudió y se secó. Se pasó la mano por las entrepiernas y soltó el papel como si le diera corriente. Agitada, mareada y transpirada, se subió la bombacha rosa que también estaba teñida de rojo.

fuente: VIAPAIS

Artículos Relacionados

Volver al botón superior

Adblock Detectado

Considere apoyarnos deshabilitando su bloqueador de anuncios