
El cultivo de maíz fue prácticamente inexistente en la Patagonia, fundamentalmente por la escasez de lluvia. El promedio de 190 mm anuales apenas cubre un tercio de lo que se necesita para que este cereal se desarrolle.
Pero ahora hay una revolución incipiente de este cultivo de la mano de una revalorización del riego, que está permitiendo promedios de rinde que duplican los promedios de la Pampa Húmeda en secano. Cada hectárea del maíz norpatagónico oscila en torno a los 140 quintales por hectárea y ha habido picos de 200 qq/ha (20 toneladas).

El legado maravilloso de los sistemas de riego ideados por Césare Cipolletti, el ingeniero hidráulico romano que primero desarrolló las obras de riego en Mendoza y luego le dio vida al valle del Río Negro, se destinó aquí durante décadas a la fruticultura: las peras y manzanas son el sello de esta región. Pero ahora se está diversificando virtuosamente la matriz productiva, con rotaciones que incluyen a las hortalizas, y los forrajes conservados.
De hecho, la alfalfa bajo riego está permitiendo transformar campos que albergaban una vaca por hectárea a planteos intensivos, con integración de pasturas y granos, que multiplican por 100 la producción ganadera: de 10 kilos de carne por hectárea llegan a 1.000 kg/ha, y hay proyectos, como el de Establecimiento Don Manuel, de Nicolás García. Cuando este pionero regional de 41 años estudiaba en Río Cuarto, hace 20 años, conoció los incipientes desarrollos del productor Martín Pasman sobre riego. Hoy García y Pasman retroalimentan experiencias, en distintos tramos del Valle, y van por más.
Algo similar, también de singular envergadura, está impulsando Francisco Pili, par generacional de García, que convenció a su familia -dedicada a los materiales de construcción- sobre las posibilidades de diversificarse en lo agropecuario. Hoy es un referente de la integración entre alfalfa, maíz –ambos bajo riego- con feedlot y venta de carne a matarifes.

Clarín Rural les preguntó a ese grupo de productores, que juegan en equipo compartiendo información, ¿por qué no lo hicieron antes?.
Los productores, jóvenes y veteranos, de mayor o menor escala, coinciden en que la clave fue ir ajustando las tecnología de procesos: ensayo y error, desde la genética y el mejoramiento hasta las fechas y ciclos de madurez y dosis de insumos. En definitiva, manejo agronómico, apoyándose en la articulación a través de CREA, Aapresid, y el INTA
Visto en un contexto más amplio, el fenómeno no fue mágico ni tampoco se dio de un día para otro. Los tiempos cambian y las circunstancias ahora son diferentes, pero también hay que ponderar el apoyo en obras y financiamiento público y privado.

Un paso clave fue el acuerdo de cooperación firmado hace un año por la provincia de Río Negro con Maizar (la asociación de la cadena del maíz y el sorgo argentino), cuyo presidente Federico Zerboni y el coordinador general de la entidad, Julián Martínez Quijano, bastonearon el vínculo con Lucio Reinoso, un ingeniero ex INTA y profesor universitario que ahora como secretario de Agricultura convenció al gobernador Alberto Wereltineck sobre la potencialidad agrícola de la Norpatagonia.
Así llegaron a la 1° Reunión de Maíz Bajo Riego en la Norpatagonia, que colmó un salón para 200 personas, reflejó del interés creciente que el cultivo está teniendo en los valles: el Alto, el Medio y el Inferior tienen sus particularidades, y cada productor tiene su modelo, pero las 23.000 hectáreas actuales irrigadas con maíz en Río Negro son parte de un potencial de un millón de hectáreas que amplía la frontera productiva de la Argentina, y los protagonistas creen que en pocos años será una región agrícola más del país
Otro actor clave es el ingeniero Luis Bertoia, coordinador del Comité de Forrajes de Maizar, que ha evaluado e impulsado este desarrollo, convencido de que esta región presenta condiciones ambientales ideales para el cultivo de maíz. Es uno, como Pasman y otros, que lo compara con el ambiente del Corn Belt.
Además de la disponibilidad hídrica determinante, Bertoia cita como ventajas cruciales la mayor radiación interceptada en días de hasta 18 horas de luz durante el ciclo, y la amplitud térmica: días cálidos y noches frescas que favorecen la eficiencia fisiológica del cultivo.

Eso está asociado también a las bajas temperaturas invernales y la baja humedad relativa, que actúan como regulador sanitario natural para una menor incidencia de plagas y enfermedades.
Por supuesto que también contempla limitantes, pero los escasos nubarrones en el horizonte se despejan al analizar el precio de la tierra. “Aun considerando inversiones iniciales importantes, el valor por hectárea continúa siendo aproximadamente un cuarto del observado en las principales regiones maiceras de secano del norte bonaerense, sur de Córdoba y Santa Fe”, expone Bertoia.
El precio de la tierra y las mejoras
Y afirma que comparado con la zona núcleo, en la Norpatagonia, “con inversiones similares puede accederse a mayor superficie y menor riesgo productivo”. En Río Negro, en campos sin mejoras (vírgenes), los valores varían entre US$500 y US$800 por hectárea. Ponerlo en producción, con nivelación y riego, requiere una inversión para agricultura de entre US$3.500 y US$4.500.
Los rendimientos son comparables (incluso superiores) con mayor seguridad de cosecha al no depender de las precipitaciones. Este potencial puede extenderse al resto de la Patagonia, con ajustes regionales, pero sin perder sus ventajas estructurales.

Zerboni no solo brindó el apoyo institucional de la cadena maicera. Quedó sorprendido por el nivel tecnológico e incluso admirado por la integración de planteos muy aceitados para agregar valor progresivamente.
Esa bocanada de aliento entusiasmó a Carlos Banacloy, ministro provincial de Desarrollo Económico y Productivo, que participó activamente durante toda la jornada y alentó a su comprovincianos a avanzar con fuerza.
La Vaca Muerta y la Vaca Viva
Otro de los destacados participantes de la reunión fue el neuquino Pablo Cervi, referente agroindustrial de peras y manzanas que hoy es senador nacional por La Libertad Avanza, quien destacó que la amortización acelerada que el RIMI prevé para los equipos de riego, es una gran oportunidad. Y propugna que la energía que se produce en la región se pueda utilizar a valores más accesibles para el desarrollo agropecuario de la Patagonia.
En esta parte de la Argentina donde los salarios relacionados a Vaca Muerta captan los mejores recursos, la agroindustria se reinventa con la Vaca Viva y busca avanzar sin antagonismos.
Hay un incipiente vínculo virtuoso entre la Vaca Muerta y la Vaca Viva. La energía de una terminaría en una producción de carne inédita en una región que históricamente se abasteció de otras provincias y ahora podría no solo autoabastecerse sino ser una gran exportadora de carne, con la ventaja de tener la certificación libre de aftosa sin vacunación.
La bioeconomía todavía puede crecer mucho más con la energía que surge del subsuelo, generando mejores rindes en el suelo, para terminar agregndo valor y empleo en uno de los tantos vergeles de la Argentina federal que vuelve a tener oportunidades, de la mano de la naturaleza manejada por recursos humanos calificados.
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