
Miriam Ferrarin llevaba en Londres una vida que desde afuera podía parecer resuelta. Tenía una casa, un empleo estable y una rutina definida. Había trabajado en el área financiera de una compañía del grupo British Airways y después en una reconocida discográfica internacional.
Sin embargo, comenzó a pensar que la estabilidad no compensaba la sensación de estar aplazando el proyecto que realmente deseaba. En junio de 2024 inició un viaje en solitario que, dos años después, ya la había llevado por 75 países.
“Podemos ganar más dinero o cambiar de trabajo, pero el tiempo que pasa no vuelve”, explicó en una entrevista con Vanity Fair Italia. Esa idea no provocó una salida impulsiva: la italiana aseguró que preparó el cambio durante meses, redujo gastos, ahorró y creó un proyecto digital relacionado con sus recorridos.
Su destino número 75 fue Armenia, a donde llegó en un tren nocturno desde Tiflis. No obstante, Ferrarin rechaza medir la experiencia por la cantidad de fronteras cruzadas. Para ella, ese número fue una consecuencia del viaje, no el objetivo.
Viajar no es coleccionar sellos en el pasaporte
Miriam podría haber visitado más países en menos tiempo, pero prefirió detenerse. Pasó dos meses en Arabia Saudita, agotó el plazo de su visa en India y recorrió regiones menos conocidas como Nagaland y Arunachal Pradesh.

“Viajar no es una competición”, afirmó. Su medida del éxito son las historias que conserva, las personas que conoce y la capacidad de permitir que cada experiencia modifique sus ideas previas.
Esa mirada también atravesó sus visitas a lugares habitualmente presentados como peligrosos. Antes de entrar en Afganistán o Irak se informó y evaluó los riesgos. Allí encontró gestos de hospitalidad que chocaron con la imagen uniforme construida desde la distancia.
En Irak, un hombre al que había conocido en las marismas mesopotámicas logró localizarla al día siguiente para pagarle una habitación. En Afganistán, otro joven la ayudó a cruzar la frontera desde Uzbekistán y luego la invitó a comer con su familia.
Ferrarin no niega los conflictos ni recomienda ignorar las advertencias. Su aprendizaje fue otro: ningún país es un bloque homogéneo y reducirlo a la violencia puede hacer que desaparezcan de la historia quienes viven allí.
Cómo financia dos años de viaje
La viajera tampoco atribuye su experiencia a una fortuna. Durante su último año en Londres dejó el departamento donde vivía y comenzó a cuidar gatos y casas a cambio de alojamiento. Mientras seguía trabajando a tiempo completo, reunió unas 12.000 libras para iniciar el recorrido.

Miriam todavía alterna los desplazamientos con períodos como cuidadora de mascotas. También vende guías digitales y ofrece asesorías de viaje. Según explicó, el recorrido no fue pagado por otra persona, sino construido con ahorro, organización y capacidad de adaptación.
La elección tiene costos: estar lejos de su familia, perderse celebraciones, no tener una vivienda estable y afrontar relaciones que muchas veces duran apenas una etapa del camino. Pero Miriam no presenta esas renuncias como una tragedia.
Después de dos años, su definición de libertad se volvió menos romántica y más concreta. No consiste en hacer cualquier cosa sin consecuencias, sino en elegir qué precio se está dispuesto a pagar por la vida que se desea. En su caso, la decisión fue dejar de posponerla.
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