
¿Qué implica que un escritor deje como último libro publicado un diario? En el caso de Jacques Brosse (Francia, 1922-2008), es una condensación temática en la plasticidad del formato, y un paneo estilístico que es a la vez autorretrato y manifiesto último. Brosse, que se movió con ductilidad en la filosofía, el enciclopedismo, la historia de las religiones, la dendrología y el budismo, escribió este dietario al final de su vida, registrando de marzo a marzo un devenir de desposesión y contemplación, pasos finales en el aniquilamiento del yo al que todo monje como él aspiraría. El libro se publicó el mismo año de su muerte, y llega a los lectores hispanohablantes en una dedicada traducción de Rafael José Díaz, atenta a la riqueza poética de la mirada del autor y su incansable avidez por conocer en detalle la flora y la fauna silvestres.
El diario es, al fin y al cabo, la miniatura literaria perfecta para alcanzar y vincular la extensión de los intereses de una persona, acaso todas sus nervaduras intelectuales y vicisitudes emocionales. En el caso de Brosse, se trata de esa amplitud dinámica entre el saber acumulado en distintas disciplinas, la curiosidad aún despierta y la certidumbre de la muerte, que vivifica todo lo anterior.
En las entradas de La alegría del momento, el paso del tiempo está marcado por las transformaciones del entorno natural de su residencia en la región del Périgord, en el suroeste de Francia. Desde ahí, Brosse admira la metamorfosis del paisaje con un extrañamiento ascético: con más de 40 volúmenes publicados, sigue pulseando el desafío de describir en un puñado de palabras la complejidad y vastedad de la naturaleza. Es un ejercicio de habilidad literaria y renovación de la mirada que ofrece como retribución inesperada la confirmación de la propia vigencia; con el avance de los días y las semanas, la fascinación de Brosse por los ciclos naturales, con sus alquimias botánicas y rutinas animales, va dejando lugar a más y más reflexiones sobre la propia caducidad, el propio cambio de estado y su significado final.
La alegría del momento es, además de título de este volumen, el singular nombre de un tipo de mueble antiguo, el bonheur-du-jour, un reservorio íntimo y mayormente femenino para cartas y objetos de valor sentimental. A fines del siglo XVIII se dejaron de construir. Aunque para el caso de este último libro solo aplica como curiosidad. Porque el diario nada tiene de bóveda o archivo. Tampoco guarda material revelatorio o que pueda añadirse a la biografía del escritor, que ya dedicó parte de su bibliografía a las memorias.
La alegría del momento es en cambio una chispeante cavilación sobre la impermanencia. En las dos entradas en las que se refiere explícitamente al título, Brosse está reflexionando sobre la maravilla irrepetible y sagrada del día a día, desde la convicción espiritual de que cada uno ofrece la oportunidad de morir y renacer, de experimentar la trascendencia. Esa fe budista encierra la potencia del duelo y la transformación, que su escritura también refiere en las escenas del seguimiento estacional de las aves que migran, los árboles que cambian de color y los bulbos que aguardan todo el invierno para volver a florecer en primavera.
Las metáforas que le ofrece la naturaleza le sirven a Brosse para aliviar el tramo final de la vejez, en el que vislumbra, sin queja ni repudios, el momento de la muerte. ¿Qué hay después, si es que hay algo? ¿Con qué ropas esperarla? Es un tema que aparece con más insistencia a medida que avanzan los meses, pero que no nubla su pensamiento ni su capacidad de observación.
La celebración diaria continúa como única certeza. Brosse cita como capitales a la Biblia y los Cuadernos de Miguel Ángel; son los textos que parecen seguir guardando misterios y enseñanzas secretas para él, así como la actividad de las aves y las plantas le ofrecen el estímulo sensual que el mundo de los humanos no. Solo un puñado de noticias y alguna entrada amarga por la crueldad del hombre sitúan al diario al final de la primera década de este milenio, en que un hombre se extingue con los mismos interrogantes y la misma fascinación con que lo han hecho otros tantos a lo largo de la historia.
La alegría del momento, Jacques Brosse. Periférica, 176 págs.
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