Pier Paolo Pasolini: sus padrinos, su poesía, su Petróleo

Desde que Pier Paolo Pasolini tuvo un lector, lo tuvo todo. Con 20 veinte años publica su primer libro: 14 poemas, 48 páginas, 375 ejemplares impresos por Libreria Antiquaria di Bologna. El dueño le entrega un ejemplar al gran filológo y crítico Gianfranco Contini, cliente suyo. En apenas días, Contini le manda una postal a Pasolini anunciándole que le ha gustado tanto que ya envió una reseña a un periódico de Lugano. Primer milagro para quien años después filmaría El evangelio según san Mateo.

Desde entonces, Contini sería el norte y la vara de Pasolini, aunque tuviera un ademán más indirecto para encarar las materias. Impulsada por la duda, su perspicacia arrastraba la entereza y convicción de un nominalista inaugural. Lo sobreviviría y homenajearía más de una vez: “La cualidad que Pasolini poseía en una inusual medida no era la humildad, sino algo mucho más difícil de encontrar: el amor del humilde, y me gustaría decir la sabiduría en la humildad”. Una variante de esta quedó demostrada en esa amistad “de lejos” certificada por sus cartas, incluidas en Pasiones heréticas. La primera de las pocas veces que se encontraron Contini redescubrió el verdadero color de la timidez. (Otra versión se aprecia en una filmación de Pasolini entrevistando a Ezra Pound).

Fue en la Bologna de 1941 que Pasolini siguió el curso de Roberto Longhi sobre historia del arte que le revelaría el fulgor y el alcance de una imagen. Y con la veloz y voluptuosa prosa de Longhi, que Contini ponderó y antologó, Pasolini completó el álbum de lazarillos –Contini, taxonomista nato, era elíptico de un modo más diplomático que Longhi– y fue como encolumnar dos torres en la misma fila de un tablero. Dos polos imprescindibles para tender la cuerda de una travesía y un destino. Un autor se escuda y esconde mejor en un maestro y un lector ideal. Sin querer, ambos educaron el ojo crítico de Pasolini, tan bien traducido en Descripciones de descripciones.

Esa fue su filiación: lengua al fuego y lo pictórico a la luz de velas colgantes. Acaso fue la bendición tácita, por imposición de página, de Longhi (experto, justamente, en la tensión maestro-discípulo y la atribución de un estilo) la que encaminó a Pasolini hacia el envión rapsódico, sobre todo en su poesía. “Alcanzando ardorosamente la claridad / negada, e ingenuamente / el negado equilibrio”, leemos en La religión de su tiempo. (A Longhi, dicho sea de paso, nunca se lo puede dar por leído; sus volutas disuelven al lector, que sólo retorna cuando escapa de su condición de figura de humo). Pasolini logró un efecto análogo con cuerpos y celebró a Longhi, además, mediante dibujos: perfiles a mano alzada, a lo Chagall y con sfumato litúrgico, su nariz un instrumento corvo de escritura.

Según el fenomenal crítico Cesare Garboli, que actuó de periodista en el film Teorema de Pasolini, “el arte y la vida, para Longhi, son dos realidades divididas; hay un tremenda cesura entre las dos experiencias. El arte es una totalidad aparte, que no prolonga la vida sino que la sustituye”. En su cine, Pasolini plantea otra clase de cuerpo a cuerpo entre obra y biografía. Advierte Garboli: “No hay duda de que Pasolini es un escritor de temperamento religioso (quiero decir: no laico)”. A lo mejor por eso sus libros y películas se atraviesan a semejanza de lo que Pasolini mismo decía del Inferno de Strindberg: “No es un libro: no es asumido por el lector como un libro, sino como una experiencia”.

Un libro de Pasolini que aspira a ser asumido como tal es el inacabado Petróleo, recientemente traducido en su versión más completa. Novela atomizada, violentada, bitácora de un naufragio, es un exceso de excesos, cruza de lo erótico, lo pervertido, lo esotérico y lo político, y el escritor se extralimita para subrayar que ningún personaje es el autor. La razzia de Petróleo no le teme ni un poco al acto de demolición: “Había también un político -era ministro desde hacía diez años y habría de serlo aún otros quince-, sentado en una butaca roja, con la cara redonda de gato hundida entre los hombros, como si no tuviera cuello y estuviese un poco raquítico; su frente despejada de hombre cultivado contrastaba con su sonrisa astuta, que tenía algo de indecente: porque pretendía poner de manifiesto, con astucia y depravación, la conciencia de su propia astucia y depravación”.

En la otra punta de su arco, Petróleo cubre inquietudes de un hombre delicado (ver las páginas de La larga carretera de arena), preocupado por la desaparición de luciérnagas y otras criaturas tímidas: “Impertérritos por su parte permanecían los grillos; los grillos de aquella región somontana, al final de un verano sofocante, se desgañitaban repitiendo su indescifrable mensaje que hacía como una curva, significativa en extremo: aquí, cerca, tenía el sentido de un amor sediento, humanamente insaciable, vivo, mientras más allá, declinando en la impensable lejanía, devenía un lamento que nada podía decir ni enseñar, tanta era su melancolía”.

Petróleo es pariente de La carne de René, de Virgilio Piñera, furores desatados, latigazos confesionales, cocina de autor detrás de una cámara Gesell, a sabiendas de que un libro inconcluso es un atajo idóneo para nutrir el mito de un creador. Quizá su intuición le avisó que sólo por la vía de lo non finito sus páginas alcanzarían igual o mayor potencia enigmática que la que dio origen a su vocación.

Lo inagotable se dio dentro de la novela y fuera de ella. En Pasolini según Pasolini advierte: “¿Una definición de mí mismo? Es como pedir la definición del infinito. Existe un infinito interior”. Si abundan traducciones, reediciones y estudios es porque hay imágenes de escritor más infinitas que otras. Un valioso aporte reciente, Pasolini. La biblioteca como archivo, de Annalisa Mirizio, es una paciente disección, un riguroso mandala de nombres que barre con todas las redadas a Pasolini y de las que el autor de La rabia sale ileso. Proponiéndose otras cosas -que cumple- Mirizio separa la paja del trigo y trama una suerte de “biografía intelectual” alrededor de las lecturas utilitaristas, venturosamente parasitarias, de Pasolini.

En una honesta y bella crítica de Las hermanas Makioka de Tanizaki, Pasolini definió lo que debería esperarse de una novela y al pasar predijo lo que sucedería con Petróleo: “El encanto del libro consiste en una transformación de la naturaleza del orden de los intereses del lector”. Pontificante y profético, Petróleo ofrece teatro de cámara onírico y ficción crítica, que se comenta a sí misma entre invectivas, retratos y raptos líricos notables. En sus últimos años, que no sabía que lo eran, Pier Paolo Pasolini ofició de lector de sí, como lo prueban varios libros de conversaciones. Acaso era parte –como la de volverse un cineasta anómalo– del deseo no tan secreto de ir encontrando las maneras más misteriosas posibles de ser escritor.

Petróleo, P.P. Pasolini. Trad. Miguel A. Cuevas. Nórdica Libros, 740 págs.

La religión de mi tiempo, P. P. Pasolini. Trad. M.A. Cuevas. Nórdica Libros, 320 págs.

Pasolini. La biblioteca como archivo, Annalisa Mirizio. Trampa Ediciones, 172 págs.

Pasolini por Pasolini. Trad. Guillermo Piro. Cuenco de Plata, 272 págs.

Pasolini según Pasolini. Entrevistas de Jon Halliday. Ediciones UDP, 176 págs.

La rabia, P. P. Pasolini. Trad. Diego Bentivegna. Cuenco de Plata, 112 págs.

La larga carretera de arena, P.P. Pasolini. Trad. David Paradela. Gallo Nero, 152 págs.

fuente: CLARIN

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