
El 18 de septiembre de 2012 era una jornada laboral más para Chris Lemons. A sus 32 años, trabajaba como buzo de saturación en el Mar del Norte, frente a la costa escocesa. Esa noche debía descender a unos 90 metros para realizar tareas rutinarias de mantenimiento en un yacimiento petrolero.
Formaba parte de un equipo especializado que vivía durante semanas en cámaras presurizadas a bordo del buque Bibby Topaz. Desde allí, los buzos descendían en una campana y trabajaban conectados por un cable umbilical que les suministraba oxígeno, energía y comunicación constante con la superficie.
Mientras Lemons inspeccionaba estructuras submarinas, el clima empeoró. El barco perdió su sistema de posicionamiento dinámico y comenzó a desplazarse sin control. Ese movimiento tensó violentamente el cable que lo mantenía conectado.

El cable umbilical quedó atrapado en una saliente metálica. La tensión aumentó hasta que el cable se cortó. En cuestión de segundos, Lemons quedó aislado en la oscuridad total, sin suministro principal de oxígeno y a casi cien metros de profundidad.
“Quedé rodeado por una oscuridad infinita que lo abarcaba todo. No podía ver mi mano frente a mi cara”, recordó años después en declaraciones al medio ABC. Activó su tanque de emergencia, que le ofrecía entre cinco y ocho minutos adicionales de aire.
Sabía que, si lograba llegar al manifold —una estructura fija acordada como punto de rescate—, podrían localizarlo. A tientas avanzó hasta ese sitio. Cuando el aire comenzó a agotarse, entendió que probablemente no sobreviviría.

“Cuando se me acabó el aire, me sentí como antes de quedarme dormido. No fue desagradable, pero recuerdo disculparme mucho con mi novia Morag”, relató. Poco después perdió el conocimiento.
Habían pasado más de 15 minutos desde el corte. El buzo David Yuasa decidió descender para intentar el rescate. Lo arrastró hasta la campana con ayuda de Duncan Allcock. Para entonces, el tiempo sin oxígeno rondaba los 35 minutos. Allcock inició maniobras de reanimación dentro de la campana presurizada. Contra todo pronóstico, Lemons comenzó a respirar. Minutos después abrió los ojos.
Por qué sobrevivió Lemons tras 35 minutos sin respirar
El caso sorprendió a la comunidad científica. Mike Tipton, profesor de fisiología humana y aplicada de la Universidad de Portsmouth, explicó en análisis posteriores difundidos por medios británicos que el frío extremo pudo haber sido determinante.
La temperatura del agua rondaba los 3 °C. El enfriamiento rápido del cerebro reduce la tasa metabólica y puede extender el tiempo de supervivencia sin oxígeno. Según Tipton, una disminución significativa de la temperatura cerebral puede duplicar o incluso triplicar el margen crítico.
Otro factor fue el entorno hiperbárico. Los buzos de saturación respiran mezclas presurizadas que permiten que el oxígeno se disuelva en mayor cantidad en la sangre, lo que podría haber generado una reserva adicional durante algunos minutos.
Lemons no sufrió daño cerebral permanente. Semanas después volvió a trabajar y continuó en la industria durante más de una década. “Una de las razones más importantes por las que sobreviví fue la calidad de las personas que me rodeaban. Yo hice muy poco”, declaró.
Su experiencia cambió protocolos en el sector. Actualmente, los sistemas de emergencia incluyen mayores reservas de aire y mejoras en los cordones umbilicales para facilitar su localización bajo el agua.
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