
Las llaman las “Siete Magníficas”. Google, Microsoft, Apple, Amazon, Nvidia, Meta y Tesla concentran tecnologías, dinero e información capaces de transformar nuestra vida cotidiana. Pero detrás de la inteligencia artificial aparece algo mucho más antiguo y elemental: energía. El Jagua Arandú mira su monitor transparente y descubre que hasta los gigantes tecnológicos necesitan electricidad para sostener sus poderes.
Por Jagua Arandú | Identidadcorrentina
Cuando era gurí me embelesaban las leyendas guaraníes.
Aquellos relatos tenían seres extraordinarios, misterios, fuerzas de la naturaleza y, detrás de todo eso, enseñanzas.
Después llegaron los clásicos.
Grecia.
Roma.
El Olimpo.
Zeus y su rayo.
Poseidón y los mares.
Hermes llevando mensajes.
Dioses con poderes extraordinarios que intentaban explicar un mundo que los hombres todavía no terminaban de comprender.
Pasaron muchos años.
Muchísimos.
Ahora el Jagua está sentado en el Rancho de la Cambicha, mate cerca y un monitor transparente y táctil adelante.
Y descubre otro Olimpo.
No está sobre una montaña.
Está repartido entre Silicon Valley, enormes centros de datos, fábricas de chips, redes de comunicaciones, satélites, laboratorios y mercados financieros.
Y allí aparecen las llamadas:
Siete Magníficas.
Google.
Microsoft.
Apple.
Amazon.
Nvidia.
Meta.
Tesla.
No son dioses, naturalmente.
Son empresas.
Pero alcanzaron una dimensión económica y tecnológica que merece que intentemos comprender qué están haciendo.
Y hoy me llamó la atención una de ellas.
Google.
LA NUBE NO ES UNA NUBE
Durante años nos acostumbramos a una expresión:
“Está en la nube.”
Parece maravilloso.
Sacamos una fotografía y va a la nube.
Guardamos documentos en la nube.
Miramos películas desde la nube.
Ahora preguntamos algo a la inteligencia artificial y la respuesta parece llegar desde algún lugar misterioso.
Pero resulta que la nube tiene poco de nube.
Tiene edificios.
Servidores.
Chips.
Cables.
Transformadores.
Sistemas de refrigeración.
Agua.
Y, fundamentalmente:
electricidad.
Mucha electricidad.
Ahí comenzó mi curiosidad.
GOOGLE TIENE HAMBRE
Google está desarrollando inteligencia artificial a una velocidad extraordinaria.
Gemini es apenas la parte que nosotros vemos.
Detrás hay enormes centros de datos trabajando permanentemente para entrenar y hacer funcionar esos sistemas.
Y esas máquinas tienen hambre.
No comen ambrosía como los habitantes del viejo Olimpo.
Comen electricidad.
Google informó recientemente que durante 2025 su demanda eléctrica aumentó alrededor de un 37 por ciento.
En un año.
Entonces aparece un problema bastante fácil de comprender.
Podés tener los mejores científicos.
Los mejores chips.
Miles de millones de dólares.
Los mejores modelos de inteligencia artificial.
Pero si no tenés suficiente energía para hacer funcionar todo eso…
tenés un problema.
ENTONCES GOOGLE SALIÓ A BUSCAR ELECTRICIDAD
Y acá la historia comienza a ponerse interesante.
Google está asegurándose enormes cantidades de generación eléctrica mediante acuerdos que incluyen energías renovables, almacenamiento, geotermia y energía nuclear.
Incluso llegó a un acuerdo con Kairos Power para incorporar electricidad proveniente de pequeños reactores nucleares avanzados durante la próxima década.
¿Google construyendo reactores?
No exactamente.
Google no decidió convertirse mañana en una compañía eléctrica.
Está haciendo algo quizá más importante:
asegurarse que habrá electricidad suficiente para alimentar el mundo tecnológico que pretende construir.
Porque la inteligencia artificial puede ser maravillosa.
Pero sin electricidad no funciona.
EL DETALLE QUE MÁS ME SORPRENDIÓ
Hay algo todavía más curioso.
Hasta ahora pensábamos que cuando necesitábamos más electricidad había que aumentar la generación.
Una fábrica necesita energía.
La central la produce.
La red la transporta.
La fábrica consume.
Google está experimentando también con otra posibilidad.
Cuando la red eléctrica está muy exigida, determinadas tareas informáticas pueden disminuir temporalmente o trasladarse hacia otro horario.
Pensemos algo muy sencillo.
Tenemos una enorme cantidad de trabajo informático que realizar.
Una parte debe hacerse inmediatamente.
Pero otra quizás pueda esperar dos horas.
Entonces esperamos.
Cuando existe mayor disponibilidad eléctrica, volvemos a poner las máquinas a trabajar con toda su capacidad.
La inteligencia artificial comienza así a adaptarse también a la disponibilidad de energía.
Esto parece un pequeño detalle técnico.
Puede que no lo sea.
DE REPENTE APARECE TODO LO QUE NO VEÍAMOS
Durante los últimos años escuchamos hablar permanentemente de inteligencia artificial.
ChatGPT.
Gemini.
Nvidia.
Chips.
robots.
Algoritmos.
Pero detrás de esa extraordinaria revolución aparece nuevamente el mundo físico.
Para desarrollar inteligencia artificial hacen falta centros de datos.
Para los centros de datos hacen falta chips.
Para fabricar y conectar todo eso hacen falta minerales y materiales.
Hace falta cobre.
Transformadores.
Líneas eléctricas.
Sistemas de refrigeración.
Agua.
Centrales.
Redes.
Y electricidad.
Muchísima electricidad.
Cuanto más virtual parece nuestro mundo, más cosas absolutamente materiales necesita para funcionar.
LOS NUEVOS HABITANTES DEL OLIMPO
Entonces vuelvo a mirar aquellos nombres.
Google.
Microsoft.
Apple.
Amazon.
Nvidia.
Meta.
Tesla.
Las llaman las Siete Magníficas porque durante estos años se convirtieron en protagonistas extraordinarias de los mercados financieros.
Pero quizás estemos viendo solamente una parte de la historia.
No manejan únicamente dinero.
Están participando en el desarrollo de tecnologías capaces de modificar nuestra manera de trabajar, producir, comunicarnos, transportarnos, informarnos y aprender.
Y algunas comienzan además a involucrarse profundamente en algo todavía más básico:
la infraestructura necesaria para que ese nuevo mundo pueda funcionar.
Eso merece nuestra atención.
No para tenerles miedo.
Tampoco para adorarlas.
Mucho menos para imaginar conspiraciones donde no tenemos pruebas.
Simplemente para tratar de comprender.
LOS DIOSES TAMBIÉN DEPENDÍAN DE ALGO
Las viejas mitologías tenían una enseñanza interesante.
Hasta los dioses tenían límites.
Dependían de determinadas fuerzas.
Tenían conflictos.
Competían.
Necesitaban aliados.
Y podían equivocarse.
Las grandes empresas tecnológicas tampoco son omnipotentes.
Compiten ferozmente entre ellas.
Dependen de gobiernos.
De mercados.
De recursos naturales.
De proveedores.
De trabajadores.
De regulaciones.
Y ahora descubrimos que también dependen de algo que nuestros abuelos comprendían perfectamente cuando encendían una lamparita:
que llegue la electricidad.
Quizás por eso esta mañana el Jagua sonríe frente a su monitor transparente.
Pasamos de las leyendas guaraníes al Olimpo.
Del Olimpo a la máquina de vapor.
De allí a la electricidad.
Después llegaron las computadoras.
Internet.
Los teléfonos inteligentes.
Y ahora la inteligencia artificial.
Parece que estamos entrando en un mundo completamente nuevo.
Pero cuando uno empieza a levantar las alfombras encuentra nuevamente algunas cosas bastante conocidas.
Cables.
Cobre.
Agua.
Máquinas.
Centrales eléctricas.
Y seres humanos tratando de conseguir suficiente energía para hacer funcionar sus inventos.
El Jagua toma otro mate.
Mira nuevamente la pantalla.
Y piensa:
—Mirá vos. Tantos poderes tienen los nuevos dioses del Olimpo… y también necesitan que alguien les enchufe la máquina.
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