Lo secuestraron para curarlo por ser gay: la historia del actor porno que sobrevivió a una clínica del horror

Jean Pierre, como prefirió ser llamado para esta nota, aprendió muy temprano que en su casa había cosas que no se podía ser. No se podía ser femenino, ni jugar con muñecas, ni caminar con los tacones de su mamá. Tampoco se podía desear distinto. En la casa familiar, en el centro de Quito, la diferencia no se nombraba, se castigaba.

Desde chico entendió que su cuerpo y sus gestos estaban bajo vigilancia constante, que cada movimiento podía despertar la furia del hermano cinco años mayor o la violencia del padre, el mismo que a veces golpeaba a la madre. Crecer ahí era aprender a esconderse.

Mientras tanto, Jeanpi, cómo lo llaman sus amigos, dibujaba en silencio para escapar; otras veces, el único refugio real era la casa de su abuela.

La adolescencia llegó con la certeza de que era gay y con la obligación de esconderlo, como la mayoría de los varones homosexuales en Ecuador.

“Nunca lo confesé ni se habló del tema, pero mi actitud siempre fue afeminada. Con el tiempo intenté disimularlo, aunque no fue fácil. A veces llegaban chicos a mi casa y mis padres empezaron a desconfiar”, contó Jean Pierre en diálogo telefónico con Clarín.

Por ende, vivía su identidad en silencio durante el día y la liberaba de noche, en boliches gay, afters y encuentros furtivos con otros chicos.

Nació y fue criado en Quito, hoy vive en Buenos Aires. Foto:Gentileza de Jean Pierre

Apenas pudo, empezó a irse de su casa. A los catorce años lograba quedarse hasta una semana entera en la casa de amigas. Cuando ingresó a la carrera de publicidad en la Universidad San Francisco de Quito, la más prestigiosa y costosa del país, pasaba de un departamento a otro, de un sillón a una cama prestada.

Más adelante, con su primer trabajo en una agencia de marketing, logró alquilar un pequeño departamento semiamoblado. No era lujoso, pero era suyo. Ese primer espacio propio, el que necesitaba para vivir en libertad, fue también el que inició el conflicto con su familia.

La drástica decisión de su familia para que no logre ser quien él quería ser

Cuando su familia se enteró, su hermano lo fue a buscar para advertirle que “si no volvía a la casa su vida sería un desquicio” e intentó agarrarlo del brazo para llevarlo a la fuerza. Pero Jean Pierre se soltó, bajó del auto y corrió entre los coches. Esa noche durmió en un sillón tras decidir no regresar más.

Días después, la familia aparentó calma. Le dijeron que fuera a buscar la ropa y el colchón que le faltaban. Jean Pierre fue acompañado por dos amigos. Todo parecía tranquilo, hasta que el padre dijo que iba a buscar un destornillador para desarmar la cama.

Al minuto volvió con cuatro hombres grandotes que estaban escondidos en el fondo de la casa. Se le tiraron encima, lo sujetaron de los brazos y de las piernas. Mientras él gritaba, pataleaba y pedía ayuda, sus padres y su hermano miraban la escena sin intervenir, porque lo estaban secuestrando por encargo de ellos. “Lo hacemos por tu bien”, le dijeron.

Su amiga intentó defenderlo y la empujaron; el otro amigo, en cambio, alcanzó a grabar todo. Un video de once segundos que registran el forcejeo y los gritos desesperados.

Su familia quería curarlo de ser homosexual. Foto: Gentileza Jean Pierre

El joven publicista sintió el spray químico que le quemó la garganta y le apagó el cuerpo antes de que lo metieran a la parte trasera de un auto. Durante el viaje intentó abrir la puerta en movimiento, pero lo reprimieron con más veneno. “Vas a sentir el tratamiento”, le decían, una advertencia cuyo sentido Jean Pierre todavía no comprendía. El destino era internarlo en una clínica

Los días de “curación”

Fueron seis días que para Jean Pierre no tuvieron noción de tiempo, sólo de encierro. Llegó al centro todavía mareado por el químico que le habían rociado en los ojos. “Apenas crucé la puerta, me desnudaron y me encerraron en un cuarto junto a otros internados“, recuerda aún con angustia.

“Algunos estaban ahí por adicciones, otros por robos, otros por homicidios”. Esa mezcla, cuenta, lo descolocó aún más. Él no entendía qué hacía en ese lugar si no era una mala persona.

Desde el primer momento le dejaron claro que estaba ahí para “cambiar”. Las jornadas empezaban a las seis y media de la mañana con limpiezas profundas de los cuartos, arrancar hierbas del patio con las manos, tareas manuales y, más tarde, charlas religiosas. En una de ellas le hablaron de la “adicción a los hombres”. Todo estaba envuelto en el discurso de que querían ayudarlo.

Había una enfermera que lo trataba “como si tuviera una enfermedad mental, como si toda su vida estuviera equivocada“. El ecuatoriano entendió rápido que “en esta clínica, donde cada quien limpia su propia sangre”, no debía “portarse mal” y que seguir las reglas era la única forma de no empeorar las cosas en su estadía.

No le pegaron como a sus compañeros, pero lo castigaron de otras maneras. Todavía recuerda latente como pasaba largas horas encerrado y muchas veces sin comer. El aislamiento era parte del “método de sanación”. Durante ese encierro, volvió a refugiarse en el dibujo, lo único que siempre lo había salvado.

El día que llegó la libertad que buscó durante años

En el fondo sabía que no estaba solo, que tenía a sus amigos. “Ellos me prometieron que yo iba a salir”, recuerda, todavía con la voz quebrada.

Y no se equivocó. Mientras tanto, afuera, sus amigas lo buscaban. Una de ellas hizo la denuncia y difundió su foto en redes sociales, una imagen que se viralizó día tras día.

La fiscal, a cargo del caso, escuchó primero al padre, que habló que su hijo estaba en ese lugar por supuestas adicciones. Pero todo cambió cuando vio el video.

Al día siguiente fue a la clínica con policías para tomarle declaración al joven. Él le pidió que no lo dejara ahí. “Parecía un niño el primer día de escuela”, recordaría después la fiscal. Al cabo de unas horas, le devolvieron la libertad y ambos salieron de la clínica.

En la ciudad lo esperaban sus amigos, quienes esa misma noche lo llevaron a comer a un restaurante mexicano y luego durmieron con él para mimarlo.

Durante los primeros días, ya a salvo, descubrió por primera vez cómo se sentía la libertad real. Valoraba gestos mínimos, como poder sentarse al sol a cualquier hora del día. “Sentí una paz que me llenó mucho”, dice todavía emocionado.

Con el tiempo comenzó terapia, volvió a trabajar y se mudó solo. Pero la calma duró poco. Las amenazas, en su celular, aparecían con fotos de la puerta de su departamento. Sabían exactamente dónde estaba.

Ya no estaba seguro ni en su propio hogar, motivo por el que pidió ayuda a una red de apoyo internacional que se activó de inmediato.

Desde Ecuador, terapeutas y activistas movieron contactos; desde Canadá, organizaciones especializadas aceleraron los trámites; y en Buenos Aires, el acompañamiento llegó de la mano de la Asociación Civil Derechos Humanos y Diversidad que brinda ayuda a personas LGBTIQ+ refugiadas o solicitantes de refugio.

Jean Pierre hoy tiene 29 años y es creador de contenido en OnlyFans. Foto: Gentileza Jean Pierre

Así, el 5 de agosto de 2023, Jean Pierre aterrizó en Buenos Aires y, por primera vez, el exilio significó alivio.

Hoy vive en un departamento en la calle Lavalle con su gato, desde donde produce contenido digital erótico bajo el nombre de Dylan. Las fotos y los videos, sin censura, circulan en plataformas como OnlyFans, Telegram y X.

Los ingresos de sus suscriptores le permiten sostenerse y construir, por primera vez, una vida propia. A veces cuesta, a veces hay que rebuscárselas, pero vive en libertad, esa misma que desde la infancia le negaron.

El rechazo de su familia le dolió durante muchos años, pero con el apoyo y el cariño de sus amigos logró entenderlo de otra manera. “Es mejor crear tu propia mesa que esperar a ser invitado a la de los demás”, dice Jeanpi hoy.

fuente: CLARIN

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