Los desafíos de la inteligencia artificial: democracia, cooperación y poder – Podcast

lunes, 21 de septiembre de 2026

21/09/2026 – En una nueva edición del ciclo “Un mundo artificial, ¿una sociedad más humana?”, Gustavo Béliz, miembro permanente de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del Vaticano y autor del Atlas de Inteligencia Artificial para el Desarrollo Humano de América Latina y el Caribe, propone detenerse ante una de las características más preocupantes del actual desarrollo tecnológico: la enorme concentración de poder en manos de un reducido grupo de personas y empresas que lideran la carrera por la inteligencia artificial.

Béliz toma como punto de partida una portada de la revista Time que recrea la conocida fotografía de los trabajadores que construían el Empire State durante la década de 1930. En lugar de aquellos obreros, la publicación colocó a ocho de las personas con mayor influencia en el actual desarrollo de la inteligencia artificial. Más allá de quiénes integran concretamente ese grupo, el especialista subraya que la imagen permite visualizar un fenómeno mucho más amplio: un poder tecnológico hiperconcentrado, como el mundo no conocía desde hace muchísimo tiempo.

La comparación entre ambas imágenes resulta especialmente significativa. Por un lado aparecen quienes concentran una enorme capacidad de decisión tecnológica y económica; por el otro, los trabajadores que miran con incertidumbre un futuro en el que la inteligencia artificial puede transformar profundamente el empleo y las condiciones de vida. Para Béliz, entre esas dos imágenes se juega buena parte del futuro del desarrollo humano.

El desafío de gobernar una tecnología que no reconoce fronteras

La reflexión llega en un momento en que comienza la Asamblea General de las Naciones Unidas, organismo creado después de la Segunda Guerra Mundial precisamente para establecer pautas comunes de convivencia y gobernanza internacional. Sin embargo, Béliz advierte que en materia de inteligencia artificial todavía no se han logrado construir esas reglas comunes.

En este escenario recupera una preocupación expresada tanto por el Papa Francisco como por el Papa León XIV: la necesidad de respetar normas multilaterales y, como punto de partida, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La inteligencia artificial no puede quedar librada exclusivamente a las decisiones de quienes poseen los recursos tecnológicos para desarrollarla.

Por eso, frente a la concentración de poder que representa la imagen de los “ocho magníficos”, aparece otra pregunta fundamental: ¿quién orienta ese poder y con qué criterios? Béliz considera que no se trata simplemente de “dominar” la tecnología, sino de garantizar que pueda ser orientada hacia el desarrollo humano integral.

Entre la guerra y la paz

Uno de los grandes ejes de la conversación fue el destino que puede tener la inteligencia artificial en un contexto internacional marcado por una nueva carrera tecnológica y armamentística.

Béliz plantea una disyuntiva sencilla pero profunda: guerra o paz. La inteligencia artificial puede ser utilizada para aumentar las capacidades militares, desarrollar armas autónomas y profundizar una carrera de dominación entre potencias, pero también puede ponerse al servicio de la cooperación y del desarrollo humano.

El especialista recordó que ya en los primeros debates que mantuvo en la Academia de Ciencias Sociales del Vaticano, entre 2017 y 2018, existía una preocupación importante entre científicos acerca de la posibilidad de que se desarrollaran sistemas de armas autónomas capaces de decidir por sí mismos si atacar a una persona, bombardear una escuela o destruir una población. En aquel momento todavía ni siquiera se hablaba con la intensidad actual sobre los drones autónomos.

La preocupación, por lo tanto, no nació con las noticias de las últimas semanas. Lo que cambió es la velocidad y la dimensión que adquirió la carrera tecnológica.

El ejemplo de Mondragón: “Socializar el saber para democratizar el poder”

Frente a esa concentración de poder, Béliz recupera una experiencia que conoció recientemente durante una visita al País Vasco: Mondragón, un complejo cooperativo que nació a partir de la inspiración del sacerdote José María Arizmendiarrieta y que actualmente reúne alrededor de 90 cooperativas y más de 70.000 personas.

La frase que sintetiza el espíritu de aquella experiencia resulta especialmente significativa para el debate sobre inteligencia artificial: “socializar el saber para democratizar el poder”.

Arizmendiarrieta comprendió que el conocimiento no debía quedar concentrado en unos pocos, sino que podía convertirse en una herramienta para generar participación, solidaridad y desarrollo comunitario. Para Béliz, esa experiencia ofrece una contracara frente a un modelo tecnológico basado exclusivamente en la competencia y la concentración.

La imagen del sacerdote recorriendo en bicicleta los complejos industriales de Mondragón se convierte así en un símbolo de otra forma posible de organizar la economía y el conocimiento: no desde una competencia permanente por dominar al otro, sino desde la cooperación.

Democracia, inteligencia artificial y filosofía

En este recorrido Béliz también recupera el aporte del filósofo Daniel Innerarity, quien participó en encuentros vinculados con la reflexión sobre democracia e inteligencia artificial y cuyo trabajo considera especialmente relevante para pensar el futuro de las instituciones.

Innerarity sostiene la necesidad de que la política dialogue con la ciencia, pero preservando la identidad propia de cada esfera. La ciencia puede determinar qué es técnicamente posible, pero eso no significa que todo aquello que puede hacerse deba necesariamente hacerse.

Béliz resume esa distinción con una frase que atraviesa toda la conversación: “No siempre lo que la ciencia permite hacer se debe hacer”. Allí aparece el sentido del discernimiento que propone Magnífica Humanitas: no basta con conocer las posibilidades técnicas; también es necesario preguntarse si su utilización contribuye verdaderamente al bien humano.

Esta mirada exige además recuperar instituciones capaces de pensar más allá del corto plazo. Béliz advierte que determinadas empresas tecnológicas pueden obtener enormes ganancias mediante modelos diseñados para maximizar la atención, la dependencia o la adicción, mientras que la política debe ser capaz de considerar las consecuencias sociales y humanas de esas decisiones.

De la competencia salvaje a la cooperación

La experiencia de Mondragón representa, para Béliz, una alternativa concreta frente a una cultura de competencia permanente.

No se trata de negar la innovación ni de rechazar el desarrollo tecnológico. Por el contrario, se trata de preguntarse qué modelo de desarrollo queremos construir. La cooperación puede permitir que el conocimiento y las herramientas de inteligencia artificial sean utilizadas para resolver problemas concretos de las comunidades.

El especialista recordó experiencias que pudo conocer en Córdoba vinculadas con organizaciones de la sociedad civil que desarrollan herramientas de código abierto para prevenir situaciones de violencia doméstica y violencia contra las mujeres. También mencionó aplicaciones destinadas a prevenir daños ambientales.

Estos ejemplos muestran que la inteligencia artificial no tiene por qué quedar exclusivamente en manos de las grandes corporaciones. También puede desarrollarse desde la sociedad civil y ponerse al servicio de necesidades concretas, sin depender necesariamente de los grandes actores tecnológicos.

Una carrera armamentística que viene de lejos

Béliz también se refirió a las conversaciones que mantienen actualmente China y Estados Unidos sobre la posibilidad de establecer una pausa o freno al desarrollo de determinados modelos de inteligencia artificial que podrían representar riesgos existenciales para la humanidad.

La discusión tiene antecedentes. Ya alrededor de 2017 y 2018 existía, según explicó, un consenso considerable entre científicos acerca de la necesidad de establecer una moratoria sobre determinados desarrollos de inteligencia artificial, especialmente en materia de armas autónomas.

Sin embargo, durante la última década no fue posible construir un modelo efectivo de gobernanza global. Para Béliz, una de las razones principales está relacionada con una carrera de dominación que no se limita al terreno militar: también involucra recursos naturales, territorio y, cada vez más, la capacidad de influir sobre las mentes.

Aquí aparece uno de los conceptos más fuertes de la entrevista: la posibilidad de una “esclavitud cognitiva”. El peligro no consiste solamente en que una máquina pueda reemplazar determinadas tareas humanas, sino en que las personas pierdan progresivamente capacidad de pensamiento crítico y autonomía frente a sistemas diseñados para influir sobre ellas.

El riesgo existencial y los intereses económicos

Béliz aclara que la preocupación acerca de un posible riesgo existencial asociado a la inteligencia artificial no es una novedad reciente. En su propio Atlas dedica un capítulo a las distintas posiciones de científicos que han analizado la posibilidad de que la IA pueda generar riesgos capaces de afectar al conjunto de la humanidad.

Lo que cambió en las últimas semanas es la intensidad del debate, impulsado también por motivos geopolíticos y económicos. Hay enormes inversiones en juego, discusiones acerca de los modelos de código abierto y código cerrado y fuertes intereses vinculados con el control de los recursos y de la tecnología.

Por eso considera especialmente importante que los encuentros entre China y Estados Unidos estén atravesados por la racionalidad y que, al mismo tiempo, América Latina consiga construir una voz propia.

La región no debería competir reduciendo sus exigencias de seguridad, regulación o protección fiscal para atraer inversiones. Béliz propone, en cambio, que los países latinoamericanos puedan actuar de manera coordinada y participar de la discusión internacional con una agenda propia.

América Latina también tiene algo para aportar

Para Béliz, América Latina cuenta con condiciones que pueden convertirse en una fortaleza en la era de la inteligencia artificial: recursos naturales, talento tecnológico y una enorme posibilidad de utilizar estas herramientas para superar barreras que hoy generan desigualdad.

La región reúne alrededor de 600 millones de habitantes, una escala que podría darle capacidad de negociación si logra actuar de manera articulada.

El desafío consiste en no limitarse a ser un territorio donde otros desarrollan y aplican tecnologías, sino en participar activamente de las decisiones acerca de cómo esas herramientas serán utilizadas y para qué fines.

La inteligencia artificial puede contribuir a reducir determinadas desigualdades, pero eso no sucederá automáticamente. Requiere políticas públicas, inversión, conocimiento y, sobre todo, una visión del desarrollo que coloque a las personas antes que la rentabilidad inmediata.

Diez riesgos que requieren discernimiento

Hacia el final de la entrevista, Béliz enumeró algunos de los riesgos que forman parte del actual debate sobre inteligencia artificial. Entre ellos aparecen las “alucinaciones” de los modelos, el comportamiento cooperativo en forma de enjambre y la posibilidad de que los sistemas desarrollen estrategias para engañar a quienes los están evaluando.

También mencionó una cuestión particularmente compleja: si los grandes modelos de lenguaje pueden ser entrenados en principios éticos y morales.

La pregunta parece sencilla, pero abre un problema profundo. Si un modelo puede ser entrenado para comportarse de acuerdo con determinados principios, ¿qué ocurre si también desarrolla estrategias para vulnerar esos mismos principios? Béliz citó las advertencias del especialista Yann LeCun, quien ha planteado que entrenar a los modelos en principios morales también puede generar riesgos si estos sistemas aprenden a desarrollar mecanismos para sortearlos.

Por eso, muchos de los escenarios que pueden parecer propios de la ciencia ficción ya forman parte de investigaciones concretas. Cada semana aparecen nuevos estudios y nuevos trabajos que obligan a revisar las certezas anteriores.

“Esto no puede estar sometido a otros magníficos”

La conclusión de Béliz es contundente: el futuro de la inteligencia artificial no puede quedar librado a la voluntad de un pequeño grupo de empresarios tecnológicos.

“Esto no puede estar sometido a otros magníficos”, afirmó. El problema no es solamente que ocho personas tengan enorme influencia, sino que puedan decidir unilateralmente qué hacer con tecnologías que tienen consecuencias sobre miles de millones de personas.

Para Béliz, esas decisiones deben estar atravesadas por poderes públicos, soberanía democrática e instituciones que funcionen adecuadamente. Los pueblos deben poder participar de decisiones que afectan su futuro y los dirigentes tienen que actuar con independencia de los intereses económicos que pueden intentar influir sobre ellos.

La cuestión resulta especialmente delicada cuando aparecen industrias con enorme capacidad económica vinculadas con plataformas diseñadas para generar dependencia.

Inteligencia artificial, adicción y captura de las decisiones políticas

Béliz relacionó este problema con la industria del juego online y con el diseño de plataformas orientadas a generar adicción. Según explicó, existe una red de intereses económicos muy poderosa que puede influir sobre las decisiones políticas y dificultar regulaciones que protejan adecuadamente a la población.

Mencionó en este sentido una nota del periodista Sergio Rubín, quien analiza el vínculo entre la industria del juego y la capacidad de decisión de los dirigentes políticos. La cuestión que queda planteada es si determinadas formas de inacción regulatoria pueden estar relacionadas con el financiamiento de las campañas electorales y con la influencia económica de estas industrias.

Béliz presenta este punto como una cuestión que debe ser debatida públicamente y con responsabilidad. La democracia necesita instituciones capaces de regular los daños antes de que se produzcan y dirigentes que puedan tomar decisiones sin quedar condicionados por intereses particulares.

¿Qué podemos hacer quienes no somos parte de los “ocho magníficos”?

Frente a este panorama surge una pregunta inevitable: ¿qué puede hacer una persona común que no forma parte de las grandes empresas tecnológicas?

Béliz propone comenzar por algo esencial: conocer, discernir y participar.

La sociedad puede organizarse desde las escuelas, las familias, los municipios y las comunidades. Los padres ya están generando iniciativas para limitar el uso de los celulares y proteger la salud mental de niños y adolescentes. También existen gobiernos locales que empiezan a desarrollar políticas para promover un uso responsable de la inteligencia artificial.

Pero el especialista advierte que no es justo trasladar toda la responsabilidad a las familias. Los poderes públicos también deben establecer normas y regulaciones que protejan derechos fundamentales.

La participación ciudadana incluye, entonces, exigir a las autoridades que utilicen el poder que la sociedad les delegó para actuar concretamente.

El problema no es la tecnología, sino el corazón humano

Béliz recuperó durante la entrevista el punto 90 de Magnífica Humanitas, donde el Papa León XIV plantea una pregunta fundamental acerca de la misión, dirección y propósito de la inteligencia artificial.

Con una misión adecuada, un propósito correcto y un sentido orientado al bien, la tecnología puede convertirse en una herramienta de enorme valor para toda la humanidad. El problema, por lo tanto, no está necesariamente en la existencia de la tecnología, sino en cómo y para qué se la utiliza.

Béliz lo expresó con claridad: “El problema no es la tecnología, el problema es el corazón de los hombres y de las mujeres que toman decisiones que afectan al conjunto de la humanidad”.

La codicia, el deseo de dominación y la búsqueda del beneficio inmediato pueden convertir una herramienta extraordinaria en un instrumento de sometimiento. Por eso, la discusión sobre inteligencia artificial es también una discusión profundamente humana y ética.

Una alternativa posible: cooperación, democracia y esperanza

La experiencia de Mondragón vuelve a aparecer como una respuesta concreta a este desafío. Más allá de sus dificultades, el complejo cooperativo demuestra que existen modelos económicos basados en la participación y la cooperación que pueden funcionar a gran escala.

Sus alrededor de 70.000 trabajadores y su entramado de cooperativas representan, para Béliz, una evidencia de que hay caminos alternativos y no son imposibles.

La conversación termina así lejos de una mirada apocalíptica, pero también lejos de una confianza ingenua en la tecnología. El desafío consiste en mantener una actitud de sana rebeldía, discernimiento y participación democrática.

La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria para el desarrollo humano, pero para eso necesita estar orientada por instituciones, principios y personas capaces de poner el bien común por encima de la dominación y del beneficio inmediato.

La pregunta que queda abierta no es solamente quiénes serán los próximos “magníficos” de la inteligencia artificial. Es qué tipo de sociedad queremos construir frente a ese poder.

Y en esa respuesta, la democracia, la cooperación y el desarrollo humano pueden ofrecer un camino distinto: uno en el que el conocimiento se socialice para democratizar el poder y en el que la inteligencia artificial permanezca al servicio de la humanidad.

fuente: inteligencia artificial: democracia, cooperación y poder – Podcast”> GOOGLE NEWS

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