
Una cálida mañana de meses atrás, Lipa, un piloto de drones ucraniano, tripulaba un pequeño cuadricóptero gris sobre campos devastados cerca de Borysivka, pequeña aldea ocupada lindante con la frontera rusa. Un dron de vigilancia había detectado indicios de que en unos galpones abandonados en las afueras de la aldea se había instalado un equipo de drones enemigos. Lipa y su navegante, Bober, se proponían eliminar al equipo o ahuyentarlo.
Otro piloto había intentado atacar dos veces el mismo lugar con cuadricópteros kamikaze estándar, vulnerables a interferencias de radio que pueden interrumpir la comunicación entre el piloto y el dron, provocando que las armas se estrellen. Los inhibidores se señal rusos los habían parado. A Lipa se le asignó el tercer intento, pero esta vez con un Bumblebee (abejorro), un dron excepcional provisto por una empresa de riesgo secreta dirigida por Eric Schmidt, ex director ejecutivo de Google y uno de los hombres más ricos del mundo.
Bober iba sentado junto a Lipa mientras éste se orientaba para el ataque. Desde lo alto, sobrevolando Borysivka, una de las dos cámaras aéreas del Bumblebee enfocó el lado Este de un edificio en particular. Bober revisó las imágenes, después un mapa digital, y estuvo de acuerdo: habían encontrado el objetivo. “Anclado”, dijo Lipa.
Con la mano derecha el piloto accionó un interruptor, liberando el dron del control humano. Impulsado por inteligencia artificial, el Bumblebee descendió sin necesidad de guía externa. Al descender perdió la señal de conexión con Lipa y Bober. No importaba eso: continuó su ataque sin control de ellos. Los sensores y el software con que estaba dotado permanecieron enfocados en el edificio y ajustaron el rumbo y la velocidad en forma independiente.
Otro dron transmitió en vivo el resultado: el Bumblebee pegó contra una pared exterior y explotó. No quedó claro si los soldados rusos resultaron heridos, pero un dron semiautónomo había impactado donde los drones guiados por pilotos humanos fallaron haciendo la posición insostenible. “Ahora van a cambiar la ubicación”, festejó Lipa. (Debido a normas de seguridad ucranianas, se hace referencia a los soldados por su nombre de pila o su indicativo de llamada).
En momentos prácticamente invisibles e imprevistos como el ataque al galpón de Borysivka, durante la guerra entre Rusia y Ucrania a lo largo de 2025 empezó a cobrar forma en el campo de batalla la era de los robots de combate. A través de todo el frente de aproximadamente 1.300 kilómetros y sobre el espacio aéreo de los dos países, ahora se utilizan a diario drones con nuevas funciones autónomas en combate.
Para la primavera boreal pasada, los Bumblebees lanzados desde posiciones ucranianas habían realizado más de 1.000 vuelos de combate contra objetivos rusos, según un folleto del fabricante que ensalzaba las capacidades del arma. Los pilotos afirman haber dirigido miles más desde entonces.
La aparición del Bumblebee desató alarma inmediata en los círculos militares del Kremlin, a juzgar por dos informes de inteligencia técnica rusa. Uno, basado en la disección de un Bumblebee dañado recogido en el frente, describía un dron misterioso con chipsets (circuitos integrados de control) y una placa madre “de la más alta calidad, a la altura de los principales fabricantes de microelectrónica del mundo”. El informe señalaba deficiencias esperables en un prototipo, pero terminaba con un pronóstico ominoso: “A pesar de las limitaciones actuales, la tecnología demostrará su eficacia”, destacaba, y su gama de utilizaciones “seguirá expandiéndose”.
La conclusión fue profética, pero se quedó corta por la sencilla razón de que estos abejorros rara vez vuelan solos. Bajo la presión de la invasión, Ucrania se ha convertido en un campo de pruebas con fuego real de rápida respuesta, donde fabricantes de armas, gobiernos, inversores de capital de riesgo, unidades de primera línea, programadores e ingenieros de todo Occidente colaboran para producir armas que automatizan partes de la secuencia de ataque militar convencional.
Equipados con software exclusivo integrado y entrenado con grandes conjuntos de datos y a menudo ejecutados en microcomputadoras estándar como la Raspberry Pi, los drones con capacidades autónomas forman parte hoy de la sangrienta y destructiva rutina de la guerra.
Drones de ataque Bumblebee en un campo de pruebas de combate en las afueras de Járkov, Ucrania. Foto: Finbarr O’Reilly, para The New York TimesEn visitas repetidas a fabricantes de armas, campos de prueba y unidades de primera línea de combate a lo largo de 18 meses, observé de primera mano el desarrollo de estos dispositivos. Las funciones que ahora se realizan de forma autónoma comprenden despegue o suspensión en el aire sin piloto, geolocalización y navegación a zonas de contienda, así como reconocimiento, rastreo y persecución de objetivos hasta el ataque final, punto letal definitivo del viaje.
Los diseñadores de software también han conectado varios drones en una aplicación compartida que permite transferir el control de vuelo entre pilotos humanos u organizarlos en ataques con una secuencia precisa, un avance hacia los enjambres controlados por computadora. De armas con estas capacidades disponen tanto brigadas terrestres como unidades de defensa aérea, inteligencia y ataque en profundidad.
Los drones bajo control humano total siguen siendo mucho más numerosos que sus hermanos semiautónomos. Causan la mayoría de los daños en el campo de batalla. Pero las armas no tripuladas están cruzando una nueva frontera. Y aunque ningún dron conocido públicamente en la guerra automatiza todos los pasos de una misión de combate en una sola arma, algunos desarrolladores han puesto pasos secuenciales bajo control de inteligencia artificial.
“Cualquier ecuación táctica que involucre a una persona podría incorporar IA”, sostiene el fundador de X-Drone (pidió que se mantuviera en reserva su nombre por razones de seguridad.), empresa ucraniana que ha optimizado software para drones que buscan e identifican objetivos estáticos, como un tanque de almacenamiento de petróleo, y luego los atacan sin un piloto al mando.
Las fuerzas del Kremlin también están adoptando armas potenciadas por IA, según análisis de drones rusos derribados llevados a cabo por la firma privada de investigación de armas Conflict Armament Research.
Con inversión de ambos lados, Mykhailo Fedorov, viceprimer ministro de Ucrania, estima que los drones potenciados por IA están en el centro de una nueva carrera armamentista. Las fuerzas defensoras de Ucrania deben desplegarlos en gran cantidad rápidamente, dictamina, o se exponen a derrotas. “Estamos tratando de estimular el desarrollo de todas las etapas de la autonomía”, enfatizó al consultarlo. “Necesitamos desarrollar y comprar más drones autónomos”, agregó.
Sin duda las armas habituales en los campos de batalla modernos, todas bajo control humano, han causado daños inconmensurables a generaciones de soldados y civiles. Incluso armas apreciadas por generales y analistas por ser asombrosamente precisas, como los misiles guiados por GPS o las bombas dirigidas por láser, han impactado con frecuencia en lugares equivocados, matando a inocentes, a menudo sin que se rindan cuentas. No se está dejando atrás ninguna época dorada. En todo caso, los drones semiautónomos agravan los peligros existentes y presentan nuevas amenazas.
Peter Asaro, vicepresidente de la Campaña Stop Killer robots, filósofo y profesor asociado de la universidad privada The New School, advirtió sobre los crecientes peligros a medida que las armas entran en terreno práctico y ético inexplorado. “El desarrollo de mayor autonomía en los drones plantea serias preguntas sobre los derechos humanos y la protección de civiles en conflictos armados”, puntualizó. “La capacidad de seleccionar objetivos de forma autónoma traza una línea moral que no debe cruzarse”, señaló.
El concepto de killer robot, robot asesino, es vago y susceptible de exageraciones al evocar al T-800 de Terminator, una máquina de matar móvil y adaptable implementada por una superinteligencia artificial, Skynet, que percibe a la humanidad como una amenaza. No existe nada parecido en Ucrania. “Todo el mundo piensa ‘Ah, estás creando Skynet'”, apuntó un capitán responsable de la integración de nueva tecnología en la 13ª Brigada Khartia de la Guardia Nacional, una de las unidades más sofisticadas del país, en la que sirven Lipa y Bober. “No, la tecnología es interesante. Pero es un primer paso y hay muchos más“, afirmó.
El capitán y otros técnicos que trabajan con armas potenciadas con IA coinciden en que tienden a ser frágiles, con funciones limitadas y menos precisas que las armas controladas por expertos humanos. Muchas tienen poca duración de batería y tiempos de vuelo breves.
Todavía falta que aparezcan armas autónomas con resistencia prolongada, alta flexibilidad y capacidad de discernir, identificar, clasificar y perseguir múltiples categorías de objetivos independientemente de la acción humana, y demandarían una fortuna, según el capitán, aparte de mucha imaginación y tiempo. “Es como la escalera del Empire State Building”, comparó. “Estos son los escalones, y estamos dentro del edificio, pero recién en la primera planta”, dijo.
Como medida de protección en contra de que las armas impulsadas por IA se pasen de la raya, humanitaristas y gran cantidad de especialistas en tecnología han abogado durante mucho tiempo por mantener “personas en el circuito de decisión”, forma abreviada de decir que se busca impedir que las armas tomen decisiones homicidas por sí solas. En función de este concepto, una persona entrenada debe evaluar y aprobar todos los objetivos, como hacían Lipa y Bober, idealmente con capacidad para abortar un ataque individual y un interruptor de seguridad para desactivar todo el sistema. Acorde con la misma argumentación, son necesarias limitaciones firmes para la rendición de cuentas, el cumplimiento de las leyes de los conflictos armados, la legitimidad de las acciones militares y, en última instancia, la seguridad humana.
Eric Schmidt enfatizó la necesidad de supervisión por parte de personas. Pero al finalizar un vuelo algunas armas semiautónomas de Ucrania ya pueden identificar objetivos sin intervención humana, y muchos sistemas fabricados en ese país con supervisión personal son económicos y podrían ser copiados y modificados por programadores competentes en cualquier lugar. Hay quienes diseñan armas mejoradas con IA y consideran necesario su desarrollo para la defensa de Ucrania y que confiesan su inquietud por la tecnología que inventan. “Pienso que creamos el monstruo“, confiesa Nazar Bigun, físico joven que desarrolla software de ataque terminal. “Y no estoy seguro de adónde irá a parar“, reconoce.
El amanecer del ataque autónomo
La trayectoria propia de Bigun ejemplifica cómo la duración y las particularidades de la guerra incentivaron la creación de armas semiautónomas. En 2022, cuando Rusia desplegó divisiones mecanizadas en la frontera con Ucrania, Bigun dirigía un equipo de ingenieros de software en una compañía tecnológica emergente alemana. A principios de 2023, fundó una iniciativa de voluntariado para las fuerzas armadas que llegó a fabricar al mes 200 cuadricópteros con vista en primera persona (F.P.V., por su abreviatura en inglés). Fue una contribución significativa al esfuerzo bélico de Ucrania en momentos en que seguían siendo escasos los drones amateurs de bajo costo cargados de explosivos, aún no reconocidos vastamente como las armas transformadoras que son.
Bigun podría haber mantenido su foco de atención en aquello. Pero a medida que sus colegas y él escuchaban a los conductores de drones en el frente de batalla, fueron preocupándose por la disminución de los porcentajes de éxito de los drones kamikaze ante las adaptaciones defensivas y se unieron a la búsqueda de soluciones.
Eran muchos los problemas. A medida que despegaban más drones, ambos bandos fueron desarrollando contramedidas físicas y electrónicas. Los soldados erigían postes y tendían mallas para interceptar drones en el aire y cubrían las torretas y los cascos de los vehículos militares con redes protectoras, rejas o jaulas soldadas.
Un vehículo militar ucraniano circula bajo una red de protección contra ataques de drones cerca de la ciudad de Pokrovsk, en primera línea del frente de batalla. Foto: Finbarr O’Reilly, para The New York Times.Entre las contramedidas más frustrantes se encontraban los inhibidores de señal, que saturan las frecuencias operativas utilizadas para el control de vuelo y los enlaces de video, generando ruido electrónico que reduce la claridad de la señal en las conexiones entre el piloto y el dron. Estos sistemas se convirtieron en habituales en torno a objetivos de alto valor estratégico, como los búnkeres de mando y las posiciones de artillería. También aparecieron en equipos móviles costosos, del tipo de los sistemas de defensa aérea, los lanzacohetes múltiples y los tanques.
Este complejo rompecabezas condujo a la creación de drones que vuelan sobre cables de fibra óptica, solución aparecida en el campo de batalla. También provocó el interés de Bigun por una forma de ataque habilitado por computadora conocido como direccionamiento autónomo de última milla, en el que la visión artificial y el control de vuelo autónomo guían los drones a través de la etapa final del ataque sin intervención de la señal de radio de un piloto. Tales sistemas prometían además otra ventaja: aumentar la eficacia de los ataques a mayor distancia y más allá del horizonte de radio, o sea cuando el terreno o la curvatura de la Tierra interfieren en una señal de radio estable.
En teoría, la solución técnica era sencilla. Cuando los pilotos preveían una interrupción en las comunicaciones, podían transferir el control de vuelo a un sustituto automatizado —un chipset potente y software altamente entrenado— para que completara la misión. Con esta tecnología acoplada a sensores y una cámara a bordo, el piloto remoto podía fijar la mini aeronave en dirección a un objetivo y liberar el dron para que impactara solo.
NORDA Dynamics, empresa que co-fundó Bigun en 2024, no fabricaba drones, por lo que se dedicó a trabajar en la creación de un accesorio para acoplar en armas de otros fabricantes. Con él, el piloto seguiría guiando el dron desde el lanzamiento hasta que se acercara al objetivo. A partir de allí, tendría la opción de recurrir a un ataque autónomo.
Reforzada con financiación del Gobierno ucraniano y empresas de capital de riesgo, NORDA dedicó gran parte de 2024 a probar un prototipo que evolucionó hasta convertirse en su producto estrella, Underdog (en inglés, aproximadamente, desvalido, perdedor), un módulo de dimensiones reducidas que se incorpora a drones de combate.
Al conducir un cuadricóptero equipado con Underdog, un piloto con lentes de vista en primera persona controla el arma desde el despegue hasta casi el destino. Pero en la fase final del vuelo, el conductor tiene la opción —mediante una ventana en pantalla que permite ampliar por zoom objetos de interés, como por ejemplo un edificio, un auto— de aprobar un ataque autónomo mediante un proceso llamado bloqueo o anclaje de píxeles (pixel lock). En ese momento Underdog toma el control.
Underdog comenzó con pruebas en objetos estáticos, pero después de repetidas actualizaciones su software perseguía también presas móviles. Asimismo se amplió el alcance. Los primeros módulos permitían un ataque terminal de 400 metros; para el verano de 2025, con la quinta versión del software de NORDA el bloqueo de píxeles alcanzó los 2.000 metros. Para entonces ya se habían distribuido módulos a equipos con F.P.V. que colaboraban en el frente. “Recibimos muy buenas opiniones”, contó Bigun. Un panel de anuncios de su compañía enumera los primeros impactos, piezas de artillería rusas entre ellos, camiones, unidades de radar móviles y un tanque.
Nazar Bigun (centro), cofundador y director de la empresa ucraniana de tecnología de defensa NORDA, con colegas durante la pausa del almuerzo en una exposición de armas cercana. Foto: Finbarr O’Reilly, para The New York TimesUna tarde de verano, Bigun llegó con parte del personal de la empresa a una hilera de perales, manzanos y ciruelos silvestres que dividía campos agrícolas en el oeste de Ucrania. Pasaban vacas deambulando, meneando la cola para espantar las moscas. Dos cigüeñas blancas planearon hasta el suelo, se posaron y se abrieron paso entre los surcos, de cacería. La gente de NORDA despachó una camioneta todoterreno negra con conductor y un radiotransmisor bidireccional a recorrer los campos.
Sentado en una van, con antiparras protectoras y un control remoto de radio portátil, estaba un piloto de pruebas, Janusz, un ciudadano polaco que antes de unirse a la compañía se había ofrecido como médico de combate en Ucrania. Una vez que la todoterreno se hubo alejado, Janusz dirigió el despegue de un dron con F.P.V. desarmado. “Estoy volando”, comunicó por la radio.
La imagen de video mostraba campos dorados y cortavientos verdes con caminos de tierra superpuestos. El dron trepó unos 60 metros. Su cámara abarcó la camioneta negra a menos de un kilómetro y medio. En la pantalla, Janusz deslizó un cursor blanco cuadrado hasta la imagen del vehículo. En la esquina superior izquierda de la pantalla apareció una ventana emergente con un primer plano estabilizado de la todoterreno. Con la mano izquierda Janusz seleccionó el bloqueo de píxeles. En la pantalla apareció la palabra “ENGAGE” (aproximadamente, abrir fuego) dentro de un banner rojo. Una fina cruz negra se fijó en el centro de la camioneta.
Janusz apartó las manos del control. Desde una altitud de alrededor de 65 metros el dron inició un lento descenso. En cuestión de segundos voló casi hasta el parabrisas de la camioneta en movimiento. Janusz retomó el modo de pilotaje humano y ladeó el cuadricóptero, evitando que el vehículo sufriera daños por el impacto.
A su orden, el dron ascendió, giró sobre sí mismo y reanudó la persecución, esta vez a más de 150 metros de altura. Su presa brincaba por un camino. Janusz alineó el cursor y volvió a activar el bloqueo de píxeles. El dron inició un segundo descenso independiente, acelerando hacia el coche que huía. Una vez más, Janusz anuló el software a último momento. El cuadricóptero pasó tan cerca que la radio bidireccional del vehículo captó el zumbido de sus motores y lo transmitió al interior de la van con el piloto. Janusz sonrió.
Hizo girar el dron alrededor suyo para mostrar la van en la que estaba sentado. El cursor le exhibió brevemente la posibilidad de fijar en él el bloqueo de píxeles. Janusz rió entre dientes y alejó el arma, de vuelta a la todoterreno. La voz del conductor crujió en la radio. “Vamos a hacer un viraje ahora mismo”, exclamó.
Un empleado de NORDA lanza un dron de ataque Dart-2 para que los ingenieros perfeccionen su software de vuelo automatizado. Foto: Finbarr O’Reilly,para The New York TimesDurante la siguiente media hora, las maniobras del conductor no surtieron efecto. Hiciera lo que hiciese, una vez fijado el bloqueo de píxeles el dron acortaba la distancia de forma autónoma, hostigando al vehículo en movimiento con la tenacidad de un pájaro obsesionado.
Para Bigun, la preocupación natural de que esa tecnología pudiera volverse contra civiles estaba superada por imperativos de supervivencia. Más allá de la programación, su trabajo implica interactuar con especialistas en diseño de armas de Ucrania y Occidente en general, entre otras circunstancias en exposiciones de armas en las que busca socios y clientes. Pero con frecuencia visita el Campo de Marte, un cementerio en Leópolis que es depositario de recuerdos solemnes y dolor crudo.
Su tío abuelo era un nacionalista ucraniano. Debido a eso, durante el régimen totalitario de Stalin el abuelo de Bigun fue declarado enemigo del Estado por asociación y enviado a Siberia a los 16 años. Los dos están enterrados en el Campo de Marte, donde se les ha unido toda una procesión de soldados caídos desde la invasión. Cierta tarde, después de una de las apariciones de Bigun en una exhibición de armas, diferentes familiares lijaban a mano en el cementerio altos crucifijos de madera y luego volvían a aplicarles laca; sentada junto a una tumba una viuda hablaba con su difunto esposo como si estuviera tomando té en una silla enfrente de él; otra familia formaba un semicírculo alrededor de una parcela cubierta de flores y cada integrante se turnaba para darle a un soldado muerto noticias del hogar.
El cementerio alcanzó su capacidad máxima en diciembre de 2025 (casi 1.300 tumbas), lo que indujo a que Leópolis abriera una segunda necrópolis para la continua afluencia de muertos de guerra. Poco antes de Navidad el segundo cementerio albergaba 14 nuevos montículos.
Bigun detesta la necesidad de acudir a estos lugares. Pero además de conmemorar amigos que la guerra arrebató a temprana edad, dice que encuentra inspiración para continuar su trabajo. “Aquí es donde siento el precio que pagamos”, manifestó, “y me incentiva a seguir adelante”.
Para fines de 2025, NORDA Dynamics había provisto a las unidades que luchan en el frente, al Este del país, más de 50.000 módulos Underdog.
El ascenso del enjambre
El vuelco radical del ejército ucraniano hacia la guerra con drones contribuyó a la salvación del país. Durante casi cuatro años, al desplegar la primera fuerza armada del mundo en reorganizarse en torno a armas no tripuladas, frenó los ataques terrestres del ejército ruso, mucho más numeroso. Y continúa haciéndolo incluso cuando el Kremlin refuerza sus divisiones debilitadas, aprovechando los ingresos del petróleo estatal y una población al menos cuatro veces mayor que la de Ucrania.
Pero el arma tiene un límite. Casi todos los drones kamikaze de corto alcance —principal medio para detener el avance de los ejércitos rusos— son dirigidos por navegantes individuales, individualmente. Se trata de acróbatas del aire sin piedad: con velocidades de hasta 110 kilómetros por hora, los pequeños multicópteros pueden detenerse, flotar en el aire, girar y alejarse volando en nuevas direcciones sin parar durante minutos, características que permiten que cada piloto encuentre, persiga y mate víctimas humanas con una eficacia escalofriante.
Aún así, durante ataques rusos continuados, las condiciones propias de las primeras líneas de combate pueden obligar a que los equipos de drones luchen lentamente. El ritmo lo marca el tiempo entre el lanzamiento de cada dron y la aproximación final, que a distancias de seguridad comunes supera por lo general los 20 minutos. Cuando las fuerzas rusas se infiltran en grandes cantidades, las secuencias de ataque con un solo dron pueden parecer lentas e insuficientes. Entre salidas, el enemigo escapa.
Dado el constante problema de concentrar la potencia de fuego de los drones, los diseñadores de tecnología para drones de combate autónomos han buscado agruparlos en enjambres, algo que cautiva a una nación atacada. Incluso los enjambres pequeños permiten que los pilotos concentren múltiples armas a fin de reprimir ataques rápidos, reforzando las defensas y aumentando la posibilidad de desbaratar ataques hechos solo con máquinas.
Poco después de los vuelos de ataque terminal de Janusz, técnicos de otra empresa ucraniana, Sine Engineering, se reunieron cerca de una población rural para entrenar pilotos de drones en su nuevo dispositivo competidor en el campo de la tecnología de enjambre, al que llamaron Pasika, palabra ucraniana que significa colmena.
El corazón del hardware de Pasika son sus módems de radio: pequeños transceptores de salto de frecuencia que actúan como faros para los drones en vuelo. Durante su trayectoria, la altitud y la ubicación de cada cuadricóptero se actualizan varias veces por segundo midiendo las diferencias en los tiempos de llegada de las señales de radio desde distintas posiciones conocidas. El software de Pasika también proporciona control de vuelo automatizado. En su etapa actual de desarrollo un solo piloto puede operar docenas de drones a través de su lanzamiento, navegación y flotación estacionaria autónomos, fase previa al ataque esta última, durante la cual los drones haraganean en masa a la espera de instrucciones.
Soldados en entrenamiento con Pasika, dispositivo que permite a un solo operador gestionar varios drones a la vez. Foto: Finbarr O’Reilly, para The New York TimesDurante una sesión de entrenamiento de varios días para equipos de cuadricópteros recién llegados del frente, Pavlo, ex soldado de infantería que actúa como enlace de Sine Engineering y las brigadas de combate, instruía a los pilotos mientras ellos practicaban. La tecnología era de vanguardia, pero el escenario era típicamente rural ucraniano. El campo de pruebas, varias hectáreas de heno y girasoles, no estaba protegido detrás de vallas ni vigilado por torres de control.
Los aprendices, entre ellos pilotos del Regimiento de Sistemas No Tripulados Kraken 1654 del Tercer Cuerpo de Ejército y el Equipo Samosud, una unidad de drones de la 11ª Brigada de la Guardia Nacional de Ucrania, trabajaban con ropa informal y camisetas coloridas, comiendo pizza casera mientras practicaban. Atado a una estaca junto a una carreta de madera, un caballito masticaba pasto formando un círculo raso.
Mediante una aplicación, los pilotos se turnaban para ordenar a los drones que despegaran y navegaran hasta un punto del mapa. Sin ayuda humana, los cuadricópteros se elevaban y sobrevolaban el campo para flotar juntos a un kilómetro y medio de distancia. Las pantallas de las tablets mostraban los avances. Una emisión de video de cada cuadricóptero mostraba las tierras de cultivo ondulantes que se extendían debajo. Los pilotos no tocaban los controles. Lentamente, pasaba un tractor oxidado.
Para un ejercicio final, una piloto con el indicativo de llamada Kara le ordenó a su equipo que reuniera dos drones de manera autónoma sobre un campo que estaba enfrente. Otro equipo hizo volar tres más. De acuerdo a lo que explicó Kara, una vez que los drones alcanzaran su punto de merodeo, o flotación a la espera, los pilotos tomarían el control y los harían volar manualmente hacia sus objetivos para practicar un ataque masivo.
Pasika permite también que los pilotos presentes en la aplicación intercambien entre sí el control de drones individuales. De esta forma, cualquiera del grupo puede usarlos para atacar a distancias cortas con breves intervalos entre impactos. El concepto podría extenderse todavía más. Con Pasika o un sistema similar, un solo piloto, ya sea inteligencia artificial o una persona, podría comandar cuadricópteros almacenados en cajas cerca del frente, creando un nutrido enjambre de drones para responder sin demora a ataques terrestres.
Este trabajo periodístico de The New York Times se desarrolló a lo largo de 18 meses y a través de múltiples viajes a Ucrania.
Yurii Shyvala colaboró con informes.
Traducción: Román García Azcárate.
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