Mundos íntimos. Los prejuicios de los varones: nos cuesta mirar o tocar el cuerpo de otros hombres por miedo a qué pensarán.

Mi padre está hachando. Yo lo miro por la ventana. En una pausa se saca la camisa y la tira en el pasto. Lo miro entre dos plantas de damascos que caen de las ramas y luego juntaremos para hacer dulce y compota. Es verano. Salgo. Está hachando unas rodajas grandes de eucalipto y le pregunto para qué si hace calor. Me dice que la Comuna tiró abajo unos árboles y que está aprovechando a acopiar leña para el invierno.


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La rareza de darse la mano

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Lo miro hachar. Es una danza preciosa, hecha de un movimiento redondo, el ruido del hacha metiéndose en la madera, su respiración, su cuerpo peludo. El hacha como un arma antigua, la fiereza en el acto de partir las ruedas de ese árbol añoso cuyos trozos deben entrar en la salamandra de la cocina. Quiero ser como él. Estoy sentado en el pasto mirando hachar a mi padre hasta que me dice: ¿querés aprender a hachar?

Me paro como si tuviera que patear un penal en una final del mundo. Tengo 12 años. El hacha es pesada. Se pone detrás mío y me explica. Siento sus brazos peludos y lo incorporo a la tarea de aprender, entonces escucho que me dice que debo elegir un lado del cuerpo para hacer pasar el hacha, que eso debo elegirlo yo, como se elige con qué mano escribir. Luego se aleja y me dice: dale, probá. Así me hice hachero. Años después tendría una casa con salamandra y también hachaba leña para el invierno. Pero desde pequeño recuerdo el tacto de las manos y el cuerpo de mi padre; nos acariciaba a mí y a mi hermano con franqueza, con amor y devoción mientras escuchaba radio. Curioso, no es común entre los hombres, como que nos tenemos miedo.


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Pantalla y testosterona

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Mi madre también nos dispensaba un amor físico en exceso, pero quizás era natural ese trato, no tanto en un padre. Lo confirmé luego, cuando vi la relación entre mis amigos y sus padres. Jamás vi una caricia o un contacto físico. También vi que mi padre tenía esa relación con sus amigos, se acariciaban como se acaricia a un cachorro, con alegría; eran hombres firmes, de voces graves, risa fácil, groseros a su manera, rudimentarios, cantaban y se reían y tomaban vino. Pero también existía entre ellos esa posibilidad, la de tocarse desde un afecto viril con comodidad.

Esteban Vázquez con su padre, que le enseñó a hachar a los 12 años. Una foto de baja definición, pero de alta nostalgia.Esteban Vázquez con su padre, que le enseñó a hachar a los 12 años. Una foto de baja definición, pero de alta nostalgia.

En la adolescencia pensé en reproducir ese comportamiento con mis amigos y se me hacía imposible. Y cuando los tenía cerca advertía que hubiese sido casi ofensivo y me habría ganado un golpe o un insulto. Ese, creo, fue un aprendizaje que mi padre me transmitió sin querer. A los amigos se los puede tocar. Se puede tocar a un hombre sin que haya en el gesto nada sexual y sin que de ello devenga en una reprimenda.

La escena transcurre en una tarde de verano. Tres obreros reparaban un desperfecto en la cuadra. Uno come un sandwich que saca de una bolsa de nylon, el otro come una manzana y el tercero fuma. El del sandwich le pregunta al de la manzana si le sobra una y este asiente y le arroja la fruta innecesariamente puesto que están cerca y podría habérsela dado en la mano: ahí va, le dice. Ríen, están transpirados, han terminado su jornada de trabajo. Otro se quita la camisa, hecha un bollo se la pasa por las axilas y el resto del torso. La escena parece ser una espontánea reunión donde estos trabajadores comparten un refrigerio, luego fuman, se ríen, hasta que uno de ellos fija la mirada en el cuerpo del compañero que exhibe su torso desnudo y entonces advierte el exceso de peso, los rollos de la panza, la piel blanca del pecho y los antebrazos bronceados porque siempre lleva las camisas arremangadas, sobre todo en verano. Se dirigen algunas bromas y pasan unos minutos así, están relajados, han terminado su labor.

¿Qué ve un hombre cuando mira el cuerpo de otro hombre?

¿Qué hace un hombre ante la proximidad del cuerpo de un par en una situación que no esté atravesada por el trabajo o el rendimiento? Siente espanto, una incomodidad de la que quiere huir rápidamente, teme ser malinterpretado. Sin embargo siente, también, curiosidad. Y mira para comparar el cuerpo del otro con el suyo. Es una contemplación breve, de reojo, no quiere que se haga evidente, entonces cruza la observación con una broma tonta.

Una vez en una fiesta vi a dos amigos iniciar una discusión que se iba a las manos. Estaban borrachos. Después de un agite de amenazas y de medirse para pelear, uno tira un manotazo buscando la cara del otro y se cae. El rival, que no era ningún rival, se apiadó y lo ayudó a levantarse. Una vez de pie se abrazan y se escuchan frases como: yo te quiero boludo, cómo nos vamos a pegar, y se abrazan y casi se caen porque no podían sostenerse en pie. No logré imaginarme a esos dos sujetos intercambiar abrazos o tocarse siquiera por fuera de ese estado de borrachera y brutalidad.

Amistad. De izquierda a derecha, Adrián Menin, luego Esteban Vázquez, su hermano Horacio (semi flexionado), Fernando Carpi y Luis “el Colo” Ginnari, todos amigos del pueblo, Villa Cañás donde el autor aprehendió las lógicas de lo masculino.Amistad. De izquierda a derecha, Adrián Menin, luego Esteban Vázquez, su hermano Horacio (semi flexionado), Fernando Carpi y Luis “el Colo” Ginnari, todos amigos del pueblo, Villa Cañás donde el autor aprehendió las lógicas de lo masculino.

He visto hombres graves que se emocionan y se abrazan ante la declaración de un compañero de militancia, la lectura de un poema, el nacimiento de un hijo. Se tocan los brazos y los hombros y lloran y se ríen al mismo tiempo. Hay algo que media en esa emoción, la revolución, la ganancia o la pérdida. Pero el cuerpo parece estar ahí en tanto medio o instrumento; sentirlo y disfrutar de la humanidad de ese contacto es una rareza. Como si ya no fuera una rareza suficiente, le suman el espanto, y el silencio.

Un hombre tiene un cuerpo como alguien que tiene una casa en cuya economía participa de manera fantasmal. Y vuelve a esa casa a cenar y no reconoce los cubiertos con los que come, no sabe si él los eligió con su mujer alguna vez en un viaje o si fueron un regalo. Y si fue él quien los compró, no se acuerda. Si se detuviera a mirar su propia casa no la reconocería, porque no sabe de dónde salió cada cosa. Por qué esa maceta está ahí o de dónde salieron esos cuadros. No sabe lo que tiene, nunca advirtió la luz que entra por la ventana. Es una ausencia, o mejor, un fantasma. La misma relación tiene con su cuerpo. No sabe que está ahí. Lo presupone. Lo usa como algo dado. Y no sabe bien qué hacer con él. Nadie sabe. Aunque creo que los jóvenes han avanzado varios casilleros en la redefinición de una masculinidad más expresiva, espontánea y físicamente.

En la escuela secundaria, una vez avanzada la adolescencia, los saludos entre los varones consistían en golpes de puño en el hombro del compañero. Parecía que mientras más fuerte fuera ese golpe, mayor era el afecto que se quería demostrar. Las palmadas en la espalda son una señal de aliento, vamos, vos podés, hay que seguir, hay que salir a ganar; y de felicitación por un ascenso, una adquisición o el nacimiento de un hijo.

El padre de un amigo era director técnico de una categoría juvenil en el club del pueblo, y su hijo, mi amigo, jugaba en el equipo. Nunca vi a ese padre dispensarle una caricia a su hijo. Pero una tarde, en un partido importante contra el rival local más acérrimo, vi algo. Mi amigo jugaba de 5, era habilidoso y su padre dirigía con un silbato colgando del cuello, un pantalón largo de gimnasia y una chomba azul, ambas prendas con el logo del club bordado en rojo.

De pronto, en un pique corto, mi amigo para y se tira al piso, un césped impecable que el personal del club mantenía como si se tratara del piso del Vaticano. El padre, el director técnico, se acerca y ve que su hijo se agarraba fuerte la pierna en la zona alta, el femoral o isquiotibial. Entraron al vestuario y yo entré también, como un fisgón. Entonces el padre le pide al hijo que se siente en una camilla y empieza a masajearlo con esas cremas olorosas, el hijo se quejaba del dolor pero le hacía bien el masaje que el padre le daba para recuperar el músculo de lo que parecía ser un micro desgarro. Yo miraba a mi amigo, él miraba a su padre, y el padre masajeaba la pierna musculosa de su hijo. Se veía en la cara de ambos el bienestar inesperado por la oportunidad que la lesión les dio a ambos. No se sabía dónde terminaba el masaje y dónde empezaba la caricia sanadora.

Con un amigo charlamos de estas cosas. En la conversación aislamos la relación entre hombres, padres con hijos, pero también entre amigos. Yo le digo que su corte de pelo le queda bien, se lo toca y dice que sí, que le gusta, mientras sostiene a su bebé y lo besa en la frente, sentados en reposeras en el patio de su casa. Con este amigo compartimos, entre otras cosas, la propensión a la emoción que deviene en llanto, no un llanto desbordado de congoja, sino la emoción que llena los ojos de lágrimas, que es, también, una forma de llorar.

Cuando encuentro un hombre que llora, que no oculta su emoción, siento una hermandad inmediata que salta barreras y nos aferra a una forma del vínculo más honda, la sensibilidad se presenta como un núcleo y se construye una tranquilidad, una serenidad de saber cuán profundo podemos ir en las confesiones, en las conversaciones. Se trata de una confianza que no pide garantías, es una experiencia humana, tan precaria y perecedera como todo lo humano. Pero es, también, el descubrimiento de un terreno, no es una conquista o un logro.

La emoción se produce por escuchar y sentirse escuchado. Irrumpe y afecta, modifica la vía por donde transcurría esa relación. Ahora ambos sabemos que existe esa piedra preciosa. Entonces, de pronto, nos tocamos la cara, en una caricia tierna. Se habla de “dejarse vencer” por la emoción o el llanto: “dejarse vencer”, como si uno perdiera algo ahí, como si se tratara de una derrota que uno debía evitar. Pocas veces oí pronunciar la palabra ternura a hombres comunes y corrientes, varones seguros de sí mismos, de su identidad, su trabajo y su sexo.

El cuerpo de los hombres es para el dolor, el rendimiento y la muerte. También para el amor. No el amor replegado del pudor y el misterio, del erotismo y el roce, sino el amor que huye, como un animal que roba una presa y una vez obtenido el alimento, se va con las fauces llenas de sangre y dolor.

fuente: CLARIN

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