LOS PERROS LADRAN, SANCHO – Identidad Correntina

La inteligencia artificial vuelve a sacudir al periodismo. Quizás antes de discutir si debemos temerle, combatirla o utilizarla convendría formular una pregunta mucho más antigua: ¿qué buscamos los periodistas? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Prestigio? ¿O averiguar, comprender y compartir información con opinión y fundamento?

Editorial | Identidadcorrentina

Hay una vieja frase que casi todos conocemos:

“Los perros ladran, Sancho. Señal que cabalgamos.”

Se la atribuimos alegremente a Cervantes.

La repetimos durante generaciones.

La utilizamos en discursos, conversaciones y artículos periodísticos.

Hay solamente un pequeño inconveniente.

Cervantes nunca la escribió en El Quijote.

Y quizás no exista mejor manera de comenzar una reflexión sobre el periodismo, la información y la inteligencia artificial.

Porque vivimos rodeados de información.

Pero información y verdad nunca fueron exactamente la misma cosa.

DESDE EL JARDÍN

En 1979, Peter Sellers protagonizó una película extraordinaria: Desde el jardín.

Su personaje, Chance, era un hombre extremadamente simple que había pasado buena parte de su vida cuidando un jardín.

Sabía de plantas.

De raíces.

De estaciones.

De crecimiento.

De poda.

Cuando finalmente salió al mundo y comenzó a relacionarse con personajes importantes, respondió preguntas complejas utilizando aquello que conocía.

El jardín.

Los demás encontraron profundas metáforas políticas y económicas donde quizás solamente había un jardinero hablando de plantas.

La película era una sátira.

Pero casi medio siglo después, algunas de sus metáforas resultan sorprendentemente útiles.

Porque el periodismo también tiene su jardín.

Y durante mucho tiempo discutimos sobre las herramientas mientras olvidábamos preguntarnos qué queríamos cultivar.

LLEGÓ UNA HERRAMIENTA NUEVA

Primero estuvo la imprenta.

Después llegaron las grandes rotativas.

El telégrafo.

La fotografía.

La radio.

La televisión.

Las computadoras.

Internet.

Los buscadores.

Las redes sociales.

Los teléfonos inteligentes.

Y ahora llegó la inteligencia artificial.

Cada transformación produjo entusiasmo.

También miedo.

Puestos de trabajo desaparecieron.

Otros aparecieron.

Empresas gigantescas nacieron.

Otras quedaron en el camino.

Y ahora nuevamente escuchamos advertencias.

La inteligencia artificial destruirá el periodismo.

Los lectores dejarán de entrar a los diarios.

Los buscadores enviarán menos tráfico.

Los chatbots resumirán nuestras noticias.

Las máquinas escribirán artículos.

Probablemente parte de todo eso ocurra.

De hecho, algunas cosas ya están ocurriendo.

Pero quizás estemos mirando solamente la herramienta.

Conviene volver al jardín.

¿QUÉ BUSCAMOS LOS PERIODISTAS?

La pregunta puede resultar incómoda.

¿Plata?

Naturalmente.

Los periodistas también comen.

Tienen familias.

Pagan impuestos.

Las empresas periodísticas tienen empleados, tecnología, electricidad y costos.

Sin recursos económicos no existe independencia sostenible.

Pero si solamente buscáramos dinero existen actividades bastante más rentables que el periodismo.

¿Poder?

También existe.

Siempre existió.

La información proporciona influencia.

Un micrófono proporciona influencia.

Una cámara proporciona influencia.

Una audiencia proporciona influencia.

Y la cercanía con quienes gobiernan, administran dinero o toman decisiones puede proporcionar todavía más.

Pero si el objetivo fundamental fuera conseguir poder, probablemente sería más sencillo dedicarse directamente a la política.

¿Prestigio?

Seguramente también.

Todos tenemos ego.

El periodista no constituye una especie diferente del resto de la humanidad.

Pero ninguna de esas respuestas explica suficientemente por qué debería existir el periodismo.

Quizás exista otra mucho más sencilla.

Buscar información.

Comprobarla.

Intentar comprenderla.

Y después compartirla con nuestros lectores incorporando, cuando corresponde, opinión.

Pero opinión con fundamento.

LA MÁQUINA PUEDE ESCRIBIR

Aquí aparece la inteligencia artificial.

Puede producir textos.

Muchísimos.

En segundos.

Puede resumir documentos.

Comparar estadísticas.

Buscar antecedentes.

Traducir idiomas.

Ordenar información.

Detectar relaciones entre cantidades enormes de datos.

Probablemente mañana pueda hacer cosas que hoy todavía consideramos extraordinarias.

Entonces aparece una pregunta inevitable.

¿Para qué necesitaremos periodistas?

Quizás la respuesta sea brutalmente sencilla.

Porque producir palabras nunca debería haber sido nuestra función fundamental.

Nuestra tarea comienza antes.

¿Qué ocurrió?

¿Quién lo hizo?

¿Por qué?

¿Quién dice la verdad?

¿Qué documento lo demuestra?

¿Qué dato falta?

¿A quién todavía no escuchamos?

¿Qué pregunta nadie hizo?

Una máquina puede procesar millones de documentos.

Pero alguien tuvo que producir esos documentos.

Puede analizar una investigación.

Pero alguien tuvo que investigar.

Puede resumir una entrevista.

Pero alguien tuvo que sentarse frente al protagonista y formular la pregunta.

Puede relacionar hechos conocidos.

Pero cuando algo todavía no fue descubierto, publicado ni documentado, alguien deberá salir a buscarlo.

Allí continúa existiendo el periodista.

EL ERROR FUE CONFUNDIR EL JARDÍN CON LA PALA

Durante años buena parte del periodismo digital construyó su modelo alrededor de plataformas que no controlaba.

Google.

Facebook.

X.

Instagram.

TikTok.

Los algoritmos decidieron crecientemente qué llegaba hasta nuestros lectores.

Aprendimos SEO.

Palabras clave.

Tendencias.

Métricas.

Clics.

Posicionamiento.

Y mientras mirábamos fascinados las estadísticas quizás empezamos a confundir una cosa con otra.

El tráfico no necesariamente es periodismo.

Como tampoco lo es la cantidad de palabras publicadas.

Ni los millones de clics.

Ni aparecer primero en un buscador.

Todo eso puede ser necesario para sostener económicamente un medio.

Pero son herramientas.

La pala sirve para trabajar la tierra.

La pala no decide qué jardín queremos tener.

AHORA LOS PERROS LADRAN

La inteligencia artificial está moviendo el piso.

Muchísimo.

Y es razonable que provoque preocupación.

Hay empleos en riesgo.

Modelos comerciales amenazados.

Problemas de derechos de autor.

Errores.

Alucinaciones.

Manipulación.

Desinformación.

Concentración tecnológica.

Intereses económicos gigantescos.

Nada de eso debería minimizarse.

Mucho menos desde el periodismo.

Nuestra obligación es observar también críticamente a quienes desarrollan y controlan estas tecnologías.

Pero una cosa es analizar los riesgos.

Otra muy distinta es creer que podemos detener la transformación simplemente añorando el mundo anterior.

Ese jardín ya cambió.

La cuestión no consiste en destruir la herramienta.

Consiste en aprender a utilizarla sin permitir que la herramienta termine utilizándonos a nosotros.

VOLVER AL VIEJO PERIODISMO

Paradójicamente, quizás la tecnología más moderna que haya conocido nuestra profesión termine obligándonos a recuperar algunas costumbres muy antiguas.

Salir.

Preguntar.

Escuchar.

Leer.

Contrastar.

Desconfiar.

Consultar documentos.

Tener fuentes.

Conocer el territorio.

Admitir cuando no sabemos.

Rectificar cuando nos equivocamos.

Separar información de propaganda.

Y firmar aquello que estamos dispuestos a sostener.

Eso no es nostalgia.

Eso es periodismo.

La inteligencia artificial podrá ayudarnos.

También podrá complicarnos.

Podrá competir con nosotros.

Seguramente obligará a transformar empresas, redacciones y modelos de negocios.

Pero hay una pregunta que ninguna tecnología puede responder por nosotros.

¿Para qué queremos ser periodistas?

SEÑAL QUE CABALGAMOS

Quizás algunos busquen dinero.

Otros poder.

Otros influencia.

Otros reconocimiento.

Ha ocurrido siempre y continuará ocurriendo.

Pero debería quedar todavía espacio para una aspiración bastante menos grandiosa:

averiguar algo que consideramos importante, tratar honestamente de comprenderlo y compartirlo con los demás.

Información.

Opinión.

Fundamento.

Y una obligación elemental:

no engañar deliberadamente al lector.

Después podremos utilizar una libreta.

Una grabadora.

Una computadora.

Un teléfono.

Un buscador.

O inteligencia artificial.

Son herramientas.

Nada más.

Como en aquel jardín, habrá temporadas buenas y malas.

Habrá que plantar.

Esperar.

Podar.

Arrancar malezas.

A veces tendremos que reconocer que aquello que sembramos no creció como esperábamos.

Y volver a empezar.

Los perros seguirán ladrando.

Siempre ladraron.

El verdadero peligro no es que ladren.

El verdadero peligro sería que, distraídos por el ruido, olvidáramos hacia dónde queremos cabalgar.

Identidadcorrentina

fuente: GOOGLE NEWS

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