
En 1580, cumpliendo con el mandato del adelantado don Juan Torres de Vera y Aragón, el teniente de gobernador Juan de Garay convocó a voluntarios en la ciudad de Asunción, para refundar lo que se llamaría La Trinidad y Puerto de los Buenos Ayres. La idea sedujo a pocos y no era para menos: sus antecesores, comandados por don Pedro de Mendoza, en 1536, habían fracasado tras sufrir inenarrables penurias que incluyeron el canibalismo.
El bando de Garay prometía tierras, títulos de propiedad, ganado y encomiendas a quienes estuvieran presentes en el acto fundacional. Respondieron a él unos sesenta “hijos de la tierra” o mestizos, y una decena de hidalgos españoles a los que se sumó un contingente de familias guaraníes. Desde luego, entre todos ellos había mujeres, aunque solo una figura en los documentos con nombre y apellido: Ana Díaz.
Mientras investigaba para ambientar una novela histórica que la tendría por protagonista, me surgieron varios interrogantes: ¿quién era Ana Díaz? ¿Por qué fue la única propietaria? ¿Cómo acabó sumándose a tan riesgosa aventura? ¿Qué dejó atrás?
La historiografía me brindó algunas respuestas. Para lo demás, tuve que embarcarme con ella, no solo en la bodega abarrotada y maloliente de la carabela San Cristóbal de la Buena Ventura –cuyos planos han sido reconstruidos–, sino en un largo viaje literario.
Ana, la fundadora. Novela de Mercedes Giuffré (Edhasa). Precio: 32.900.
¿Quién era Ana?
Según varios textos originales, reunidos en 1836 por el historiador italiano Pedro de Angelis con el título Fundación de la ciudad de Buenos Aires por don Juan de Garay y otros documentos de la época, Ana fue la única mujer presente durante la ceremonia oficial de la refundación. Descubrí que las demás quedaron a la espera en Santa Fe la vieja, donde hoy se hallan las ruinas de Cayastá, por una orden del teniente de gobernador.
Debido a que era mayor de edad y viuda, Ana recibió un terreno en el ejido, un solar en la nueva ciudad, en la actual esquina de Corrientes y Florida –que según el Diccionario de mujeres argentinas de Lily Sosa de Newton (1986), funcionó como pulpería–, y una chacra en los Pagos de la Costa, en la actual San Isidro, con el número 59.
El historiador sanisidrense Bernardo Lozier Almazán describe este último sitio en El arcón de los recuerdos (2024), con un frente de 300 varas sobre el Río de la Plata, delimitado por las actuales calles Chile y España.
Por su parte, Hialmar Edmundo Gammalsson retoma en Los primeros pobladores de Buenos Aires y su descendencia (1980), la teoría del jesuita Pedro Lozano (1697-1752), quien atribuyó la decisión de Ana de sumarse al contingente de Garay a la voluntad de acompañar a su por entonces única hija, fruto del matrimonio con el soldado español Rafael Forel, muerto en combate.
Gammalsson señala también como posible yerno de Ana al mestizo Juan Martín y propone que Pedro Díaz, el timonel de la carabela San Cristóbal de la Buena Ventura, pudo ser su hermano.
Hija de una payaguá
Ana era hija del gallego Mateo Díaz, llegado al Paraguay con Alvar Núñez Cabeza de Vaca, y una nativa payaguá de nombre Savé. Criada entre españoles y guaraníes, no pudo menos que ser bilingüe, aunque hay quien sugiere que también conocía la lengua galaica.
Escribir sobre ella desde la composición ficcional implicó la conciencia de un momento histórico en el que se fusionaban para siempre dos mundos: el europeo y el americano, dando origen a nuestra cultura rioplatense. Ambos, decidí, se verían reflejados en la narración.
Ambientar una historia en el pasado requiere de un conocimiento minucioso de la época que deriva en la mención de objetos, ropa, medicinas, costumbres y problemáticas que conforman su “espíritu”.
La lengua cumple para ello un papel importante. El castellano de entonces, que debía respetar con la precaución de que resultara comprensible a los lectores actuales, ha quedado plasmado en la literatura del Siglo de Oro español: coplas, historias de aventuras o comedias de capa y espada, en las que el honor siempre está en juego y las cosas no son lo que parecen, sino que albergan luces y sombras. Los conquistadores traían consigo esas lecturas, ya fuera porque sabían leer o porque las habían escuchado.
Durante mi investigación me sorprendió descubrir que en el siglo XVI, la población letrada en Sudamérica fue mayor que en el siguiente. También, que las mujeres españolas asumieron la tarea de educar a los hijos que sus esposos habían concebido con las nativas en su ausencia, dando origen al mestizaje.
La lectura de cartas reales, generalmente escritas entre familiares a ambos lados del océano, me informó sobre usos y vestimenta, y me inspiró además para crear el material epistolar de la ficción.
Las historias folletinescas pero verídicas de mujeres como Mencia Calderón de Sanabria o Isabel Becerra, la esposa de Juan de Garay, fueron una fuente útil a la hora de imaginar al personaje de Ana Díaz en su contexto, y de ponerme en su lugar como hacen los actores. Mujeres de armas tomar, si era necesario, autosuficientes y sobrevivientes empecinadas. Fue entonces que surgieron el humor y la voz de Ana, con los que ella misma contaría su propia historia.
Toda ficción histórica es un viaje en el tiempo, tanto para quien la escribe como para sus lectores. Los documentos son vigas y ladrillos, pero en los intersticios de la información se construye una interpretación verosímil que es algo nuevo. No es historia: es literatura.
El pasado revive a partir de los sentidos: sonidos, texturas, sabores, aromas. Las personas reales conviven con personajes inventados. El modo de contar y organizar la trama es el de cualquier ficción, sí, pero el alma, el condimento, sabe a antaño y respeta los valores de otra época.
Retrato de Juan de Garay.
Una nueva familia para Ana
Se discute si, una vez en Buenos Aires, Ana Díaz volvió a contraer nupcias y cuándo. El genealogista Jorge Lima González Bonorino (2022) afirma en su artículo Ana Díaz (la ignota), publicado en el Boletín del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, que se volvió a casar con un vecino de La Trinidad llamado Pedro Isbrán, también viudo, y que es posible que haya concebido con él a una segunda hija de nombre Felipa. Existe un testamento de la época que respaldaría esta afirmación.
Lo que Ana dejó atrás, supe al fin, fue su infancia y juventud, la ingenuidad, al padre y al primer esposo fallecidos, acaso a los demás hermanos, una educación, la madre indígena, muchas ausencias, fantasmas, recuerdos, soledad…
Embarcarse en la expedición y lograr seguir hasta el final con ella le otorgó título y tierras. Es claro que fue una mujer empoderada, antes de que siquiera se pensara en estos términos.
Como todos, tuvo que sembrar y cultivar con sus propias manos, construir una casa con adobe y paja, defenderse de los malones querandíes y padecer hambre. Pero a pesar de eso, Ana Díaz ejerció algo que no muchas otras pudieron: su libertad.
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