Murió Claudine Longet, la angelical actriz de La fiesta inolvidable que mató a su novio esquiador en Aspen, pasó solo 30 días presa e inspiró una canción prohibida de los Rolling Stones

Claudine Georgette Longet, la cantante y actriz francesa que brilló en La fiesta inolvidable y quedó marcada para siempre por la muerte de su novio, el esquiador Vladimir “Spider” Sabich, murió a los 84 años.

La noticia fue confirmada por su sobrino Bryan Longet y no se informaron las causas. En 1976, en una mansión de Aspen, le disparó con una pistola calibre 22. Dijo que había sido un accidente. La Justicia la condenó por homicidio negligente y pasó apenas 30 días presa.

Pero la historia de Longet nunca fue sólo la de un expediente judicial. También fue una historia de canciones: una que la convirtió en imagen de época y otra que la dejó atrapada para siempre en el escándalo.

Claudine Longet en La fiesta inolvidable, la película de Blake Edwards en la que cantó “Nothing to Lose”.

Las canciones nunca mienten. O acaso apenas distorsionan la realidad. Longet quedó entre dos músicas: primero fue la voz suave que cantaba “Nothing to Lose” en la película de Blake Edwards, donde Peter Sellers parecía rendirse ante su acento francés, su mirada de criatura perdida y una belleza demasiado pulcra para no inquietar. Después fue el nombre detrás de “Claudine”, la canción que los Rolling Stones grabaron sobre el disparo que mató a Sabich.

Su muerte vuelve sobre una historia que nunca terminó de cerrarse: una actriz francesa de voz mínima, un deportista famoso, una casa en la nieve, una investigación mal hecha, un juicio voraz y una condena que pareció escrita para prolongar el escándalo. También devuelve una pregunta incómoda: cómo una mujer que parecía salida de una postal luminosa de los años 60 terminó convertida en mito policial, canción prohibida y expediente maldito.

Quién fue Claudine Longet, la actriz francesa que murió a los 84 años

Había nacido en París en 1942. De adolescente bailó en clubes nocturnos y después en el Folies Bergère. Su padre fabricaba máquinas de rayos X; ella eligió otro tipo de luz. Pasó de París a Las Vegas y, según la leyenda de su propia vida, un día quedó varada al costado de una ruta por una rueda pinchada. El hombre que frenó para ayudarla fue Andy Williams, cantante popularísimo y figura central de la televisión estadounidense. Él tenía 32 años. Ella, 18. Se casaron al año siguiente.

Longet grabó discos entre fines de los 60 y comienzos de los 70, con versiones de Beatles, Rolling Stones, Tom Jobim y Leonard Cohen.

Williams fue marido, plataforma y escudo. Con él tuvo tres hijos y entró a una zona de celebridad donde la televisión, la música, la política y el glamour se tocaban sin pedir permiso. Claudine apareció en programas, series y películas. No tenía una gran voz, en el sentido atlético de la palabra. Tenía otra cosa: una fragilidad calculada o natural, una manera de cantar casi sin peso.

De 1967 a 1971 grabó discos breves, suaves, de una dulzura que hoy parece más extraña que inocente. Cantó canciones de los Beatles, Rolling Stones, Tom Jobim y Leonard Cohen con una voz aniñada y finita, más susurro que interpretación. Era una rareza del easy listening: canciones de cuna para adultos, hechas para sonar en una casa hermosa poco antes de que algo se arruine y se pudra.

La escena de La fiesta inolvidable que convirtió a Claudine Longet en una imagen de época

Su escena más recordada llegó en La fiesta inolvidable. Peter Sellers, convertido en el hindú más improbable de la historia del cine, la acompañaba con torpeza y devoción. Ella, Michele Monet en la película, cantaba “Nothing to Lose”, una pequeña gema de Henry Mancini y Don Black. Mitad canción francesa, mitad bossa nova californiana, el tema parecía escrito para su misterio.

Claudine cantaba como si la vida no pudiera volverse brutal. Años después, la brutalidad tendría su nombre, una casa en Aspen y un arma calibre 22.

El matrimonio con Williams se apagó sin estruendo. Se separaron a comienzos de los 70 y se divorciaron en 1975. Para entonces Claudine ya había conocido a Vladimir “Spider” Sabich, una estrella del esquí alpino, olímpico en Grenoble 1968, campeón profesional, bello de una manera casi publicitaria.

Quién era Vladimir “Spider” Sabich, el esquiador olímpico que murió por el disparo de Claudine Longet

Sabich era uno de esos deportistas que Estados Unidos convierte en celebridad completa: cuerpo, velocidad, carisma, juventud, dinero y una vida social que parecía no tener invierno.

Después del juicio por la muerte de Sabich, Longet se retiró casi por completo de la vida pública.

Se conocieron en un evento en California. Los testigos hablaron de una “fusión termonuclear” cuando se conocieron. La frase era exagerada, pero servía. Poco después, Longet se mudó con sus hijos a la casa de Sabich en Aspen, Colorado. Aspen no era solo una estación de esquí. En los 70 era un Los Ángeles helado: millonarios, artistas, deportistas, drogas, fiestas, nieve perfecta y una idea demasiado seductora de libertad.

Sabich venía de una vida de soltero veloz. Claudine llegaba con tres hijos, una carrera en declive y una belleza que todavía funcionaba como llave. Durante un tiempo fueron una pareja de postal: la actriz francesa y el campeón de esquí en una casa de montaña. Después, la postal empezó a mancharse. Él habría querido separarse. Ella buscaba otro lugar donde vivir antes del disparo.

El disparo en Aspen que cambió para siempre la historia de Claudine Longet

El 21 de marzo de 1976, Sabich volvió de entrenar y entró a la casa. Se preparaba para ducharse. Longet tenía una pistola calibre 22, una imitación de Luger. Poco después hubo un disparo. La bala alcanzó a Sabich en el abdomen. Murió camino al hospital. Tenía 31 años.

Longet siempre dijo que había sido un accidente. Según su versión, Sabich le mostraba cómo funcionaba el arma cuando se disparó. La autopsia y la fiscalía complicaron esa explicación: el esquiador no estaba frente a ella en la forma en que uno esperaría de alguien que enseña el uso de una pistola.

El caso se volvió más oscuro por una razón menos cinematográfica y mucho más decisiva: la investigación fue un desastre. La policía tomó muestras de sangre y secuestró el diario de Longet sin las órdenes correspondientes. Esas pruebas quedaron afuera del juicio.

El juicio contra Claudine Longet y la condena de apenas 30 días de cárcel

Una mujer policía declaró que, después del disparo, Longet había dicho: “Lo maté, yo lo maté”. La frase tenía una potencia brutal, pero no alcanzó para ordenar un expediente torcido desde el comienzo. En el juicio, la defensa insistió con el accidente. También sostuvo que el arma podía fallar. Andy Williams, su exmarido, la acompañó y financió parte de su defensa.

Longet quedó asociada a una época de celebridades, fiestas y glamour que después el caso Sabich volvió mucho más oscura.

Aspen no hablaba de otra cosa y el caso mezclaba todo lo que una época podía devorar: una actriz de apariencia angelical, un deportista muerto, drogas, celebridades, nieve, dinero, sexo y una justicia que parecía incapaz de separar el drama del espectáculo.

El jurado la declaró culpable de homicidio negligente. La condena fue leve: 30 días de cárcel, dos años de probation y una multa mínima. El juez le permitió elegir cuándo cumplir la pena para poder ver a sus hijos. Claudine pasó la mayor parte de esos días presa durante fines de semana.

Después llegó la canción. Los Rolling Stones grabaron “Claudine”, un tema áspero, casi burlón, sobre sangre en la nieve, cárcel de fin de semana y un muerto que ya no podía hablar. La canción quedó fuera de circulación oficial durante décadas y recién apareció muchos años después en una reedición de Some Girls.

Longet, en cambio, eligió desaparecer. Se casó con Ron Austin, uno de sus abogados defensores, y vivió durante años lejos de la exposición pública. No volvió a cantar. No volvió a ofrecerle al mundo esa voz mínima que alguna vez había parecido incapaz de rozar la violencia.

En La fiesta inolvidable, Claudine cantaba “Nothing to Lose”. La canción decía que tanto “ella como él habían visto lo que el tiempo puede hacer”. No mentía. Las canciones nunca mienten. A veces sólo tardan años en decir exactamente de qué estaban hablando.

fuente: CLARIN

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