
El cine argentino despide este viernes 27 de marzo a Carlos Orgambide, quien murió a los 96 años y dejó detrás una trayectoria de más de cinco décadas como director, guionista y hombre de oficio. La noticia fue confirmada por Directores Argentinos Cinematográficos (DAC), que lo recordó como “querido amigo, colega director, guionista y socio”.
Nacido en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1930, Orgambide construyó una carrera marcada por la versatilidad. Además de director y guionista, pasó por casi todos los roles posibles dentro de una filmación antes de convertirse en la cabeza detrás de distintas películas.
El recorrido por la vida de un director versátil
Antes de dedicarse de lleno al cine, Orgambide estudió plástica en el taller de Emilio Pettoruti, uno de los grandes nombres de la pintura argentina, experiencia que le dio una mirada muy atenta a la composición y a la imagen.
Más tarde se acercó al cine de la mano de Simón Feldman, uno de los referentes de la enseñanza cinematográfica en el país.

Al mismo tiempo, comenzó a moverse dentro del ambiente cultural y periodístico. Redactó crítica de cine en las revistas Espiga y Gaceta literaria, donde analizaba estrenos y discutía sobre el rumbo del cine argentino.
También trabajó como reportero gráfico para distintas publicaciones y fue uno de los fotógrafos habituales del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, un lugar clave para alguien que estaba empezando a construir su vínculo con el mundo del cine.
Sus primeros pasos en el cine y una carrera que ya no se detuvo
Su primer vínculo con el cine llegó desde atrás de cámara. Empezó como fotógrafo de escena y más tarde dirigió episodios de películas en serie para televisión, y el documental El parque. También trabajó en la iluminación de varios cortometrajes y, ya en los años sesenta, dirigió numerosas fotonovelas, un formato muy popular en aquella época.

Su primera experiencia importante en este último terreno fue La espina de Cristo, en 1965. Todo ese recorrido le dio una base técnica muy sólida y una mirada muy particular, que después se reflejaría en sus primeras películas.
Su debut como director de largometrajes llegó con El hombre y su noche, rodada en 1958. Sin embargo, la película nunca tuvo estreno comercial. Años más tarde intentó sacar adelante Chúmbale, un proyecto de 1968 que quedó inconcluso y que terminó transformándose en una de las frustraciones de su carrera.
Pero Orgambide insistió. Después de varios años alejado de la dirección, regresó oficialmente en 1979 y al año siguiente estrenó Queridas amigas, una de las películas más importantes de su trayectoria. El filme cuenta la historia de tres amigas de la infancia (Luisina Brando, Dora Baret y Graciela Dufau) que vuelven a encontrarse y emprenden un viaje al interior del país. Durante ese recorrido, una situación límite las obliga a decirse todo lo que durante años habían callado.

Ese mismo año dirigió Toto Paniagua, el rey de la chatarra, con Ricardo Espalter. Más adelante llegarían Los insomnes, La maestra normal y Temporal, títulos que terminaron de definir el sello de Orgambide con historias sobre personas comunes, atravesadas por los vínculos, las frustraciones, los sueños y todo aquello que suele quedar lejos de los grandes protagonistas.
Y fue uno de los directores de Buenos Aires Rock (1983), que reflejaba el estado del rock nacional, con Los Abuelos de la nada, David Lebón y Litto Nebbia, entre otros.
En 1991 estrenó El acompañamiento, adaptación de la obra de Carlos Gorostiza. La película narra la historia de un hombre que abandona su rutina para perseguir el sueño de convertirse en cantante de tangos. Por ese trabajo recibió en 1992 el Premio Cóndor de Plata al mejor guion adaptado, compartido con Bernardo Roitman.
La dupla de los hermanos Orgambide: uno dirigía, el otro escribía

A lo largo de su carrera mantuvo una colaboración constante con su hermano, el escritor Pedro Orgambide, quién falleció en 2003. Juntos codirigieron el cortometraje El señor Müller, trabajaron en Gardel, el alma que canta, estrenada en 1985, y compartieron la escritura del guion de Temporal.
Durante sus últimos años de actividad todavía siguió filmando. Primero, Teatro San Martín – 50 años, en 2010, y después La cacería, estrenada en 2011, con la que cerró su extensa carrera.
Carlos Orgambide deja una obra marcada por la sensibilidad, el oficio y una mirada profundamente humana. También deja el recuerdo de uno de esos cineastas que hicieron escuela sin necesidad de levantar la voz.
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