
Vía Tres Arroyos presenta una nueva entrega de Pinceladas Literarias, en esta ocasión con un cuento de Valentina Pereyra.
Todo se descontroló cuando Mia decidió poner en marcha el plan que la desvelaba. Se había empecinado en demostrar que la sociedad o, como la nombra ella, la gente que vive en mi pueblo, no actuaba de la misma manera en la playa que en el centro. En este punto, en sus pensamientos nocturno y también en la charla con sus amigas aclaraba: “cuando digo centro me refiero al de Tres Arroyos, no al de la villa balnearia, esa cuenta como playa”.
Hace una semana, al mediodía, pleno horario de bancos, Mia se bajó de su Ford Fiesta, se puso los anteojos negros, caminó para la esquina principal del centro, y se sacó la pollera pareo. La dobló y guardó en el bolso playero que llevaba colgado al hombro. Estaba por cruzar la calle para Sorti, la confitería más concurrida, cuando el inspector que dirigía el tránsito hizo sonar el silbato. Al principio no entendió que la pitaba a ella hasta que una mujer movió la cabeza en dirección al funcionario municipal y no le quedó otra que darse por aludida. Mia en una esquina, el inspector en el medio de la intersección de las dos calles. El hombre se bajó los lentes, volvió a hacer sonar el silbato y la señaló.
- — ¿A mí? ¿Yo? — dijo mientras bajaba el cordón de la vereda para poder escuchar al inspector que le daba indicaciones.
- — ¡Póngase la pollera! — dijo el hombre señalando debajo de la cintura de Mia que dio un paso para atrás para esquivar al auto que, aprovechando la distracción del inspector, se escurrió entre los dos.
- — ¿Por qué?
- — Por decoro, Dios, mío. ¿No ve que la mira todo el mundo?
- — Hace calor — contestó Mia.
- — Yo también tengo calor y no ando en bolas
- — ¡Qué boquita, inspector!
- — ¡Déjese de pavadas! No me la complique.
- — Tengo calor, es verano y en Claromecó ando así todo el día y nadie me dice nada.
- — ¡Es playa, señora! ¡Qué le van a decir!
- — No sé. Dígame usted que es el que quiere que me ponga la pollera.
- — Señora, se le ve todo.
- — ¿Qué se me ve?
- — Todo, señora, todo — dijo el inspector mientras le señalaba debajo de la cintura.
Mia giró hacia él, se levantó la camisa de seda floreada y dejó a la vista del inspector y de los transeúntes que se empezaron a juntar en las esquinas, la cola al aire. La bombacha de la bikini amarilla le cubría un triángulo delantero y el hilo que sostenía el elástico de la cintura se había perdido en el medio de los cachetes. El hombre la agarró del brazo y la llevó hasta la vereda, mientras caminaban le pidió por favor que se volviera a poner la pollera y que no lo obligara a llevarla a la comisaría.
- — Pero, ¿por qué?
- — Señora, le repito: ¿No ve cómo la miran?
- — Le repito también: Así ando en la playa, hago los mandados, busco a los chicos en la casa de sus amigos, corto el pasto, compro el diario. Jamás nadie me pidió que me pusiera la pollera. Ni a mí, ni a las demás mujeres que también andan como yo
- — Esta no es la playa
- — ¿Dónde está escrito que no pueda andar en el centro como ando en la playa?
- — Vístase
- — ¡Estoy vestida, por Dios!
Una mujer que, junto a su hija, miraba la escena desde la mesa de la confitería fue la primera en gritarle que se pusiera la pollera, que hiciera caso, que no estaban en la playa y que a ella no le interesaba mirarle el culo al aire a nadie. Mia se zafó del inspector y caminó para la mesa desde donde había salido el comentario. No le habló a la mujer que tendría unos sesenta años, le preguntó a su hija una joven de unos veinte:
—¿Usas malla entera?
- — No
- — ¿Colaless?
- — Si
- — ¿Y eso qué tiene que ver? —dijo la madre.
- — ¿Andás por la playa y por el centro de Claro en malla?
- — Sí.
- — Deje a mi hija tranquila — dijo la mujer mientras hacía señas para que el inspector le sacase de encima a Mia que no esperó a que la vinieran a buscar.
La gente que salía del banco se amontonó atraída por otra gente que ya estaba armando grupos en las cuatro esquinas como si se tratara de un anfiteatro. Los autos frenaban porque sí, por curiosidad, por inercia. Los silbidos piropeadores y los reprobadores salían tímidos del medio de la multitud. Para ese entonces, ya había pasado media hora desde que Mia se había enfrentado al inspector, los celulares filmaban la escena y eso mismo atraía a otros celulares que, aunque estuvieran lejos del centro, se fueron acercando para captar o mirar en vivo y en directo tal atrevimiento. Sí, porque eso se escuchaba murmurar entre las mujeres que achicaban cada vez más la ronda que dejaba libre un pequeño círculo sobre el asfalto en el que sólo cabían Mia y el inspector.
— Usted me obligó. Llamo a la policía.
Los más jóvenes aplaudían, chicas y muchachos pedían por la liberación de Mia y clamaban por sus derechos de mostrar el cuerpo donde se le antojara.
- — Pero qué manga de hipócritas. ¿O no le miran el culo a todas las mujeres en la playa; o no les queda el culo en la cara de alguna mujer de su familia o vecina de carpa mientras toman mate o juegan al tejo? — dijo una chica veinteañera que salió de la ronda para pararse al lado de Mia.
- — —Salga, con usted no es la cosa —dijo el inspector.
- — Callate, turra. Entre trolas se entienden —gritó un muchacho que tampoco pasaba los treinta.
- — ¿Vos hacés tapar a tu novia cuando caminan por la orilla del mar? —dijo Mia.
- — Querida, en la playa es otra cosa—dijo una mujer que salió del banco después de cobrar la jubilación.
- — Mostrar el culo es mostrar el culo acá y en la China.
- — No sé cómo será en la China— dijo la jubilada —pero en Tres Arroyos no podés pasearte por el centro mostrando el culo.
- — ¿Por qué no? —dijo otro jubilado que había dejado de hacer la fila al rayo del sol para unirse al grupo alrededor de Mia.
- — ¿Cómo por qué no? —dijo una mujer cincuentona que tenía agarrado del brazo a su marido bronceado y con los ojos saltones bien abiertos y clavados en el culo de Mia —¿Cómo por qué no? Es una ciudad. La playa es la playa. Ahí las chicas andan como quieren; mi bikini también es colaless, pero no vengo al banco en culo.
- — Pero, en la playa, se lo miran—dijo Mia.
- — ¿Cómo voy a saberlo? —dijo la mujer mientras sacudía el brazo de su esposo como para que reaccionara.
El inspector había pedido refuerzos. Los hombres de la guardia urbana llegaron con las sirenas encendidas y despejaron a la gente; rompieron la ronda improvisada y se pusieron uno al lado del otro como una barrera humana; un talud de hombres conteniendo a los curiosos. En la intersección de las dos calles: Mia y el inspector. La gente se movió según los gritos que escuchaba: en la esquina de la confitería los que desaprobaban con insultos, silbidos, o puteadas a Mia y su colaless: en la esquina del banco los que estaban con la chica que la defendía y de paso plantaba su discurso feminista.
—¡Después se quejan cuando las violan! —gritó un hombre setentón que compartía mesa con tres más de su edad.
—¡Su cuerpa su decisión! —gritó otra de las chicas del bando de la esquina a favor de Mia.
- — Despejen, despejen—gritaba el inspector.
- — Me voy a poner la pollera cuando me traiga la ley escrita que diga que no puedo andar en malla por la calle.
- — ¡No se puede, no se puede! —dijo el inspector mientras se secaba la transpiración de la frente con la manga de la chaqueta del uniforme.
Las sirenas de tres patrulleros se mezclaron con el griterío que iba en alza. Al cordón humano de la guardia urbana se sumó el de los oficiales de calle y los de servicio. Otra vez, el círculo se achicó y en el medio Sólo Mía y el inspector.
—Por Dios, hacen treinta grados, señora, por Dios, tápese y vaya a la playa.
—Me tapo si usted y todos estos me dicen qué malla usan sus mujeres: hijas, madres, novias, esposas.
—¿Ahora quiere que haga una encuesta? ¡Vistase, por Dios!
—Pregunte, pregunte. Hasta que no lo haga, no me muevo.
—La vamos a sacar por la fuerza—dijo uno de los policías al mando.
—¡Diga, usted! ¿Su novia usa colaless?
Hacía una hora que Mia y el inspector discutían. A él se le había enrojecido la pelada por el sol y el calor lo había obligado a sacarse la chaqueta reglamentaria y a remangarse. Al fin y al cabo, sólo era un inspector de calle. Ella dejó asomar el pareo pollera de su bolso y cuando la gente volvió a la carga con los insultos o las palabras de aliento, la blandió como bandera.
—No provoque, quiere—dijo el inspector.
—Me la pongo si me dicen que nadie acá muestra el culo en la playa y cuando sube de la playa sigue mostrando el culo.
—No tengo novia, no sé.
—¿Y no mira?
—No
—¡Ah! Mirá qué justo. Me tocaste vos que no mirás mujeres—dijo Mia con sorna.
—¡Póngase la pollera!
—Si me mostrás la ley; si me decía la diferencia entre el centro de Claromecó y el de Tres Arroyos; si alguien me explica—dijo Mia a los gritos— por qué puedo mostrar el culo allá y no acá.
—Nos va a tener que acompañar—dijo el oficial de policía a cargo y llevó a Mia del brazo para el patrullero.
Mia tiró al piso el paro pollera, miró con odio al inspector; levantó el dedo anular y se lo mostró a los de la esquina detractora; caminó a la par del policía. A la pasada, una mano, le palmeó el culo.
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