
Una diosa colosal asciende desde la planta baja hasta el primer piso de Museo MARCO, en La Boca, como si custodiara un santuario antiguo. Mientras el viento –invisible pero omnipresente–, parece mover incluso lo quieto. A su alrededor flotan lunas suspendidas, vidrios inflados, huellas sobre superficies translúcidas, marqueterías desmontables y columnas atravesadas por animales, plantas y relatos del desierto. Pero el verdadero portal de La casa del viento, la exposición de Marcela Cabutti, se activa cuando el espectador se coloca los lentes de realidad virtual. Entonces el museo desaparece y comienza otra dimensión.
El efecto es inmediato. Sobre un paisaje mineral de Balcarce flotan diosas suspendidas que giran lentamente entre partículas brillantes y ráfagas invisibles. Parecen criaturas ancestrales en el instante mismo de la creación del planeta. El proyecto de la exposición, con curaduría de Eva Grinstein, nació desde esa obra inmersiva desarrollada junto al laboratorio A4E y el artista visual Mariano Giraud, pionero local en cruces entre arte y tecnología

Balcarce no aparece aquí como simple escenario natural. La artista lo elige por su espesor geológico y simbólico: esa región forma parte de una de las formaciones rocosas más antiguas de la Argentina, perteneciente al antiguo cratón del sur de América, cuando Sudamérica y África estaban unidas dentro de Gondwana, el bloque continental de la primitiva Pangea. En la obra de Cabutti, esa memoria mineral se vuelve poética: Gondwana deja de ser un concepto geológico para transformarse en una pregunta sobre todo aquello que alguna vez estuvo unido y hoy permanece separado.
“Quería que el objeto dinámico fuera el viento, que existieran las mujeres y que el paisaje fuera Balcarce”, revela la artista en diálogo con Ñ. La tecnología aquí no funciona como espectáculo sino como lenguaje poético. “Trabajamos con artistas que no son tecnológicos y traducimos sus ideas a este lenguaje”, explica Giraud. “No creemos que exista por un lado el arte tecnológico y por otro el arte físico. El arte va a ser cada vez más híbrido”, agrega Rodrigo Cadenas, director del Museo.

El viento organiza secretamente toda la exposición. En uno de los pasajes más bellos del texto curatorial, Eva Grinstein escribe que “el viento no aparece aquí como motivo ni como metáfora. Simplemente acude”. Allí emerge Huayrapuca, la diosa andina de los aires venerada por los pueblos calchaquíes. Grinstein cuenta que Cabutti encontró en la biblioteca del Museo de Ciencias Naturales de La Plata un libro de 1899 del historiador Adán Quiroga dedicado a esa divinidad.
“Dicen esos cantos que cuando el viento no está soplando está en su casa, en su cueva”, continúa el texto. “Allí esconde sus rasgos monstruosos, su cola de serpiente y esa ambivalencia ineludible que grita fertilidad y devastación”. La imagen resume el corazón secreto de la muestra: una fuerza dual, capaz de destruir y fecundar. “¿Y si la piedra fuera viento quieto? Estamos a tiempo de escuchar cosas grabadas desde siempre en nuestros cuerpos”, agrega.

Durante un viaje a Namibia y Sudáfrica realizado en el marco de Bienalsur, Cabutti siguió las huellas de Gondwana, cuando África y Sudamérica aún formaban un único territorio atravesado por el mismo viento. De esa experiencia surgieron registros, plantas desérticas y geografías que luego reaparecerían transformados en esculturas y relatos visuales. La welwitschia mirabilis, planta milenaria de Namibia cuyas hojas son desgarradas por el viento hasta volverse filamentos, condensa la poética de Cabutti.
Cuatro columnas monumentales funcionan como relatos circulares que evocan experiencias vividas en Catamarca, Balcarce, Mar del Plata, Punta Ballena, Namibia y Sudáfrica, donde conviven babuinos, lagartijas, antílopes africanos, algas marinas, plantas tóxicas y referencias rituales.

A ras del muro aparecen piezas inspiradas en el frottage, técnica arqueológica utilizada antes de la fotografía para registrar grabados sobre piedra. La artista reemplaza el papel y el carbón por pequeños catavientos de navegación —finas cintas textiles que indican la dirección y tensión del viento— con los que compone figuras: babuinos, bailarinas, pescadores, oryx africanos y bandadas de pájaros emergen como huellas mínimas, suspendidas entre el viento y la memoria mineral.
La experiencia inmersiva se expande en doce secuencias de marquetería que recuperan imágenes descartadas de la realidad virtual, prolongando ese paisaje fuera de la pantalla. Lunas y gotas de aire realizadas en vidrio soplado condensan esa tensión entre fragilidad y transformación. Cabutti recuerda que los cristaleros consideran al vidrio un líquido inestable: cualquier variación térmica puede fracturar su equilibrio.

Una dimensión ritual atraviesa la muestra. “Durante una investigación en Perú junto a Rocío Gómez sobre el oráculo de Pachacamac, descubrí que a las divinidades nunca se las debía mirar de frente para no ser herido por su poder”, señala la artista. Esa idea resuena tanto en la gran diosa central como en las colosales figuras de la realidad virtual. Sobre el paisaje de Balcarce flotan diosas de siluetas orgánicas y totémicas, criaturas suspendidas entre lo humano y lo cósmico.
En La casa del viento, ciencia, geología, mito y tecnología dejan de funcionar como mundos separados. Todo entra en contacto. Y sin embargo la muestra oscila entre lo ancestral y lo tecnológico, sin perder nunca la sensación de asombro.
Cuando uno se quita los lentes de realidad virtual y vuelve a la sala, todavía siente que algo sigue moviéndose. Como si el viento de Marcela Cabutti hubiera encontrado la manera de quedarse flotando dentro del cuerpo.
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