Mocchi, el artista trans que abrió para Paul McCartney: Creyeron en mí antes de escucharme cantar

Si en la calle le dicen Lu o Luciana, no se dará vuelta. Pero eso viene de antes incluso de tener nombre de varón: a él, en rigor, siempre lo llamaron por su apellido. Mocchi.

Hace unos años su DNI cambió y ahora dice Lucas Mateo Mocchi. Lucas Mateo: bíblico. No por religioso, sino por, por devoción y escritura. Porque en sus canciones hay algo de testamento profano, de evangelio pagano, de cancionero sagrado —y ateo— del Río de la Plata.

Mocchi repasa una historia de origen marcada por la soledad, la calle y el azar.

No se trata sólo de que haya abierto para Paul McCartney —aunque, bueno: ¡abrió para Paul McCartney!—. En Mocchi hay otra cosa que importa más: esa mezcla de calle, ternura, intimidad y política con la que sus canciones parecen hablarle al mismo tiempo al pibe perdido, al melómano veterano y a cualquiera que todavía crea que una voz puede abrirse paso, (no tan) solo contra todos.

Si hace falta una llave de entrada, puede ser “Díaz sin vos”, una de esas canciones donde el desamor suena con la crueldad de la poeta Idea Vilariño y con el duelo optimista de la película Antes del amanecer: entender que, mientras uno empieza a olvidar a alguien, ese alguien también empieza a olvidarse de uno.

Este sábado 11 de abril toca en CABA, en Quetren Club Cultural, con su ciclo Hacernos casa: una buena puerta de entrada a uno de los cancioneros más singulares de la música rioplatense reciente.

De la soledad a un primer disco grabado de milagro

-¿De dónde sale tu relación con la música?

-De muy chico. Hasta los 12 años pasé mucho tiempo muy solo, y en esa soledad escuchaba música de manera convulsiva. Grababa canciones de la radio en cassette, esperaba que sonaran y cantaba arriba. Vivía mucho en mi mundo interior. En mi casa se escuchaba mucha música: no vengo de una familia de músicos, pero sí de una casa melómana.

Y antes de cualquier idea de carrera ya estaba esa necesidad: encontré una hojita que había hecho de niño que decía “Entrada 1,50 y si no entra igual”. Era para un show en el patio de mi casa. Tenía ocho o nueve años.

“Mi nombre muerto nunca fue vivo”, dice Mocchi al hablar de identidad, voz y transición.

-Sin embargo, de ahí a imaginarte músico…

-Total. Yo no tenía ese permiso. Después anduve mucho en la calle, en Montevideo, parando con gente en el INJU (Instituto Nacional de la Juventud). Éramos parte del ecosistema callejero de ese lugar. Y por una casualidad rarísima, unos tipos que buscaban un taller de candombe terminaron llamándome a mí.

Yo no daba talleres, no sabía nada de música, no tenía un disco, no tenía nada. Pero traté de ayudarlos igual, porque era lo que a mí me hubiera gustado que hicieran conmigo. De ahí salió la invitación para ir a ver a Lila Downs. Y ahí cambió todo.

-¿Y en qué momento sentiste por primera vez que alguien de ese mundo te veía de verdad?

—Lo increíble es que ni siquiera me escucharon cantar primero: me escucharon hablar. Y me dijeron: “Vos tenés que cantar. Mirá la voz rarísima que tenés”. Yo tenía una vergüenza total. Les decía: “No, yo no canto, no me dedico a esto”. Pero me cambió la vida.

Sentí que alguien estaba creyendo en mí sin haberme escuchado cantar, viéndome como un par en algo que yo amaba y que, hasta ese momento, sentía ajeno. Yo estaba ahí, con mi único pantalón, mirando a los músicos desde afuera, y uno de ellos me dijo: te quiero escuchar.

Entre intimidad y política, Mocchi construyó una obra propia dentro de la canción rioplatense.

-¿Quién era?

Yayo Serka, el baterista de Lila Downs. Me dijo que si algún día iba a Nueva York lo llamara. Yo pensé: cuándo voy a ir a Nueva York… Y a la semana me llamó una tía para que fuera. Ahí ya parecía una novela, pero faltaba lo más insólito: yo no tenía su teléfono ni ninguna forma de buscarlo.

Me tomé un avión muerto de miedo, hice escala en Panamá y, en medio del aeropuerto, me lo crucé de casualidad. Así, de frente. Me metió en la sala VIP y me volvió a insistir con que quería escucharme cantar. Yo seguía diciendo que no. Tenía un MySpace con cinco canciones grabadas con el palito de la compu y una guitarra que sonaba espantoso. Todo muy berreta.

Un palo en la mano y una revancha

-¿Y cuándo empezó a volverse real?

—Cuando terminé llamándolo. Caí en Queens, escucharon mis temas y me invitaron a tocar. Después, ya en Uruguay, yo tenía el disco ensayado pero no tenía plata para grabarlo. Yayo movió todo y así salió el primero: con músicos de Lila Downs —entre ellos, un bajista que tocaba con Thalía y Ricky Martin— y una precariedad total. La batería la conseguí por Facebook e hice caminar a esos músicos por 18 de Julio, en Montevideo, porque yo no tenía ni para un boleto. Esa mezcla de milagro y pobreza fue mi primer disco.

-De chico quisiste ser pianista, pero la historia con el piano no fue nada amable. ¿Qué pasó?

Mocchi construyó una obra donde la intimidad, la política y la canción conviven sin solemnidad.

—Yo quería ser pianista desde muy chico. Me habían becado en un conservatorio recontra conservador. Una vez le dije al profesor que tenía una idea musical y me respondió: “No vuelvas a decir eso. La música está toda inventada”.

Otro día me pegó en la mano con un palo. Me fui, rendí igual el examen final preparándome solo, aprobé y le dejé las partituras arriba de la mesa diciéndole: “No voy a tocar nunca más el piano”. Tenía once años. Y fue así hasta mucho después, cuando apareció un piano en una casa donde yo vivía y compuse “Días sin Voz”.

Con los años, para Mocchi la música empezó a ser algo más que canciones. También encuentro, comunidad, una forma de estar con otros. Habla de recitales, pero también de lo que pasa alrededor: gente que se compra entradas entre sí cuando alguien no puede pagarlas, ayudas que aparecen en el grupo de WhatsApp del proyecto, vínculos que siguen después del show. Una vez, cuenta casi al pasar, hasta un diputado uruguayo lo ayudó cuando se le quedó el auto.

En esa red ve una forma de hacer política. Le pasó también en una escuela pública, cuando lo invitaron a cantar en un acto de egreso de sexto y chicos más chicos despidieron a los que se iban con una canción suya. Él también había salido de la escuela pública y siente que esas instituciones lo sostuvieron. “Trato de dejar más que canciones y de llevarme más que una recaudación”, dice.

-¿Qué te dejó, de verdad, haber abierto para Paul McCartney?

—Fue importante, pero más como revelación que como consagración. Yo tenía idealizada la idea de tocar en un estadio y me encontré con algo bastante frío: gente muy lejos, llena de celulares, y una imagen casi perfecta de una sociedad, donde los que están adelante suelen ser los más poderosos y los que peor ven son los menos privilegiados.

En lo material me sirvió: pude comprar una guitarra y cosas para grabar. Pero también me dejó una marca incómoda: durante mucho tiempo se habló más de mi cuerpo, de mi pobreza o de mi origen que de mi música. Eso me dio pánico y hasta me alejó un tiempo de tocar.

“Mi nombre muerto nunca estuvo vivo”

-Quería preguntarte también por tu identidad. ¿Sentís que cambió algo o que, más bien, pudiste nombrarlo de otro modo?

-En mi caso no siento que haya cambiado mi identidad. Yo siempre fui Mocchi. Nunca fui Luciana, ni Lu. Mi nombre muerto nunca fue vivo, en realidad. Lo que pasó es que, cuando grabé el primer disco, sentí que necesitaba un nombre artístico y terminé haciendo existir a alguien que en mi vida cotidiana nunca había existido. Con el tiempo me di cuenta de que cuando alguien me dice Luciana, en realidad no me conoce: conoce una etapa de mi obra. Porque a mí siempre me dijeron Mocchi.

—Entonces, más que descubrir algo, fue gestionar algo que ya estaba ahí.

Mocchi, entre la ternura, la intemperie y una forma de hacer de la canción algo más que canciones.

—Exacto. Yo no lo vivo como “me di cuenta de que era trans”. Lo viví más como darme cuenta de que podía gestionar mi identidad. Y también me pasó algo con la voz: ya se me venía poniendo más grave de manera natural desde los primeros discos, y después hice un tratamiento muy lento, con control médico, no tanto por identidad como para estabilizarla y no cansarme tanto al cantar.

Pensé: ¿por qué yo no podría hacerlo también de esta manera? Ahora tengo otro documento y legalmente soy Lucas Mateo. Pero tampoco siento que ese nombre me represente del todo. Yo soy Mocchi. Hace poco me dijeron: “Qué bíblico”. Y yo pensaba: si supieras.

fuente: CLARIN

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