
Desde su casa en Córdoba, María Teresa Andruetto levanta la mano y saluda a través de la pantalla. Detrás de ella solo se ven libros en la biblioteca y, además de sus cálidas palabras, se escuchan pajaritos. Está contenta porque la Universidad de Cuyo le dará un Doctorado Honoris Causa por su literatura y está presentando sus nuevos libros Leer y Resistir (Letra Sudaca) y ¡Mujeres, mierda! (Ediciones Comisura).

Pero también porque vendrá a Buenos Aires el 21 de septiembre a leer en el Malba, en el marco de la Fiesta de la Lectura por los 25 años del Museo. Su conferencia se llama “Lectura y resistencia: pensar, derecho de todos”. Sobre este tema habló en entrevista con Clarín.
–En tus libros recientes, Leer y resistir y ¡Mujeres, mierda! abordás con mucha fuerza la cuestión del pensamiento crítico frente a las tecnologías. ¿Por qué considerás que hoy el “derecho a pensar” está en peligro?
–Me parece que ese está siendo hoy uno de los problemas mayores que tenemos para pensar la realidad y el contexto. Hay una falta de pensamiento crítico que nos lleva a la delegación en otros: no solo en las redes y en la virtualidad, sino también en la inteligencia artificial y en otros que decidan por nosotros, ahorrándonos el esfuerzo de pensar y de relacionar, en contra de nuestros propios beneficios, intereses y condiciones. Y eso también es muy fuerte para mí en relación con la docencia. Creo que el lugar de un maestro, de un profesor, de una persona que influye sobre los otros, con su saber, con su recorrido previo, con su experiencia no es un simple vehículo del saber o del entender de otros, sino que nos ayuda a detenernos a pensar. Y creo que esa es una de nuestras faltas más grandes, algo que se va deteriorando cada vez más. Lo noto también en la cuestión periodística, en re difundir lo que otros dicen en lugar buscar la información. Encuentro mucha pereza intelectual en distintos ámbitos. Y un poco contra eso es el texto del derecho a pensar. Mucho antes había escrito uno sobre el derecho a leer, pero ahora me parece más necesario el derecho a pensar.
–También retomas un concepto de Flavia Costa que es el de sedentarismo cognitivo.
–Con la IA yo solamente puedo ver lo que sucede en relación con las cuestiones creativas, y pienso que por qué escribe uno, por qué leemos. Hay un disfrute en ese pensar, en ese esfuerzo, en ese sentir la escritura como un ponerse en cuestión, todo un trabajo para lograr que de alguna forma la lengua alumbre algo. Creo que corremos el riesgo de ir perdiendo la conciencia sobre el contexto en el que uno ha vivido, la relación de cada uno de nosotros con nuestra sociedad, con nuestro entorno, con nuestra geografía. Y también está en riesgo el placer que da la lectura, el detenerse porque hay algo en todo esto que tiene que ver con la velocidad. La lectura da la posibilidad de detenernos en algo para conocerlo un poco más, para mirarlo con más atención y la IA lo que hace es darle una velocidad tan grande a ese intento de acceder a algún conocimiento, que se pierde toda hondura, toda profundidad. Hay una frase de Yorgos Seferis que a mí me gusta mucho que dice, `si quieres mejores resultados, prueba cavando en el mismo sitio‘’. ¿Qué es escribir un cuento, por ejemplo? Es detenerse muchísimo en detalles, dejar que pase el día y que al otro día aparezca un detalle nuevo, una revisión, una corrección, lo mismo para un poema, como un elogio de la lentitud también.
–Otra de las cuestiones que planteas en el libro Leer y resistir es que a menudo nos preguntamos qué podemos hacer con la tecnología y no lo que la tecnología hace con nosotros.
–Sí, y también esto tiene que ver con el derecho a pensar: ¿qué de lo que hay en la tecnología a nosotros nos interesa o nos conviene o nos ayuda? No toda la oferta del mundo es buena para nosotros, no todos los conocimientos que aparecen nos sirven y no tienen por qué interesarnos. Podemos detenernos en algunos, podemos elegir otros. Y en este tema me gusta lo que Rancière decía sobre la inteligencia verdadera, para él era la que nos permite relacionar una cosa con otra. ¿Eso que se nos ofrece, con lo que se nos quiere tentar, se relaciona con algo que nosotros necesitamos, que deseamos? Creo que sería una buena pregunta.
–¿En ese sentido retomás al Maestro ignorante de Jacques Rancière y la importancia de la educación?
–La escuela es el lugar más igualitario que tenemos porque por ahí pasamos todos; sobre todo por la escuela pública, pero también por la escuela privada, es un lugar social, que se construye con los otros, con nuestra presencia concreta, humana, no virtual. La escuela es el lugar donde podemos dedicarnos a pensar algunas cuestiones, a relacionar otras y a tener una relación más lenta, más demorada con algunos asuntos.

–En los dos libros te detenés a pensar el contexto en el que escribió Andersen, por ejemplo y cómo un cuento tan clásico como La vendedora de fósforos desnuda una realidad social totalmente desigual y decís que “la literatura es un modo de masticar los dolores de los pueblos”, ¿podrías contarnos sobre eso?
–La palabra, la literatura y también los relatos en todas sus formas son sanadores en el sentido de que nos permiten elaborar, masticar, revisar los dolores humanos, los propios y los de los otros y los de la sociedad de la que somos parte.
–En ¡Mujeres, mierda!, recuperás historias de lucha y de dolor como las de Milagro Sala, Olga Aredes, entre otras.
–Algunas de ellas son conocidas, pero no se conocen ciertos ángulos suyos, y en otros casos no son tan conocidas o no son conocidas aquí y sí en otros lugares. Son mujeres que a lo mejor en sus pueblos, en sus países sí han tenido un lugar importante, pero aquí no lo han tenido o lo han perdido. Son mujeres que representan de algún modo una etnia, una época, una condición de salud o social y demás, como el tema de la locura o de la disidencia o la pobreza. Por ejemplo, una mujer negra de la que se piensa que no puede hacer música clásica o una mujer indígena cuyos huesos no regresan o tardan décadas o siglos en regresar a su comunidad y se le quita el derecho a estar en su lugar.
–¿Y por qué pensaste ese título?
–Creo que se explica en el último de los textos, en la frase que el personaje de Las palmeras salvajes dice en la novela de Faulkner, que sería muchas cosas, mujeres, mierda, según como uno lo diga: podría ser, mierda, qué mujeres, o, desde el machismo y el patriarcado: qué mierda de mujeres. Podría haber muchas maneras de decirlo. Y también la palabra mujeres, según el tono, según la entonación, podría significar tantísimas cosas.
–Venís a leer al Malba en su reconocida actividad, ¿ves un aumento de las rondas de lectura en estos tiempos?
–Completamente, me parece que son modos de resistencia a esa avalancha de virtualidad. Las lecturas colectivas y los clubes de lectura se han multiplicado a lo largo y ancho del país, pero también hay encuentros de grupos de amigas, sobre todo mujeres que se proponen una serie de lecturas y se juntan una vez al mes o dos a compartir. Hay además, talleres de escritura, lecturas en bares, una cantidad de situaciones en las que se pone el cuerpo junto con la voz, en la lectura, en las palabras. Es muy alentador eso y yo lo siento como una red subterránea que sostiene muchas cosas en el cotidiano, sobre todo en medio de tanta cosa dura, difícil del vivir del día a día.

–Un poco lo decís ahí en estos dos libros, la literatura no cambia el mundo, pero lo hace más lindo, ¿no?
–Ayuda en esa idea de no proponerse ayudar especialmente sino de generar un espacio de encuentro con uno mismo o con otros a través de las palabras que han acompañado a la humanidad a lo largo de milenios y que satisfacen alguna necesidad muy profunda porque ahí donde empieza, donde nace una comunidad, nace un relato a través del cual esa comunidad se cuenta a sí misma quién es, para que está, de dónde viene. Los relatos existen desde el comienzo de los tiempos.
- Nació en Arroyo Cabral y se crio en Oliva, Córdoba. Es hija de inmigrantes italianos (piamonteses).
- Es la primera escritora argentina y en lengua española en ganar el premio Hans Christian Andersen (2012). Se licenció en Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba. Buenos Aires en 1975.
- Cofundadora de CEDILIJ, donde trabajó durante una década como parte del equipo docente y ejecutivo.
- Publicó novelas (Tama, La mujer en cuestión, Lengua madre, Los manchados, Aldao), cuentos (Cacería y No a mucha gente le gusta esta tranquilidad), ensayos (Hacia una literatura sin adjetivos y La lectura, otra revolución), crónicas (Extraño oficio), poesía (Pavese/Kodak, Beatriz, Sueño americano y Cleofé, incluidos en Poesía reunida), libros álbum (Clara y el hombre en la ventana, Había una vez, La durmiente, El vestido) y numerosos libros para jóvenes lectores, como Stefano, La niña, el corazón y la casa, El anillo encantado, El país de Juan y Selene.
Leer y Resistir (Letra Sudaca) y ¡Mujeres, mierda! (Ediciones Comisura), de María Teresa Andruetto
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