
A inicios del caluroso mes de febrero del año 1536, arribó a la boca del Riachuelo de los Navíos, en la región del Plata, una flota de catorce barcos que transportaba entre mil doscientas y mil quinientas personas, más un centenar de caballos y yeguas de Andalucía. Su comandante, el primer adelantado don Pedro de Mendoza, nombró a ese puerto natural Nuestra Señora de los Buenos Ayres, en honor a la patrona de los navegantes.
Lo acompañaban veinte hidalgos, algunos nobles venidos a menos, un buen número de religiosos, otros tantos caballeros de los tercios de Italia, un médico y una imponente tropa reforzada con mercenarios de varios países europeos. A diferencia de otras empresas de conquista, contaba también con un contingente no determinado de mujeres. El objetivo era asentarse, poblar la región y, sobre todo, comerciar con los nativos para obtener riquezas.
Desde el comienzo, la expedición mostró no ser lo esperado. Lejos de encontrar una Tenochtitlán sudamericana o la deslumbrante Cuzco que les proveyeran de oro y plata, los viajeros, que en lugar de redes para pescar o semillas que plantar traían productos para el intercambio, acabaron sitiados, emboscados por los aguerridos querandíes y sometidos a una hambruna atroz que los llevó a la desesperación, la violencia, el canibalismo y la inanición que en poco tiempo se cobró la vida de muchos de ellos.

La presencia de las mujeres en aquel truculento escenario es mencionada de pasada por algunos de los cronistas, tanto los que sobrevivieron para contar la historia como los posteriores, aunque sus relatos y versos están teñidos por los prejuicios de la época.
En Romance elegíaco (1541-1545), por ejemplo, el clérigo Luis de Miranda parangona a la inconquistable tierra rioplatense con una mujer infiel. El mercenario Ulrico Schmidl, por su parte, apenas se refiere en su libro Viaje al Río de la Plata (1567) a las mujeres españolas, aunque recuerda el retraso que el rapto de una de ellas y la venganza de su familia ocasionaron a la flota, a inicios de la travesía. Cabe decir que el alemán se interesa más por describir a las nativas de las distintas tribus.
Décadas después, el arcediano Martín del Barco Centenera (1602) refiere en su poema La Argentina, entre otros, el caso de una de las mujeres de la comitiva de Mendoza, prostituida durante la hambruna por una cabeza de pescado.
Por último, el mestizo Ruy Díaz de Guzmán, recuerda en su libro homónimo (1612-1615) los casos de varias mujeres de aquella expedición, entre las que destaca “la Maldonada”, castigada brutalmente por su deserción y por su convivencia con los querandíes.
Sin embargo, los nombres reales de las valientes aventureras son retaceados en la documentación histórica. Así lo señala Lucía Gálvez en su ya clásico Mujeres de la Conquista (1990). Sobresalen apenas el de la amante de Mendoza, doña María Dávila, y otros pocos como los de Elvira Pinedo, Catalina Pérez, Catalina de Valdillo, Mari Sánchez o Elvira Gutiérrez.
Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres.
La historia de Isabel
Isabel de Guevara, en cambio, ingresa al conjunto de documentos de la primera fundación de Buenos Aires por su propio peso, y se contrapone a la visión misógina imperante en las crónicas masculinas, pues ella misma tomó la palabra en una carta dirigida a la princesa Juana de Austria (hermana de Felipe II y regente de España), para contar la versión femenina de los hechos.
Este texto, fechado en Asunción del Paraguay el 2 de julio de 1556, no sólo es el único relato de la primera fundación de Buenos Aires escrito por una mujer, sino que se aboca a narrar lo que los otros documentos omiten: las tareas y sacrificios notables que recayeron sobre las expedicionarias.
Guevara lo escribió para reclamar un trato igualitario con los hombres en la retribución de la Corona, y para hacerle saber a la princesa “la ingratitud que conmigo se ha usado en esta tierra”.

De la autora conocemos lo que se desprende de la carta. Al igual que las demás mujeres de la partida, tuvo que dedicarse a las tareas que tradicionalmente se atribuían a ellas, relacionadas con la vida doméstica; pero cuando las circunstancias así lo exigieron, cumplió también con las que estaban destinadas a los varones. Así lo refiere de puño y letra:
“Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres; ansí en lavarles las ropas, como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas cuando algunas veces los indios les venían a dar guerra (…) y a levantar a los soldados, los que estaban para ello, dar arma por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden (…).”
La explicación de la fortaleza femenina en plena hambruna, aduce la autora, se debe a que las mujeres estaban acostumbradas a sustentarse con raciones muy inferiores a las de los hombres.
Más tarde, tras la partida y la muerte de Mendoza en altamar, así como el fallecimiento de Juan de Ayolas -su primero al mando- a mano de los payaguaes, Domingo Martínez de Irala asumirá y ordenará la evacuación del poblado de Buenos Aires.
Isabel de Guevara se contará entre los últimos en dejar el asentamiento para sumarse a la expedición río arriba hasta Asunción de Paraguay; viaje en el que, una vez más, las mujeres sostendrán a sus debilitados compañeros -los pocos que quedan vivos-, guisando el pescado de diversas maneras para que acepten comerlo aunque estén hartos de ellos, curándoles las heridas, animándolos y hasta reemplazándolos en sus tareas cuando sea necesario:
“Todos los servicios del navío tomaban ellas tan a pecho, que se tenía por afrentada la que menos hacía que otra, sirviendo de marear la vela y gobernar el navío”, recuerda la carta.
Si no fuera por la honra de los hombres, muchas más cosas escribiera con verdad.
Escape a Paraguay
Los primeros tiempos en Asunción tampoco fueron color de rosa. Las mujeres se hicieron cargo del trabajo de la tierra “rosando y carpiendo y sembrando y recogiendo el bastimento, sin ayuda de nadie.” Por eso la autora pide una compensación a la regente y reclama encomiendas equivalentes a las que se les otorgó a ellos.
La carta deja entrever que Isabel de Guevara llegó al Río de la Plata acompañando a un esposo, padre o hermano -no hay documento que lo aclare debidamente-, quien sin duda murió durante el sitio de Buenos Aires, o acaso fue una de las víctimas del ataque de los timbúes al fuerte de Corpus Christi levantado por los hombres de Ayolas.
Viuda o soltera, una vez en Asunción se casó con un sevillano de nombre Pedro Esquivel, llegado al Paraguay con la comitiva del adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca en 1541. Por él es que la autora, aduce, no puede regresar a España para entrevistarse con la regente y contarle en persona su versión de la historia. En cambio, pide un cargo para el marido, ya que por servirlo y salvarlo varias veces de la muerte es que no se ha ocupado de reclamar, en tanto tiempo, lo que le corresponde.
Nada menciona acerca de la degradación extrema de los conquistadores, la violencia, la desnudez o el canibalismo que sí recuerdan los demás cronistas y que todavía en el siglo XX inspiró a Manuel Mujica Laínez a escribir su relato El hambre. En lugar de eso, aclara con pudor que “si no fuera por la honra de los hombres, muchas más cosas escribiera con verdad y los diera a ellos por testigos”.
Así, la escritura de Guevara, sobria, precisa y respetuosa, se atiene al objetivo de conseguir el reconocimiento y la recompensa. Se advierte en ella lo que caracterizó a otras conquistadoras: el carácter resiliente y práctico, la perseverancia, incluso el arrojo que, en su caso, la animó a saltarse los rangos y alzar la voz para pelear por lo que consideraba suyo. Ignoramos si obtuvo alguna respuesta.
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