La muerte del Roña Castro: su icónica mano a John David Jackson que lo convirtió para siempre en un ídolo de boxeo

Jorge Fernando Castro, quien falleció este miércoles a los 59 años tras descompensarse en el Bingo de Morón, no solo fue uno de los 43 campeones mundiales que logró consagrar el boxeo argentino (las mujeres son 38), sino que además fue el protagonista de una de las victorias más épicas que recuerde el pugilismo nacional: la que logró ante el estadounidense John David Jackson el 10 de diciembre de 1994 en Monterrey (México).

El duelo entre Castro y Jackson se había gestado por capítulos durante un año, con cambios de roles y postergaciones para todos los gustos desde que el norteamericano le había arrebatado el título mediano de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) a su compatriota Reggie Johnson el 1 de octubre de 1993 en el estadio de Obras Sanitarias. En esa misma velada, Locomotora había superado al cordobés Jorge Morello.

Por entonces, el santacruceño tenía 27 años y casi un centenar de peleas como profesional, entre ellas la que había constituido su primer intento mundialista: había caído por puntos ante el estadounidense Terry Norris en París por el cinturón superwélter del Consejo Mundial de Boxeo (CMB). Ya instalado en la división mediano, pese a que tenía físico de wélter, Castro retó a Jackson.

El púgil nacido en Denver no era un adversario sencillo. En diciembre de 1988 se había convertido en el primer campeón superwélter de la naciente Organización Mundial de Boxeo (OMB), al derrotar por nocaut técnico en el séptimo round al mexicano Lupe Aquino en Detroit, y había defendido ese cetro seis veces antes de subir de categoría. El triunfo ante Reggie Johnson había sido el 30° en su trayectoria perfecta.

Jackson agendó a Castro como el adversario para su primera defensa, pero luego encadenó cuatro pedidos de postergación antes de pactar una pelea sin título en juego y sin autorización de la AMB ante Jeff Johnson en Atlantic City. Fue demasiado: el organismo con sede en Panamá le quitó la corona, la declaró vacante y ordenó para dirimirla un combate entre el argentino y Reggie Johnson. El patagónico se impuso por puntos y en decisión dividida en el club Defensores de Villa Luján de San Miguel de Tucumán el 12 de agosto de 1994.

Entonces reapareció el nombre de Jackson, ahora como retador, aunque con la chapa del campeón moral que había perdido su título en un escritorio y con su récord inmaculado. Castro hizo a principios de noviembre una sencilla defensa optativa (noqueó al estadounidense Alex Ramos en el Gimnasio Municipal de Caleta Olivia), pero por entonces ya tenía acordado el enfrentamiento con el número uno del ranking de la AMB.

Jorge Fernando Castro logró una heroica victoria ante John David Jackson en diciembre de 1994 en Monterrey. Foto: AP.

El duelo fue parte de una cartelera denominada “El día del juicio”, organizada por el entonces superpoderoso Don King en el estadio de béisbol de Monterrey, el corazón industrial del norte mexicano, y que también incluyó la presentación de otros cuatro campeones mundiales: el puertorriqueño Félix Trinidad (ante Oba Carr), el estadounidense Frankie Randall (contra Rodney Moore) y los héroes locales Julio César Chávez​ (frente a Tony López) y Ricardo Finito López (con el colombiano Yamil Caraballo).

Pese a estar rodeado por ese cúmulo de estrellas, Castro transcurrió una noche muy poco iluminada, que se fue tornando cada vez más oscura conforme sus ojos se iban cerrando como consecuencia de los impactos de Jackson. Frente a un adversario estático, el estadounidense se hizo un festín con su derecha larga funcionando como un pistón y sus potentes zurdazos que fueron demoliendo al campeón.

Tras siete asaltos de una superioridad abrumadora del retador, el rostro de Locomotora era una masa informe que sangraba por ambos párpados y por la boca. En ese descanso, el médico lo revisó e indicó que no podía continuar, pero el manager Luis Spada, que estaba en el rincón de Castro, le rogó al árbitro sudafricano Stanley Christodoulou que le permitiera seguir. Logró su cometido.

Locomotora Castro, con los ojos cerrados y el rostro ensangrentado durante el combate ante John David Jackson en Monterrey.

Christodoulou no era un improvisado en estas lides. Por entonces llevaba un cuarto de siglo como tercer hombre en el cuadrilátero y había dirigido decenas de contiendas mundialistas, varias con boxeadores argentinos como protagonistas. La más recordada, más sangrienta aun que esta, la que Víctor Emilio Galíndez le ganó por nocaut en el 15° round al estadounidense Richie Kates en Johannesburgo.

Lejos de ofrecer una oportunidad de recuperación, el octavo asalto fue dominado nuevamente por Jackson. “Él entraba, me metía dos o tres piñas y salía. Nunca me daba la distancia, estaba muy veloz y yo estaba casi ciego por toda la sangre que tenía en las cejas”, explicó luego el patagónico. Cuando fue en busca de su banco tras tres minutos de castigo y frustración, sabía que no había demasiado margen: “Me dijeron que era el último round: si no noqueaba en ese, chau, me iban a parar la pelea. No tenía otra oportunidad, no había salida”.

Por ese entonces, las tarjetas daban cuenta de la paliza que estaba transcurriendo en el ring: dos de los jueces, el canadiense Guy Jutras y el mexicano Hector Hernandez Vilchis, habían visto ganar todos los episodios al retador, mientras que el tercero, el también mexicano Eduardo Luna, apenas le había otorgado el cuarto round al campeón.

Había que ser un optimista rabioso para creer que el destino del combate podía torcerse, sobre todo cuando el inicio del noveno asalto, llamado de una u otra forma a ser el último, mostró nuevamente a Castro inmóvil y recibiendo, y a Jackson luciéndose e incluso sobrando a su rival.

John David Jackson cae por segunda vez, Locomotora Castro ya palpita su victoria.

Cuando restaban 62 segundos para el campanazo, un potente zurdazo del norteamericano sacudió la cabeza del hombre de Caleta Olivia. Parecía el final. Según Castro, su retroceso tambaleante y su peligrosa falta de respuesta durante 10 segundos ante la descarga de golpes que le llovía fue parte de un acting para desorientar a su adversario. “El negro fue boludo porque se confió”, afirmó luego el campeón.

Entonces apareció la Mano de Dios, como su autor la bautizó: Locomotora intentó primero con una derecha voleada en cross, pero pasó de largo. Sin embargo, aprovechó el envión para volver con una zurda demoledora que impactó en el mentón de Jackson, quien fue a dar con su espalda contra la lona.

Groggy, el retador se levantó solo por ese acto reflejo de recuperar la vertical que todo boxeador atesora. Christodoulou, contemplativo como había sido unos minutos antes con Castro, le dio el pase, pero la suerte estaba echada. Dos caídas más, más por empujones y endeblez del norteamericano, terminaron de dar forma a la epopeya.

“Creía que Rocky solo existía en la pantalla”, dijo Don King, quien esa noche, en la que todos los campeones terminaron con el brazo en alto, premió al argentino como el boxeador de la velada con un cheque extra de 7.000 dólares que, en el acto, le propuso donar a un hospital. Castro, sin entender una palabra de lo que le estaba diciendo el hombre de la cabellera erizada, aceptó.

Locomotora Castro, sonriente y con los ojos casi cerrados tras su triunfo ante John David Jackson.

Un par de semanas después, la prestigiosa revista especializada The Ring eligió este combate como el mejor del año y el noveno asalto como el round del año. Sin embargo, la épica no le quitó el carácter pírrico a la victoria del santacruceño. “Fue un momento muy feo. Cuando me vi en el espejo, me puse a llorar. Y no por haber ganado la pelea, sino porque nunca me había visto así, todo roto. La cara era una máscara. Me dio muchísima impresión. Nunca me sentí peor”, reconoció Castro. Y admitió: “Fue la peor pelea de mi vida, nunca nadie me pegó tanto”.

Esa misma noche, en el vestuario del estadio y sin anestesia, Walter Quintero, su médico, le aplicó seis puntos de sutura en el parpado izquierdo y cinco en el derecho. Al día siguiente, un poco más tranquilo, aunque con un dolor inédito en el cuerpo, el campeón se permitía bromear: “Casi me saco el PRODE, me faltaron solo dos puntos”. El viaje de regreso a Argentina debió hacerlo con un antifaz cubriendo sus ojos.

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fuente: CLARIN

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