Pablo Barrecheguren, neurocientífico: “Las alteraciones en el sueño pueden ser una primera señal de enfermedades neurodegenerativas”

El envejecimiento cerebral es un proceso complejo que no depende únicamente del paso del tiempo. En los últimos años, la ciencia ha puesto el foco en cómo ciertos hábitos cotidianos pueden influir en la salud del cerebro, desde la actividad física hasta la estimulación cognitiva.

Sin embargo, uno de los factores que más atención ha ganado es el descanso: dormir bien no solo impacta en el rendimiento diario, sino que también cumple un rol clave en la prevención de enfermedades.

En este contexto, cada vez más investigaciones sugieren que algunos cambios que suelen considerarse “normales” con la edad podrían, en realidad, ser señales tempranas de alerta. Entre ellas, las alteraciones del sueño ocupan un lugar central. Lejos de ser un detalle menor, el modo en que se duerme —la calidad, la continuidad y los patrones— puede ofrecer pistas relevantes sobre el estado del cerebro y su evolución a lo largo del tiempo.

El bioquímico y doctor en Neurociencias Pablo Barrecheguren advierte sobre este punto con claridad: “Alteraciones en los sueños o en el patrón del sueño pueden ser una señal temprana de enfermedades neurodegenerativas como el párkinson”.

Desde su mirada, comprender cómo funciona el cerebro se vuelve una herramienta práctica para tomar decisiones que impactan directamente en la calidad de vida.

Durante la noche, el cerebro reorganiza información, consolida la memoria y elimina desechos metabólicos. Foto: Shutterstock.

En esa línea, el especialista insiste en diálogo con La Vanguardia en la importancia de no naturalizar ciertos cambios: “No hay que asumir que todo es una consecuencia de la edad”. Muchas veces, dormir mal, despertarse varias veces durante la noche o experimentar sueños alterados se interpretan como parte inevitable del envejecimiento. Sin embargo, Barrecheguren subraya que detrás de estos síntomas puede haber causas concretas y, en muchos casos, tratables.

El rol del sueño en la salud cerebral es fundamental. Tal como explica el neurocientífico, “durante el sueño el cerebro no se apaga, se reorganiza”. En ese período, se consolidan recuerdos, se eliminan residuos metabólicos y se fortalecen las conexiones neuronales. Por eso, “dormir bien es clave para la memoria, el estado de ánimo, la concentración y el rendimiento cognitivo”.

Con el paso de los años, el descanso suele volverse más fragmentado y menos profundo. Sin embargo, este cambio no debería ser motivo para resignarse. “El sueño cambia con la edad, pero eso no significa que debamos normalizar dormir mal”, remarca. Existen trastornos frecuentes, como el insomnio crónico o la apnea del sueño, que requieren diagnóstico y tratamiento. Ignorarlos puede impactar no solo en la calidad de vida, sino también en la salud cerebral a largo plazo.

El bioquímico y doctor en Neurociencias, Pablo Barrecheguren, insiste en la importancia de no naturalizar ciertos cambios.

Otro aspecto relevante es el impacto de ciertos hábitos sobre el descanso. El consumo de alcohol antes de dormir, por ejemplo, puede generar una falsa sensación de somnolencia, pero deteriora la calidad del sueño profundo. “Haber bebido y ponerse a dormir reduce significativamente la proporción de sueño profundo, que es la fase más reparadora”, explica Barrecheguren. Por eso, recomienda evitar su ingesta en las horas previas al descanso.

Más allá de los hábitos individuales, el especialista también plantea la necesidad de un enfoque preventivo desde el sistema de salud. La detección temprana del deterioro cognitivo sigue siendo un desafío, en gran parte por la falta de protocolos estandarizados y la sobrecarga en las consultas. Esto dificulta identificar a tiempo señales que podrían marcar la diferencia en la evolución de ciertas enfermedades.

En paralelo, la construcción de una “reserva cognitiva” aparece como un factor protector. “No se trata solo de hacer sudokus, sino de desafiar al cerebro con aprendizajes complejos”, señala. Estudiar un idioma, aprender a tocar un instrumento o desarrollar nuevas habilidades contribuye a fortalecer las conexiones neuronales y a retrasar la aparición de síntomas en caso de enfermedades neurodegenerativas.

El consumo de alcohol antes de dormir reduce el sueño profundo y afecta la calidad del descanso.

Finalmente, Barrecheguren pone el foco en una idea clave: el cerebro mantiene su capacidad de adaptación a lo largo de toda la vida. “La plasticidad cerebral no desaparece con la edad”, afirma, aunque reconoce que requiere constancia y estímulo. En este sentido, el descanso adecuado, la actividad física, el aprendizaje continuo y la vida social activa forman parte de un mismo entramado que sostiene la salud mental.

Así, lejos de ser un aspecto secundario, el sueño se posiciona como un indicador sensible del estado del cerebro. Detectar sus alteraciones a tiempo y evitar normalizarlas puede ser una herramienta valiosa para anticiparse a posibles enfermedades y promover un envejecimiento más saludable.

fuente: CLARIN

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