
No es una cita al pasar. Funciona, más bien, como una declaración de principios que sobrevuela todo el encuentro. Y también como un punto de tensión. La escena es la presentación de Masones en dictadura, la investigación de Gabriel Darrigran: historiador con formación archivística en la Universidad Nacional de Educación a Distancia de España, investigador en el Archivo de la Guerra Civil en Salamanca y colaborador de la revista académica REHMLAC+ de la Universidad de Costa Rica. Su trabajo se apoya en una base poco frecuente: archivos institucionales desclasificados de la propia masonería argentina.

Desde ahí, el libro propone volver sobre las décadas del 60, 70 y comienzos de los 80. Años atravesados por dictaduras, violencia política y, también, por redes de poder que exceden lo local. La masonería –que se reconoce heredera de la tríada libertad, igualdad, fraternidad– aparece en ese recorrido no como un bloque homogéneo, sino como un espacio atravesado por tensiones, negociaciones y zonas grises.
El lugar no es neutro. La presentación ocurre en una sede masónica frente a Plaza de Mayo, cargada de una densidad simbólica que no hace falta subrayar. Desde el inicio se instala una idea: “cerrar un círculo”. Hay algo de gesto ritual, pero también de intento historiográfico.
A diferencia de lo que ocurrió en varias dictaduras europeas –donde la masonería fue perseguida, clausurada y desmantelada–, en la Argentina del siglo XX su situación fue más ambigua. Hubo momentos de fricción, sobre todo bajo gobiernos de impronta nacionalista o clerical, pero en términos generales logró sostener una existencia legal, casi administrativa, como asociación civil. Su estabilidad, en todo caso, no dependía de una política uniforme sino de algo más volátil: las internas del propio poder militar.

En los años más oscuros, la masonería funcionaba, hacia adentro, con una lógica casi de club: actas, listas de socios, reuniones formales. Circula una anécdota que condensa ese clima: un grupo de masones es detenido en la ruta, bajo sospecha de subversión, hasta que un superior reconoce los símbolos y los deja seguir. No eran clandestinos. Eran, en todo caso, identificables.
Redes, dinero y Guerra Fría
Para entender el lugar que ocuparon algunos actores masones en la Argentina de los 70, Darrigran propone abrir el foco. La Guerra Fría no fue sólo un enfrentamiento ideológico. Fue también una trama de financiamiento, inteligencia y operaciones encubiertas.
En Europa, estructuras clandestinas vinculadas a la OTAN –que se conocerían públicamente años después– canalizaron recursos hacia grupos preparados para una eventual resistencia ante una invasión soviética. En ese entramado, donde circulaban dinero, información y alineamientos políticos, aparece una figura clave: Licio Gelli. No sólo por su pertenencia a la masonería, sino por su capacidad de moverse en distintos niveles de poder.
Uno de los momentos en los que esa red asoma con más claridad es el regreso de Juan Domingo Perón al país tras su exilio. “El primer paso que dio en esa dirección fue acercarse al Vaticano. En 1962, Perón solicitó formalmente que se le levantara la excomunión que creía se le había impuesto en junio del 55 –subraya Darrigran en las páginas de Masones en dictadura–. Sin embargo, este gesto de reconciliación no fue suficiente para asegurar su regreso. Necesitaba más apoyos”.
José López Rega –espiritista, rosacruz y masón– creía que, para asegurar ese retorno, Perón debía contar con el aval de la masonería. “El propio Perón compartía esta creencia, ya que consideraba que la masonería había sido una de las fuerzas conspiradoras que, de alguna forma, habían saboteado su gobierno”.
La figura que aparece entonces es la de Gelli. “Se trataba de Licio Gelli, un empresario miembro de la entidad masónica Gran Oriente de Italia”, señala Darrigran, mientras proyecta la imagen de Perón junto a quien, desde joven, había adherido al fascismo.
“En 1969, el presidente del Gran Oriente de Italia, al verse imposibilitado de gestionar los asuntos administrativos de este grupo encubierto, nombró a Licio Gelli como secretario organizativo de la logia de propaganda masónica –se puede leer en un fragmento–. Así fue como, en 1971, Gelli se le presentó a López Rega en Madrid, como el responsable de la logia Propaganda Due (P2) de Roma“.

Un punto de inflexión
En ese marco, una reunión reservada funciona como punto de inflexión. Perón quiere volver a la presidencia y busca saldar viejas tensiones con los masones argentinos. “Era, por tanto, una oportunidad única para revitalizar la masonería argentina, participando activamente en el gobierno de Cámpora”, escribe Darrigran. La hipótesis se sostiene en testimonios judiciales y en trabajos como Vigilia de armas, de Horacio Verbitsky, y sugiere la existencia de canales de diálogo en los meses previos al retorno definitivo.
“Todo cambió repentinamente, el 1 de julio de 1974, cuando falleció el presidente de la Nación, conmocionando profundamente a la sociedad argentina –profundiza Darrigran en Masones en dictadura–. Sin embargo, la muerte del líder peronista no frustró por completo el plan conocido sólo por algunos masones de la logia Panamérica. El vínculo clave con el gobierno seguía siendo José López Rega, el hombre de confianza de María Estela. Su influencia sobre la presidenta era tal que, ese mismo año, la mandataria designó a César De la Vega, médico cirujano y Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones entre 1972 y 1975, embajador en Francia“.
El golpe del 24 de marzo de 1976 abre otro escenario. El Proceso de Reorganización Nacional –uno de los períodos más violentos de la historia argentina– reconfigura también ese entramado. Los planes previos se desarman.
“En ese contexto, una vez más la responsabilidad de proteger los intereses de la Gran Logia recaía sobre personas como Alcibíades Lappas –menciona Darrigran–, quien tenía estrechos vínculos con el liberal Emilio Eduardo Massera, integrante de la nueva junta militar”.

En otro pasaje, el autor señala que durante el Proceso “todo parece ir viento en popa para la masonería y en particular con la platense; coincidiendo con la ‘pacificación’ del país por medios non sanctos. Las correctas relaciones institucionales con personajes como Carlos Suárez Mason, Osvaldo Cacciatore y Emilio Massera habían posibilitado un respeto mutuo, impidiendo que los militares se inmiscuyeran en los asuntos masónicos”.
El escándalo P2
El hallazgo en Italia –en el marco de la investigación por la desaparición del banquero Michele Sindona– expone documentos, archivos y la lista completa de la logia P2. El impacto en Europa es inmediato. En la Argentina, en cambio, la información tarda más en decantar. Pero hay un dato que resuena: entre los nombres aparecen figuras argentinas de peso, como Emilio Eduardo Massera, López Rega y Raúl Lastiri.
La P2 no funciona como una logia convencional. Es una estructura paralela, incluso clandestina para la masonería regular. Sus operaciones incluyen espionaje, intervención política y vínculos con servicios de inteligencia de la OTAN y la CIA. La Argentina aparece ahí como un nodo más dentro de una red mayor.
“El escándalo llegó a Argentina en mayo de 1981, cuando el periodismo local se percató de que Licio Gelli había sido parte del servicio diplomático argentino desde 1973″, apunta Darrigran. “Para entonces, ya había mucha más información disponible sobre la logia Propaganda Due y sus objetivos..”.
Décadas más tarde, en 2006, fiscales italianos entregan a Estela de Carlotto bienes incautados a Gelli. Un gesto simbólico que vuelve a cruzar historias.
Uno de los tramos más inquietantes conecta esa red internacional con el corazón del aparato represivo. En la ESMA, además de funcionar como centro clandestino de detención, operaba una imprenta donde se falsificaban documentos. El testimonio de Víctor Basterra vuelve concreta esa dimensión: allí se hicieron pasaportes, entre otros, para Licio Gelli. El vínculo ya no es sólo ideológico. Es operativo.

En 1982, en plena guerra de Malvinas, los masones de La Plata se reúnen cerca del regimiento del que habían partido los soldados. El gesto busca inscribirse –aunque sea de manera simbólica– en ese momento. Ese mismo año, al abrirse la piedra fundacional de la ciudad, aparecen medallas masónicas del siglo XIX. La escena alimenta una narrativa de continuidad histórica.
La lista de nombres asociados es amplia y heterogénea: Alfredo Palacios, Raúl Alfonsín, José de San Martín, Hipólito Yrigoyen, José Ingenieros, Arturo Jauretche, Adrián Otero, Alfredo Bravo, Manuel Belgrano, Leandro N. Alem.
La dictadura, mientras tanto, impone sus propias reglas. La masonería no confronta: se adapta. Una circular interna lo explicita: respetar las leyes, reconocer a las autoridades. En los hechos, eso implica redefinir perfiles: menos estudiantes –demasiado expuestos– y más integrantes de fuerzas de seguridad.
El cierre vuelve a la voz inicial. Ricardo Seen retoma la palabra: “La masonería debería estar con el más débil. No puede estar con una dictadura –apunta–. Lo primero que debe hacer es respetar la Constitución, no podemos ir en contra de la Constitución, pero tampoco las leyes pueden ir en contra del ser humano. La masonería es una institución humanista que no tiene que acompañar los cambios, tiene que ser el cambio”.
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