
El gobierno en campaña aprovechará el discurso de apertura de las sesiones del Congreso para avanzar varias casillas. El ritual es uno de los pocos en los cuales un gobierno puede reclamar que lo tomen en serio.
El envión hacia el 2027 también moviliza a las tribus de la oposición que buscan su lugar en el campo de batalla. Los gestos de unos y otros cobran sentido en la carrera hacia adelante. Para unos es el discurso de Javier Milei, para los de enfrente, los nuevos reagrupamientos.
El cristinismo, dividido en el Senado y con menos legisladores que nunca, busca alguna salida. El otro peronismo ofreció un encuentro discreto de Cristina de Kirchner con Miguel Pichetto, alas irreconciliables de ese espacio.
El diputado estuvo el martes a media tarde cerca de hora y media con la expresidenta. Cristina se repone todavía de la internación que tuvo hace un mes. Pichetto, amortizado porque ha hecho pública su opinión sobre la condena a Cristina, salió de San José 1111 sin contarle nada a nadie.
En el diálogo no hubo reproches y derivaron la charla a solas a analizar cuestiones macro de acá y de afuera. Omitieron ahondar en la situación judicial de Cristina y de la interna peronista. Tampoco del pasado.
Dará que hablar porque Cristina está en retroceso en el distrito más grande de la Argentina arrinconada por Axel Kicillof, que le ganó la pulseada sobre cómo encarar las elecciones del año pasado. Dividió fechas y salvó a su gobierno de una derrota. Cristina, responsable nacional del partido, perdió la del 26 de octubre en ese distrito por un pequeño porcentaje, pero Axel demostró el acierto de haber desdoblado fechas.
Pichetto vs. los primos Menem
Pichetto ha salido a la captura del peronismo no cristinista con la consigna de que el partido debe elegir entre él y Juan Grabois. 48 horas más tarde Pichetto reapareció junto a Guillermo Moreno, un crítico de Axel, en un debate con empresarios y sindicalistas. Fue el jueves en el hotel de los gastronómicos en el Abasto.
La mesa debatió sobre qué debe hacer el peronismo hacia delante. Pichetto dijo que el peronismo tiene que hablar de producción, de recuperación del salario y de defensa de la industria nacional. Inspirado, dijo que cualquier gobierno peronista del pasado fue mejor que este gobierno. “Debemos perdonarnos”, ironizó “y no hablar del pasado”.
En lo programático llamó a “construir una propuesta desde el peronismo junto al centro nacional para ganar las elecciones. Por eso el planteo es con todos, sin exclusiones”. Interesa este protagonismo de Pichetto en el juego preelectoral porque sale al cruce del proyecto que lleva adelante la mesa de los primos Menem en el gobierno, que es también capturar al peronismo no cristinista en todo el país. Lo ha logrado al juntarle la cabeza a los gobernadores no cristinistas para mover votaciones exitosas en el Congreso.
Es el mismo espectro del peronismo que Pichetto representó en el Senado desde 2015 a 2019 para negociar posiciones con el gobierno de Cambiemos.
Esa confrontación explica la hostilidad con que trata el gobierno a Pichetto, que como legislador le ha salvado las papas al gobierno en más de una oportunidad, les resucitó la Ley de Bases cuando había caído en Diputados, negoció el segmento laboral de esa ley y ha buscado entendimientos de gobernabilidad. Pese a esa ayuda lo han desairado como lo hicieron con Mauricio Macri.
La diferencia con el gobierno es que Pichetto tiene una capacidad de representación del peronismo más solvente que la que pueden pretender los primos Menem. El neomenemismo que auspicia Olivos es un peronismo que cierra, como lo es también el cristinismo del AMBA.
Pichetto ofrece la oportunidad de una apertura que amplíe el espectro opositor. Para el electorado no peronista, Pichetto es el peronista bueno. No hay otros dirigentes que puedan ofrecer eso.
Lo supo hacer Sergio Massa desde 2009, pero volvió al redil cristinista en 2019 y hoy está en su casa mirándola por You Tube. Pichetto tiene hoy más gravitación que cuando era presidente del bloque mayoritario del PJ en el Senado.
La tentación de toquetear el reglamento
La necesidad electoral del gobierno explica el renovado interés que tiene en impulsar una reforma electoral. Los gobiernos débiles tienen el futuro frágil y quedan limitados a trabajar sólo para el corto plazo. Y corto plazo significa elecciones.
El gobierno entiende que puede mejorar la performance de La Libertad Avanza y de sus aliados si, como otros gobiernos anteriores, cambia el reglamento. La instrucción se la transmitió a Diego Santilli el mentor ideológico del gobierno, Lule Menem.
El ministro del Interior capturó el asunto y fumigó la cancha asumiendo la entera responsabilidad sobre las reformas para las elecciones del 2027. La principal es la suspensión de las primarias PASO.
El gobierno querría la anulación por ley, pero ha ganado experiencia en el método legislativo que le destrabó iniciativas de prioridad como la reforma laboral. Ya sabe los límites del sistema de legislar a viagra y burdel – se estimulan para tener quórum y pagan para que les voten – y para qué hay votos y para qué no. No los hay para abolir las PASO, pero sí para suspenderlas como en las legislativas de 2025.
Un sistema electoral de lujo
En el paquete de reformas que le sugiere Lule a Santilli figura un acuerdo para que las provincias adopten el sistema de boleta única, agregando en todos los niveles la posibilidad de que el votante marque su preferencia por la boleta completa. Hoy en el orden nacional esa posibilidad no existe y produce bolsones de voto en blanco, porque el elector solo marca una categoría y no las demás.
Santilli fumiga el área de su responsabilidad porque sabe que hay otras reformas quiméricas que pueden desmenuzar un sistema que, después de todo, funciona bien.
El sistema electoral tiene licencia social en la Argentina, donde los resultados de las elecciones no se discuten: gobierna quien gana y está asegurada la alternancia de gobiernos de distintos signos en todos los niveles. Eso se llama democracia y es algo que pocos países tienen. En eso la Argentina tiene un privilegio institucional envidiable y que convendría tocar lo menos posible.
Este sistema permitió la alternancia bipartidaria cuando existió, fue permeable a las elecciones entre tercios de este siglo y hasta probó los límites de la institución del balotaje, que consagró a Milei como presidente con una minoría de votos que en otro sistema lo hubiera sacado de la cancha. Cabe preguntarse por qué, con todos los problemas que tiene la Argentina, se les ocurre toquetear el sistema que lo hizo presidente a Milei.
Santilli se adueñó del tema
“- Los únicos responsables somos Lule, Gustavo Coria (su viceministro, hombre de números) y yo”, repite cuando le preguntan quién va a dibujar el proyecto de reforma. Lule es el mentor ideológico del gobierno, un intento de restauración neomenemista que busca reescribir la historia y sumir en el olvido que Carlos Menem tuvo la misma suerte que Cristina de Kirchner en la justicia.
Santilli es el candidato fetiche del gobierno, que le permitió ganar las elecciones a diputados nacionales del 2025 con una lista que el oficialismo cabalgó nada menos que con el nombre y la foto de otro innombrable, José Luis Espert.
Santilli lo hizo, seguramente porque era de antes el mejor candidato que podía llevar el gobierno, y lo postergaban por inquinas cortesanas que no lo amilanaron; viene de una larga militancia en el peronismo, esa hoguera que se alimenta de carne humana.
Hizo su aprendizaje en el PRO-macrismo, una escuela para templar ánimos. En el rango técnico el gobierno ha confirmado en el cargo a la directora nacional electoral, Luz Landívar, formada en el semillero de expertos electorales que manejó para el peronismo el legendario Jorge Landau, apoderado del PJ Nacional.
Las quimeras de Caputo
El ala Santilli sostendrá el menú corto de iniciativas sobre las PASO y la boleta única. Retiene para sí el tema porque lo corre en paralelo el asesor Santiago Caputo, que respaldó la quimera de la primera versión de la Ley de Bases que buscaba instaurar la elección de legisladores por circunscripción uninominal y derogar la representación proporcional.
El intento de conmover el sistema electoral era la perla de esa reforma, según les confesó Caputo a los legisladores: “- Sueño con irme del gobierno habiendo impuesto el sistema uninominal por circunscripción-“. Antes de irse, que avise cuándo entra en el gobierno, al que presta servicios como monotributista, casi un voluntario de la revolución.
En aquel debate de 2024 Miguel Pichetto les pidió razones por este empeño en reformar el sistema electoral. Le respondieron que es porque lo piden las encuestas y porque el sistema sale caro. Ante el argumento de que no es bueno que haya en el país 700 partidos, Pichetto retrucó que Milei es presidente porque hay 700 partidos. De lo contrario no hubiera tenido ninguna chance de competir.
No hay votos para la elección uninominal
Ese sistema hoy vigente en los países anglosajones existió en la Argentina, permitió éxitos legendarios como la elección de Alfredo Palacios como diputado en 1904 y lo reflotó Juan Perón en 1951. La reforma que defendió este Caputo con vehemencia inexplicable se cayó de la Ley de Bases y llevaría, entiende Santilli, al gobierno a una derrota electoral.
El sistema político argentino ha puesto en remojo el bipartidismo, pero sigue siendo animado por la confrontación de las dos familias políticas que se alternan en la grilla de todas las elecciones desde 1916: el conservadurismo, del cual se nutrió el peronismo, y el no peronismo, que ha tenido como eje al radicalismo y se ha ido adaptando a diversas figuraciones a lo largo del tiempo.
Esa confrontación entre dos familias políticas ha creado el sistema electoral que rige en la Argentina. Llevar al Congreso la elección uninominal, entiende hoy Santilli, es un riesgo serio y sería una derrota innecesaria para el gobierno porque no hay votos para que salga.
Otras quimeras
El ala Caputo está abierta a copiar iniciativas que se manifiestan hoy en otros gobiernos de tendencia autoritaria. En el menú hay otras medidas que buscan complicar más las condiciones para inscribir un partido político, agravar las condiciones para no declarar la unidad, eliminar la ley de financiamiento de los partidos y los espacios publicitarios gratuitos cedidos por el estado y, en cambio, facilitar y aumentar los aportes privados.
Esta línea contradice la doctrina vigente hasta ahora que dice que, si un país quiere tener una democracia sólida como la de Argentina, el Estado tiene que poner la plata y no dejarla en manos del mercado. Una elección es una situación ajena al mercado, y una regulación que impide excesos es justificable.
También muerden ideas como la elección indirecta de los parlasures (diputados al Parlasur, Congreso del Mercosur), rediseñar la Cámara de Diputados y redefinir cuántos diputados debe tener cada provincia sin aumentar la cantidad de representantes.
La actual representación fue dictada por un decreto del dictador Reynaldo Bignone y la Constitución dice que hay que actualizar la cantidad de diputados según el aumento vegetativo de la población. Si se hubiera seguido esa cláusula hoy la Cámara de Diputados tendría casi un millar de diputados.
Cada vez que se discutió esa actualización según la constitución, se abandonó la idea porque es tan difícil como discutir una ley de coparticipación del dinero público. Otra reforma que le fascina al gobierno es la unificación de las elecciones en un mismo día – una manera de nacionalizarlas y favorecer el enganche de resultados -, en el entendimiento de que eso beneficia al oficialismo nacional.
El sordo minué con Villarruel
El ajuste de la cúpula en el Senado tiene la misma melodía que ha acompañado las relaciones entre Milei y su entorno con la vicepresidenta Villarruel. Nadie ha explicado nunca cómo nació la inquina del presidente hacia su compañera de fórmula.
Todo lo que se ha aludido son anécdotas triviales, como que el día que juró Milei presidente en el Congreso aparecieron afiches de exaltación de la figura de Victoria. Tampoco se explica mucho qué aportó Villarruel a la fórmula presidencial.
La llegada de Milei y ella al gobierno se produjo por el colapso del peronismo y de Cambiemos en la primera vuelta electoral, que despejó el camino para que esa dupla se beneficiase del voto no peronista de Cambiemos, que se había quedado sin candidatura por el vuelco en curva de Patricia Bullrich.
Las relaciones malas entre presidente y vice son legendarias, y se produjeron antes: Frondizi-Gómez (que renunció), Alfonsín-Martínez (de quien se contaron diferencias agrias), Menem-Duhalde y después Ruckauf, que no se podían ver en algunos momentos del ejercicio compartido de poder, De la Rúa-Álvarez, y Néstor/Cristina-Scioli, fueron sociedades amargas. Pero se justificaron porque el vice siempre le aportó un plus a cada uno de esos presidentes.
El vice está para reemplazar en una emergencia que espera con ansiedad, pero antes ha servido para que la fórmula gane, porque le suma un territorio o imagen o recursos. Nunca se fundó una fórmula en el amor loco y sin razón. James Carville, que hoy promueve a posibles candidatos a vice de una fórmula presidencial del partido demócrata de los EE. UU., ha reflexionado sobre esas elecciones.
“Los presidentes -ha dicho- tienen que elegir a alguien con quien se sientan cómodos. Tienen que elegir a alguien que vaya a estar listo para ser presidente desde el primer día. Tiene que ser alguien que te ayude a ganar la elección. ¿Crees que a Abraham Lincoln le caía bien Andrew Johnson? ¿Crees que a Roosevelt le caía bien John Nance Garner (vice de su primer mandato)? ¿Incluso Harry Truman? Pues no. ¿John F. Kennedy odiaba a Lyndon Johnson? ¿Crees que Reagan era como el mejor amigo de George H. W. Bush? Demonios, no. Los eligieron el lunes antes de la convención porque, ¿sabes qué, pequeño secreto aquí de las charlas de domingo por la mañana? Porque querían ganar la elección”.
¿Acaso Milei necesitaba a Villarruel para ganar? Quedará para algún arqueólogo del futuro saber por qué Villarruel fue candidata en 2023.
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