Los libros ya no necesitan ser leídos: la cultura de la novedad y sus paradojas

Como crecí en una casa sin biblioteca, me salvé del fetiche de la acumulación. A los doce años, empecé a ir a una biblioteca pública con mi abuela y me convencí de que no importaba tanto tener los libros, de que era mejor recibirlos de manos de extraños que habían dejado entre sus páginas comentarios impertinentes, rosas disecadas o boletos de colectivo. A lo largo de los años mantuve esa carencia esencial: mi biblioteca es muy pequeña. Vivir en otro país y en varias ciudades confirmó mi escepticismo en cuanto a la acumulación –en toda posesión hay algo maldito, como bien lo sabía Rossetti, que trató en vano de deshacerse de un libro que siempre volvía–. Esto quiere decir que hoy leo mayormente en digital. Me maravilla viajar con un aparatito capaz de almacenar 6000 volúmenes. Es todo lo que necesito. ¿Extraño el subrayado real, con lápiz negro? Claro que sí. Pero lo reservo para cada vez menos autores, que van ingresando a la biblioteca de mi casa solo después de meditar bastante las consecuencias de esa adquisición. Siempre a punto de huir de mi propia vida, sé bien cuánto pesa dejar atrás no solo un puñado de libros.

En una época de hipocresías descaradas, que se regocija en la nostalgia y el fetiche pero no en la experiencia profunda de la lectura, queda mal decir que una lee en digital. Pero así lee la mayoría, aunque no necesariamente libros. Leer hoy es leer el comentario del comentario de la novela de moda. O escuchar una entrevista. O ver la foto del libro con la taza de café. Tampoco somos tan especiales. En 1904, Vernon Lee ya se burlaba de un conocido que tenía varios estantes de libros falsos: eran solo los lomos. Se trataba de un “caballero científico” que creía ganar puntos al decorar así su estudio. Lee da una vuelta por esos “pseudo estantes” y provee una lista de los títulos –uno más banal que el otro– para concluir con esta máxima que se aplica muy bien a nuestra época: “para los verdaderamente educados, un libro puede hacer su trabajo sin que necesitemos leerlo. Al final tengo que admitir que esos volúmenes destripados podían prescindir de sus páginas: ya lo habían dado todo en la cubierta.”

En ese mismo ensayo, Lee se divierte creando subcategorías de “libros que no necesitan ser leídos para cumplir su función”, entre los cuales se destacan “aquellos que nos prestaron sin que los pidiéramos y, en un grado superior, aquel libro que se ha discutido tanto en sociedad que ha amoblado miles de conversaciones, por lo cual, leerlo sería un acto de pedantería, o sea aceptar que una es esclava de los títulos de las cosas sin percibir su esencia, en este caso ya agotada en la función que ese libro ya ha sido capaz de realizar”.

En esa misma lógica, más de un siglo después, se multiplican los clubes de lectura y los comentaristas en redes. Se da una paradoja rara: se lee cada vez menos, pero el circuito demanda cada vez más novedad. Por otra parte, la dictadura de la actualidad determina un único modo de (pseudo) lectura: desde el realismo, buscando contenidos, temas que se resuman bien en redes. En una especie de distopía que hubiera horrorizado a Steiner, la copia y el comentario sepultan a las obras. Ni siquiera se trata ya de expertos. Los mecanismos de legitimación del siglo XX no corren más. Ni la academia, ni los premios, ni el periodismo cultural son lo que eran. La época ama lo que Beatriz Sarlo llamó “el cualquierismo”. Eso produce una especie de territorio sin mapa, un mar compuesto de olas de fama efímera y un fondo misterioso, inexplorado. A nadie le interesa ya la forma, que es lo único que diferencia a la literatura de todo lo demás en ese mar de espuma.

Betina González, autora de Un amor sin futuro y Jurado de Honor del Premio Clarín Novela 2026. Foto: Fernando de la Orden

Un ejemplo de cómo funcionan esas olas. Hace unos días, el diario inglés The Guardian celebró en redes a una nueva generación de poetas que “está rompiendo récords de venta”. Encima, el artículo aclaraba que no era culpa de La Odisea refiriéndose al film y no al libro, obvio). Lo que me llamó la atención no fue tanto que un diario que siempre privilegió las críticas serias cayera en estrategias clickbait sino la cantidad y virulencia de los comentarios de los usuarios. Cito: “la mitad de estos autores no tiene educación alguna en poesía. Escribir la primera frase que te viene a la mente y quebrarla en cualquier lado para crear un verso no la transforma en poesía. Lean algo de Heaney o de Plath si buscan poemas auténticos”. Otro decía que las redes democratizaron la literatura, “lo cual equivale a decir que celebran la mediocridad”. Me impresionó aún más que una de las poetas celebradas por el artículo (alguien que tiene 237 mil seguidores en IG) contestara a varios de los comentarios. Su defensa era el “trabajo”. Citaba la cantidad de libros que había publicado y los años que le había llevado escribirlos… Debajo de su nombre y su foto, el posteo del diario consignaba los premios que había ganado y los temas a los que se dedicaba: “sexo, maternidad, nostalgia, política, poder y amor”. Quizás sus poemas sean magistrales, no lo sé. Solo sé que yo también, igual que Vernon, me quedo con la idea de que ya los leí.

Betina González

Betina González

Escritora

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fuente: CLARIN

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