Mariano Sigman, neurocientífico, sobre cómo pensamos: Al final, la vida es una narración de nuestra propia realidad

En 2016, Mariano Sigman se convirtió en el primer argentino en participar de una TED Conference. Doctor en Neurociencia y licenciado en Física, combina investigación científica y divulgación. Es de esas personas que piensan un poco más allá, que anticipan algo de lo que se viene o reflexionan sobre fenómenos del presente con teoría y datos. En El poder de las palabras (Debate) explora cómo las historias que nos contamos intervienen en la manera en que vivimos. El 19 de octubre pondrá en juego esos temas en una presentación en el Teatro Metropolitan, en una propuesta que combina ciencia, ejercicios y participación del público. Antes, conversó con Clarín.

Es que si se trata de deshilachar la realidad y “verle los hilos” a nuestros propios sesgos, formas y lógicas, Sigman hace una exploración reflexiva de nuestras ideas y sostiene que hasta nuestras creencias más arraigadas pueden ser puestas en cuestión.

¿Cómo nos contamos la vida que vivimos? ¿Cómo construimos los recuerdos? ¿Por qué conversar es la mejor herramienta para pensar bien? ¿Por qué en la vejez la juventud parece más vigorosa y el presente vive de glorias pasadas?

Mariano Sigman, el primer científico argentino que participó en las charlas TED a nivel mundial. Foto: Penguin Random House.

Asegura que esta presentación forma parte de una búsqueda por tomar riesgos: “Tengo toda la teoría de regulación emocional, pero tengo un bultito y se me olvida la teoría. En el teatro quiero hacer algo parecido: no quiero estar hablando en un pedestal, sino que quiero estar en un lugar un poco más vulnerable”.

Cómo nos contamos la vida

Licenciado en Física, doctor en Neurociencia y posdoctorado en Ciencias Cognitivas, Mariano Sigman fundó el Laboratorio de Neurociencia Integrativa de la Universidad de Buenos Aires, y fue uno de los directores del Human Brain Project, un gran proyecto científico europeo dedicado a entender mejor cómo funciona el cerebro. Además de El poder de las palabras, escribió La vida secreta de la mente (Debate), Artificial. La nueva inteligencia y el contorno de lo humano (Debate, junto a Santiago Bilinkis) y Amistad (Debate/Libros del asteroide, junto a Jacobo Bergareche).

– Decís que las palabras no solo cuentan lo que nos pasa, sino también que pueden cambiar la manera en que lo vivimos. ¿Cuánto de cómo vivimos lo que vivimos depende de las historias que nos contamos?

– Tanto como imaginate la misma historia contada por 20 autores distintos. Cada uno elige un punto de vista, una perspectiva, un foco, algo en lo que concentrarse. Es la misma historia, es la misma realidad, pero está contada distinta. A nosotros nos pasa lo mismo. En esto no hay nada de relativismo: hay cosas que pasan en la vida, cosas que son buenas y cosas que son malas, uno puede tener suerte con algo, puede enfermarse, puede tener pérdida.

Estas cosas van dando forma a nuestra vida, pero dentro de cada una de ellas siempre tenemos bastante más margen del que pensamos para elegir la narración de cómo se la contamos a las otras personas y, al mismo tiempo, a nosotros mismos. Entonces, al final, la vida es una narración de nuestra propia realidad.

En la realidad muchas veces no tenemos injerencia de cosas que pasan o que no pasan, pero en cómo nos la narramos -que es una parte muy importante de cómo terminamos viviendo- tenemos bastante más injerencia de lo que pensamos.

Radicado en España, Sigman combina la investigación en neurociencia con la divulgación científica. Foto gentileza.

– ¿Por qué la mente es más maleable de lo que pensamos, y con los años muchas veces perdemos la motivación para aprender?

– Uno pierde la motivación porque en cierta medida pierde la necesidad. Es lo que en psicología se llama el “umbral OK”. Los chicos o las chicas recién nacidos son “aprendedores profesionales”. Aprenden todo tipo de cosas: a caminar, a hablar, a entender por qué lloran, qué les hace bien, qué les hace mal, en qué gente confían, en qué gente no, qué cosas les gustan y qué cosas no. Nadie nace sabiendo esto: lo aprendés.

Cuando uno tiene cierto recorrido, siente que ya sabe esas cosas. Entonces uno tiene menos motivación para descubrir, para descubrirse, para descubrir el mundo, para descubrir a la gente… Y el error es que todavía queda mucho por descubrir.

Esto lo podés pensar en viajes: cada persona ha viajado, algunos más lejos, otros más cerca, pero siempre hay lugares distintos a todo lo que uno ha recorrido. A cierta edad se probaron sabores dulces, amargos y más, pero siempre hay oportunidad para experimentarlos.

Al principio esa necesidad es tan vital que está toda la fuerza y la motivación (de chiquito no te queda otra que aprender). De adulto, además de no tener tanta necesidad, el aprendizaje compite con la realidad cotidiana: el trabajo, el cuidado de las cosas, de la casa, de la gente. A veces conviene recordarse el amor por aprender, descubrir lo placentero que resulta más allá de toda utilidad. Esa es la esencia de la curiosidad, que es el antónimo del abatimiento o de quedarse quieto: es querer saber algo solo por querer saberlo.

En El poder de las palabras, Sigman explora cómo el lenguaje interviene en la forma en que pensamos, recordamos y construimos nuestra propia historia.

– Asegurás que “una sola frase puede convencer a alguien de que es incapaz de pintar, dedicarse a las matemáticas o de amar”. ¿Por qué sus efectos son tan potentes?

– Si alguien te dice que no sos buena para las matemáticas, por ejemplo, vos registrás eso como una opinión. Es la opinión de una profesora, de un profesor, de un amigo o de una amiga. A veces resulta bastante demoledora, pero aun así uno separa la opinión de alguien sobre algo de la realidad. Podés refugiarte en otra gente que te dice otras cosas o rebelarte contra esa idea.

El problema es cuando uno dice eso sobre uno mismo. Sigue como una opinión de lo que uno piensa que puede hacer, pero uno salta a conjeturas muy rápido (“yo no sirvo para las matemáticas”) y establece teorías generales sobre cómo funciona el mundo. Establece una teoría sobre uno mismo. Y cuando esas teorías aplican a nosotros mismos, ya no las percibimos como opiniones, sino como la realidad. Uno no dice “es una opinión mía sobre mí mismo”, sino “es así, porque yo me conozco”.

Esas opiniones se vuelven “reflexivas”, es decir, empiezan a actuar como profetas de su propia causa. Cuando Newton plantea la teoría de la gravedad, eso no cambia cómo caen las piedras (a las piedras les da igual lo que alguien piense). Pero cuando uno dice de sí mismo que es incapaz de hacer algo, esa teoría cambia la realidad, porque uno empieza a actuar en consecuencia.

Para aprender algo, tenés que ponerte a prueba; pero si decretaste que no podés aprender algo, ya no lo hacés, y será una suerte de profecía autocumplida. Esto no debe confundirse con un poder arbitrario de las palabras. Si tenés una enfermedad grave, pensar que te podés curar te puede ayudar por el efecto placebo, pero no alcanza para curarte. Las palabras no tienen la capacidad de obrar cualquier realidad, pero sí nos habilitan a intentarlo. Pueden envalentonarte, habilitar para intentar algo y después ver si algo es posible o no; o pueden intimidarte. Y las palabras más intimidantes sobre nosotros las establecemos nosotros mismos. Eso es lo más trágico, pero se puede revertir.

El arte de conversar

– Decís que conversar es “la mejor herramienta para pensar bien”. ¿Por qué hablar con otros nos permite ordenar ideas y qué rol juega ahí el diálogo?

– Uno muchas veces no sabe lo que quiere o puede, no sabe a quién quiere o a quién le tiene miedo. Intentar dilucidar eso en una conversación propia es difícil, es como hacer malabares en la oscuridad. La conversación con un amigo, amiga o alguien que escucha es un lugar para aclarar esas ideas. Expresar en voz alta nuestras ocurrencias provoca algo sorprendente: las escuchamos. Contárselas a alguien es ponerlas a prueba.

Es como cuando tuviste un sueño y te levantás con la idea de que tuviste una revelación espectacular (una idea musical, literaria, una idea para tu vida…), y después se lo contás a alguien y te das cuenta de que fallaba por todos lados. La exigencia sobre esa idea resulta más rigurosa que cuando deambula en tu propio inconsciente.

La conversación es un laboratorio de ideas. Sócrates, cuando quería entender un problema difícil como la virtud, la muerte, la amistad o el amor, no se encerraba a pensar solo: conversaba con alguien y recorría el camino del conocimiento en un juego interactivo. Eso es la buena conversación.

Junto a Jacobo Bergareche, Sigman escribió Amistad, un libro sobre los vínculos que construimos y las historias que compartimos con nuestros amigos. Foto: gentileza Debate / Libros del Asteroide

– ¿Por qué en las primeras charlas entre personas que se conocen terminamos casi siempre en conversaciones estereotipadas sobre los mismos temas?

– En su nuevo libro, Jacobo Bergareche cuenta la historia de un migrante que sale de muy chiquito desde Conakri, Guinea, a Europa. El viaje es una epopeya plagada de tragedia. Y Jacobo contaba que él pudo hablar de esto [con Amadou, el representante de esa historia] porque él también vivió una tragedia (su hermano fue asesinado en África). Se abre una ventana que te permite comunicar.

Te cuento esto porque en general es muy difícil hablar de las cosas relevantes, porque intimidan, son difíciles y tenemos muros construidos alrededor de eso.

Es raro que alguien se junte con otra persona y le pregunte “¿cuáles son las cosas que realmente te afligen?” En un bar se busca un punto de encuentro para romper el hielo de la falta de palabras: “hace mucho que venís por acá” o “hace calor”.

Pero a veces están estos “habilitadores” (como haber compartido algo parecido), y se pasa ese muro de intimidación, vergüenza, falta de hábito o miedo. Y cuando pasás eso, pasás una montaña, y del otro lado hay un valle muy fértil y bello, lleno de cosas que valen la pena. Pero muchas veces uno no hace el esfuerzo de subir esa montaña para llegar del otro lado (por supuesto, la vida sería insoportable si uno hablase todo el tiempo de las cosas más graves y relevantes).

Qué es la memoria narrativa y su relación con la identidad

– Comparás la memoria con una mesa de piezas de Lego. ¿Cómo construimos nuestros recuerdos y por qué cada vez que recordamos algo lo estamos a su vez modificando?

– La materia de una muy buena parte de nuestras memorias es narrativa. Si te pregunto cómo fue un examen, evocás tu memoria y contás. Al contar elegís lo que querés contar. Es parecido a contar una película: cien personas salen de ver la misma película y cada una cuenta un recuerdo distinto. Es como si esa película fuéramos nosotros mismos: uno va armando un relato. Después de que contás la película cien veces, ya no te acordás si lo que estás contando fue lo que viste, o lo que fuiste contando.

Así funciona el cerebro: las memorias son un entramado de conexiones neuronales (esos Legos que decías) que conectan emociones, elementos narrativos, perceptuales y motrices. Todo eso forma un episodio, y ese episodio es una historia, ya que la cuenta en palabras. La traducción de todo ese episodio es la narrativa.

Cada vez que el cerebro evoca una memoria, esta se vuelve lábil y vulnerable: las sinapsis que la forman pueden cambiar. Eso representa una oportunidad enorme para trabajar -por ejemplo- memorias traumáticas en terapia. Cuando la memoria se evoca, el sustrato se vuelve maleable. Y la vamos cambiando al contarla.

Sigman fue uno de los directores del Human Brain Project, una iniciativa europea dedicada al estudio del cerebro. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

– ¿Por qué cambia la forma en que narramos nuestra propia historia a medida que pasa el tiempo, y cómo se construye la identidad?

– Lo primero que es interesante es esta idea de la identidad: ¿quién es uno o una? Porque es un constructo raro: por un lado, parece muy evidente y muy estable (“yo soy yo”), pero después uno puede preguntarse “¿vos sos vos como la que a la noche se pone la alarma para levantarse a las 7 de la mañana porque quiere salir a correr una hora antes de ir a trabajar, o vos sos vos la que cuando suena a las 7 de la mañana apaga el despertador porque está muy cansada?”

Esto aparece en un montón de ideas -en literatura y ciencia-: uno es un consorcio de multitudes, como decía Walt Whitman. Y somos como un movimiento en el gentío, uno se va desplazando: no solo somos muchos, sino que además uno va deambulando en esos lugares.

Hay un experimento que me resulta atractivo: imaginate que perdés toda la memoria. Perdés la identidad, porque olvidás lo que te importa, la gente que querés, lo que te gusta, las cosas por las que darías la vida, las cosas que te conmovieron, las lecturas que querrías que tus hijos lean, las cosas que te arrepentiste de no haber hecho… Cada una de esas cosas es una memoria guardada que define quiénes somos.

Y si te dejaran llamar a una sola persona para que te recuerde quién sos, ¿a quién llamarías? Te das cuenta de que es muy distinto si llamás a tu mamá, a tu hermana o a una amiga, porque cada una de ellas conserva una parte de la multitud.

Lo interesante es entender que uno es muchos al mismo tiempo y que, de esos muchos, algunos se expresan más a la mañana, otros a la noche, otros más con Ana, otros se expresan más con Pedro… Cada uno tiene distintos nichos expresivos. Y nosotros somos ese conglomerado.

Hoy hay una especie de aspiración -que a mí me parece completamente innecesaria- de tener mucha más coherencia en ese conglomerado. O sea, yo creo que la identidad es justamente contradictoria. Como Whitman, “me contradigo, contengo multitudes”. No hay nada de malo en tener cierta contradicción, no tener convicciones tan claras, a veces dudar, a veces pensar las cosas de una manera, más tarde quizás pensar que puede ser otra manera, y después poder volver. Hay un ejercicio crítico en esa maleabilidad de la identidad.

– ¿Y en cuanto al paso del tiempo?

– Y en medio de ese conglomerado de quien uno es, aparecen ideaciones que muchas veces se proyectan en el tiempo. Porque hay algo interesante que es quién uno querría ser: uno tiene esa cosa de que se promete que en el futuro va a ser algo, o muchas veces uno no quiere avergonzar a su pasado. Entonces, esa identidad muchas veces se esparce en el tiempo, y tenemos como una especie de “pacto” con nuestro futuro y con nuestro pasado. Y en ese pacto aparecen todo tipo de transacciones y distorsiones, que son las que vos te referís.

A veces aparece alguien que está muy agarrado al que fue (como uno que está enamorado de cuando podía correr tan rápido, o tenía energía para hacer algo) y uno empieza como a vivir de su pasado. Y a veces pasa lo contrario, que uno puede estar como celoso de su pasado.

Hay tanta disociación a veces y se dan estos esfuerzos, que yo creo que son buenos esfuerzos. Hay algo que es muy difícil de definir, pero fácil de entender que es lo que me gusta referirme como el “Yo aspiracional”, que es quien uno realmente quiere ser, esa proyección al futuro. Creo que nadie quiere ser una mala persona deliberadamente, ser un cobarde frente a sus amigos, pasar catorce horas frente a la pantalla viendo TikTok, o comer cosas que le hagan muy mal. Ahí se observa el conflicto entre la vida que uno anhela y las fuerzas como la pereza, la vanidad… Casi como los pecados capitales.

Mariano Sigman se presentará con El poder de las palabras el 19 de octubre a las 20 horas en el Teatro Metropolitan (entradas por Plateanet).

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fuente: CLARIN

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