
-¿Podría resumir de manera clara qué es esto de demorar el avance de las demencias (entre ellas, el Alzheimer) con estrategias no-farmacológicas?
-En este momento no podemos concluir que las conductas planteadas en el programa LatAm-FINGERS (N. de la R.: alimentación saludable, actividad física, control de riesgo cardiovascular, estimulación cognitiva y socialización) retrasen la demencia, pero constituyen el primer paso. En adultos mayores de edad con alto riesgo de demencia, no sólo hemos mejorado su cognición sino que la hemos mantenido por dos años. A largo plazo, es lógico entender que un cerebro más protegido tenga mayor resiliencia contra cambios cerebrales que causan síntomas de deterioro cognitivo leve; precisamente, el antecedente de un diagnóstico de demencia.
-Un problema frecuente en cualquier tratamiento de salud es la adherencia: que el paciente no abandone. Seguramente, sostener mejoras en los hábitos de vida, como estimula el estudio FINGERS, sea especialmente difícil. ¿Qué recomiendan frente a esto?
-El efecto de la intervención social en quienes participaron de la propuesta definitivamente ayudó a la adherencia, pero, también, el seguimiento de cuatro años que estamos financiando desde la Alzheimers Association (AA). Veremos si la adherencia ayuda y contribuye a sostener el beneficio a largo plazo, algo que hay que terminar de investigar.
-Debe ser más difícil lograr un cambio de estilo de vida en los que, por razones socioculturales o económicas (entre otras) fueron criados en hogares que no propiciaron comer sano o hacer actividad física, por ejemplo. Tampoco debe ayudar la dificultad del médico para “vender” una mejora cognitiva real, si los efectos son algo inciertos o, al menos, no a corto plazo. ¿Cómo se lidia con todo eso? Me pregunto si las campañas oficiales ligadas a estos hábitos son útiles.
-En Estados Unidos calculamos que estos cambios de estilo de vida no sólo mejoran los riesgos individuales ligados a los niveles de azúcar en sangre, presión arterial, colesterol o peso. Aun cuando en el estudio que hicimos “ganó” el grupo de intervención más intensa, que consiguió mejoras de por lo menos dos a tres años de salud cerebral, los dos grupos estudiados mostraron cambios positivos (N. de la R.: uno recibió información y estímulo para mejorar los hábitos mencionados arriba; el otro debió seguir pautas más estructuradas).
-¿Y en América latina?
Fue igual. Sin embargo, aun cuando el grupo que siguió las pautas con mayor intensidad logró una cognición superior a cuando había empezado, el grupo “flexible” también tuvo mejoras en la memoria y la cognición. Como latina me preocupa que los hallazgos de Estados Unidos no se traduzcan por ahora en cómo vivimos y comemos -por ejemplo- los mexicano-estadounidenses. ¿Cómo no vamos a entender que cambios pequeños -adaptados a la cultura de cada hogar- nos podrían dar buenos resultados? Los profesionales de la salud podrían convencer al paciente usando estos argumentos. Salud del corazón es igual a salud general, y se reduce el riesgo de mortalidad. Lo mismo, la salud del cerebro: baja el riesgo de deterioro cognitivo leve que precede al diagnóstico de demencia. ¿Quién no quiere un corazón más joven? ¿Y un cerebro más joven?
-Siempre se habló del Alzheimer como una enfermedad para la que prácticamente no había tratamientos que cambiaran el curso degenerativo. ¿Hasta qué punto se está viendo un punto de inflexión?
-Hay que distinguir Alzheimer de la demencia vascular. Las dos generan efectos neurodegenerativos, pero mientras la primera se asocia a la acumulación anormal de proteínas beta-amiloide entre las neuronas y de proteína tau dentro de ellas, la última se relaciona con enfermedades vasculares como hipertensión, colesterol o diabetes. En nuestra gente, tanto en Estados Unidos como en América latina observamos menor riesgo de Alzheimer, pero hay más propensión a tener demencia vascular. Y es por el tipo de alimentación. A los mexicanos, la diabetes nos mata. Y creería que en el resto de la región es parecido. Es una condición prevenible. En Argentina, el 59,6% de los casos de demencia son evitables.

-¿Qué debería hacer un país como este para que más personas mejoren su vida en esa dirección?
-Consumir más aguacate (palta), que tiene muchos antioxidantes y, si bien tiene grasa, ofrece omega, un componente muy bueno. En algunos países cambiaron el arroz por quínoa, que es mejor. Algunas frutas son más saludables que otras. Hay muchas guías de las que se conocen como MIND diets (alimentación de estilo mediterránea que retrasan la neurodegeneración). Son pequeños cambios que pueden dar buenos resultados. En Estados Unidos además tenemos la opción de ir a gimnasios baratos, como los de la (Asociación Cristiana de Jóvenes) YMCA. Pero en América latina no existen.
-Como en buena parte del mundo, Argentina hoy combina una fuerte caída de la natalidad con una población adulta más longeva. ¿Qué debería estar haciendo un país como este para prepararse para los próximos 20 o 30 años en materia de salud?
-Según me dicen personas de FLENI o mismo Facundo Manes, lo que observo es que sí ha habido interés: se han creado planes nacionales contra el Alzheimer, pero lo que falta es apoyo financiero. No hay apoyo financiero, incluso modesto, como para darles a los centros de salud, a los municipios o comunidades metropolitanas, nacionales o provinciales, el aliento para moverse a pensar en la salud cerebral. No hay financiamiento. Sin eso, ahí queda todo, juntando polvo. Eso falta. En el resto de América también. No entienden, como sí pasa en Australia, Estados Unidos, Canadá o los países asiáticos, que hay que financiar la investigación científica. Acá no existe eso. Son muy pocas las investigaciones.
-¿Cómo se ligan el desfinanciamiento a la ciencia con la salud futura y el mayor número de adultos mayores?
-En Estados Unidos, nuestro plan tenía tres claves. La primera era la investigación, pero de largo plazo, con un seguimiento anual. Porque en ciencia, cada pregunta te lleva a otras diez, así que nada dura un año. La segunda tenía que ver con el apoyo público del gobierno para informarle al público los recursos disponibles cuando tienen la enfermedad, además de información sobre cómo prevenir o demorar la demencia, bajar sus riesgos. La tercera es apoyo a las personas que ya tienen Alzheimer, porque en Estados Unidos no hay apoyo para los pacientes. La gente rica tiene las posibilidades de contratar un seguro para tener cuidadores en la casa, pero en Latinoamérica no existe eso y las familias se matan por cubrir esa falta. Se requiere ayuda las 24 horas por día, siete días a la semana. Esas tres cosas son necesarias. Si no respetas la investigación, ¡¿cómo vas a respetar lo resultados de las investigaciones?! Nosotros en la AA somos los mayores financiadores y somos una organización sin fines de lucro. Estos gobiernos no apoyan a sus propios ciudadanos. Estoy en shock. Me quedo anonadada ante la falta de apoyo a la investigación.
-Hay nuevas opciones farmacológicas interesantes, pero son tratamientos costosos, mayormente destinadas a pacientes en etapas tempranas de la enfermedad. Parece que estamos frente a una medicina con dos varas: una para quienes pueden acceder al diagnóstico temprano y los medicamentos y otra para los que no. ¿Qué opina?
-Siempre que encontramos un tratamiento para una enfermedad frecuente se genera una inequidad inmediata. No es nuevo; pasa con el cáncer también, por ejemplo.
-¿Y entonces?
-Es una cuestión de tiempo. Va a cambiar porque mejora la tecnología y cambia la presentación. De infusión sanguínea quizás se cambia a comprimido o autoinyector, una opción buenísima. Hay modelos que buscan lograr que los medicamentos tengan más actividades. Y tenemos pruebas en sangre que de a poco van logrando diagnósticos más accesibles, más rápidamente. Pero todavía estamos donde estaba el cáncer hace años.

-¿O sea que se tiene que popularizar la tecnología para que los remedios sean más baratos?
-Exacto. Pero ahora la inequidad es increíble.
-Juguemos a que es ministra de salud. En un país como la Argentina, con recursos sanitarios limitados y acceso desigual, ¿dónde pondría la prioridad? ¿Financiaría la ciencia? ¿La producción de nuevos medicamentos? ¿Mejoraría el diagnóstico temprano? ¿Formaría más especialistas? ¿Fortalecería los hospitales?
-Haría dos cosas: difundir los resultados que estamos conociendo y colaborar con agencias de salud pública y gobiernos. Nosotros estamos invirtiendo en Estados Unidos, pero no podemos entrar a Argentina y decir “ahora tienen que hacer esto”. Argentina tiene que generar liderazgo para los argentinos. Esto, sin contar que vamos a lanzar un estudio clínico con Argentina y otros países: el PROTECT-Cog, de Prevención del Riesgo de Deterioro Cognitivo Mediante Terapia Combinada. Estudiaremos a 4.000 personas a nivel global. Seguiremos ciertos comportamientos de un modo más light, menos intensivamente. Y vamos a incluir un medicamento metabólico. La idea será evaluar si la combinación de una intervención multidominio en el estilo de vida (cuya eficacia ya demostró el LatAm-FINGERS) sumando ahora un fármaco dirigido al metabolismo (como un agonista de GLP-1) puede reducir aún más el riesgo de deterioro cognitivo, deterioro cognitivo leve y la demencia en adultos mayores con riesgo. Nuestra asociación se comprometió con u$s100 millones para lanzarlo y vamos a buscar financiamiento del Gobierno de Estados Unidos. La idea es colaborar con la industria para que nos dé el medicamento y el placebo.
-Más allá del fármaco, los voluntarios tendrán que cambiar muchos hábitos. ¿Hasta qué punto diría que la gente puede y quiere modificar su estilo de vida?
-Lo que debe mejorar es la accesibilidad. No hay resistencia cuando uno explica con claridad y le hace las cosas fáciles a la persona. Si te acompaño, es diferente.
Ciencia y herencia: un corazón chicano para entender la memoria
María Carrillo está llena de contrastes. También, de credenciales, diplomas y títulos en organizaciones de la salud. Por su trayectoria y como líder de la Alzheimer’s Association, se erigió como referente en el ámbito de las neurociencias y el estudio de las demencias. Pero de repente agarra y tira que su madre fue una monja inmigrante mexicana que en su paso por Estados Unidos conoció a otro mexicano -el padre de Carrillo- y que se terminaron casando. Él, siete años menor que ella, venía de un hogar modesto. El tiempo pasó. Carrillo tiene ahora cuatro hijos que de a poco se van doctorando. Dos son neurocientíficos. Y tiene, hace 34 años, un marido que, sin poder ella saberlo cuando eligió su profesión, heredó justo eso a lo que ella se dedica: Alzheimer.
Carrillo es estadounidense de tonada firmemente mexicana. El intercambio post-entrevista revela un teclado sin ñ ni tildes a mano. Viene de un mundo chico, humilde, con valores grandes, que a la distancia recuerda muchas historias posibles signadas por la dificultad y la resiliencia. El mundo que -sugiere ella sin querer- valora lo importante.
Se le pregunta por películas o series favoritas. No tiene, no mira. Por libros favoritos. Lee demasiados, no puede elegir. Se le pregunta por un recuerdo. Sabe cuál: “Mi mamá fue una mujer súper fuerte. Fue misionera franciscana; monja por 16 años en México. Se casó a una edad mayor de lo común en ese tiempo, especialmente en México, y de hecho pensaba ella que se iba a quedar soltera. En una visita a los Estados Unidos conoció a mi padre en una iglesia en Chicago. Él era siete años menor, de familia modesta. Un recuerdo que me encanta es que mi padre no podía leer en inglés y cuando le di yo de pequeña un libro para que me lo leyera, se le cerró el mundo. Le preguntó a mi mamá, ‘¿cómo le leo este libro?‘ Ella, muy creativa e ingeniosa, le dijo: ‘La niña no sabe leer. Invéntale una historia de acuerdo a las ilustraciones‘ (risas)”.
Un minuto después, la niña del padre que no podía leer un cuento salta decenas de capítulos y narra lo difícil de convencer a los referentes sanitarios de una docena de países latinos para que se pongan de acuerdo en un proyecto ambicioso: el mayor estudio regional dedicado a demencia. Es fácil imaginarla en pose de madre enojada: “La primera propuesta que recibí eran doce propuestas distintas. ¡No sabían comportarse como un consorcio! La idea era tener un único centro. No íbamos a mandar doce becas”.
Para eso debió dar varios saltos profesionales: “Estudié psicología experimental, que hace experimentos con animales. Ahí me enamoré de lo que hoy es la neurociencia. No sé si has visto un cerebro humano o animal, pero ¡es un pedazo de tejido! ¿Cómo es que representa una persona? ¿Cómo se recuerda? Es fascinante”. Cuando se enfocó en la memoria, “para lo cual es útil estudiarla cuando falla”, se quedó con el Alzheimer.
De su pasado sale una fuerte sensibilidad social: “El mundo latino me es muy personal y por eso apoyo mucho la investigación en la región”. De su presente, el temor por un futuro tan prometedor como pedregoso: “Conocí a mi marido a los 18. No sabíamos que iba a tener esta herencia. Su mamá murió de Alzheimer y fue la tercera de la familia entre cuatro que murieron por esto. Nos preocupa la genética del Alzheimer y el posible efecto sobre, claro, mi marido y sus hermanos. Pero a mí más que nada me preocupan mis hijos. La herencia que les hemos dejado”.
Itinerario
María Carrillo es directora científica y responsable de asuntos médicos de la Alzheimer’s Association, la mayor ONG global dedicada al tema. Se formó en psicología experimental (Universidad de Illinois), se doctoró en neurociencias (Universidad Northwestern) y completó una estancia postdoctoral centrada en Alzheimer en la Universidad Rush, Chicago. Integra los consejos directivos del Global Brain Health Institute y de la GHR Foundation. Entre otros, es coinvestigadora del estudio U.S. POINTER y brindó un apoyo crucial en iniciativas regionales como el proyecto LatAm-FINGERS.
Al toque
Un líder: el Santo Padre León XIV
Un prócer: Barack Obama (expresidente de EE.UU.)
Un libro: leo todos los días muchos libros. Difícil escoger uno solo.
Una película: no veo muchas.
Una serie: no veo tele.
Un equipo: la selección mexicana.
Una comida: mole poblano.
Una bebida: vino tinto.
Un lugar: Egipto.
Una pasión: el cerebro.
Un logro: el estudio US POINTER.
Una meta: concretar el proyecto PROTECT-Cog, de Prevención del Riesgo de Deterioro Cognitivo Mediante Terapia Combinada.
PS
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