
A finales de los 90, en los albores de una nueva tecnología llamada internet, Silicon Valley tenía un problema de “nueva potencia sectorial”: le sobraban dólares de inversores, pero le faltaban manos. En ese déficit de recursos humanos calificados, un pequeño país de Medio Oriente liderados por la visión de un estadista como Shimon Peres, levantó la mano. Israel, hasta entonces conocido por exportar naranjas, Jaffa y textiles, tomó una decisión audaz: exportar inteligencia. Al igual que Israel transformó su matriz productiva basándose en el capital humano, Mendoza se encuentra ante una oportunidad similar con condiciones que son, casi diríamos, únicas en el mundo.
La Lección del Vino: De la Cantidad a la Sofisticación
Para quienes duden de la capacidad de reinvención de Mendoza, basta con mirar nuestra historia reciente. Hace sólo unas décadas, Mendoza era un productor de vino de mesa a granel, podría decirse un commodity sin identidad definida, de hecho, muchos de los vinos mendocinos se nombraban como regiones de Francia o España. A través de la tecnificación, la inversión extranjera y, fundamentalmente, la capacitación de sus agrónomos y enólogos, la provincia viró el timón. Hoy, Mendoza no sólo produce vinos de alta gama, sino que produce marca país ( o mejor dicho “Marca Provincia”) al haber logrado vinos de alta gama transformándose en uno de los destinos más sofisticados del enoturismo mundial, cautivando a viajeros exigentes que antes solo miraban a Burdeos o Napa Valley.
Todos estos casos tienen un denominador común: condiciones naturales excepcionales, las cuales se agradecen, pero sólo sirven de punto de partida para el desarrollo de productos o servicios de nivel mundial. El verdadero diferencial reside en las personas que lo llevan a cabo. Tanto en las bodegas mendocinas, como en los pasillos de un hotel de viñedos o en las salas de degustación de Luján de Cuyo, encontramos profesionales locales que en base a creatividad e innovación han forjado el estilo propio para la provincia, así es común verlos explicando a turistas procesos técnicos complejos con una naturalidad pasmosa en inglés, francés, italiano o portugués o técnicos haciendo doble temporada en los grandes centros vitivinícolas como Francia o USA. Esa capacidad de brindar servicios con los más altos estándares internacionales revela una verdad fundamental y muy difícil de conseguir: Mendoza ya tiene experiencia y una fuerza laboral cosmopolita, culta y adaptable.
Si pudimos hacerlo con la uva, pasando del granel a la excelencia o desarrollando una marca en enoturismo de alto nivel, podemos hacerlo con el código, la biotecnología la ciberseguridad o cualquier campo en el que el High-Tech del mundo requiera recurso humano.
El espejo del modelo israelí.
Veinticinco años después de la visión de Shimón Peres, esa apuesta transformó a Israel, un desierto que sobrevivía como productor agrícola en la “Startup Nation” que es hoy. Gracias a la inventiva, innovación y gente con excelente base de capacitación, las oficinas de Apple, Microsoft, NVIDIA y Meta forman parte del skyline de Tel Aviv y los empresarios israelíes forman parte en las conversaciones de alto nivel de la industria.
Ahora, casi como un déjà vu histórico, las condiciones se alinean nuevamente, pero el protagonista cambia, si se lo propone, Mendoza tiene la oportunidad de concretar un rol relevante en el High-Tech global y convertirse en el socio estratégico regional que potencias como Israel necesitan para seguir escalando.
Quien observe con agudeza el desarrollo de la provincia notará que estamos ante un escenario de condiciones excepcionales, un momento de ebullición silenciosa similar al que vivieron otros polos de innovación antes de su despegue definitivo.
Un ecosistema institucional maduro, condición necesaria para el desarrollo a nivel global de un nuevo sector
El talento individual no basta sin un contexto que lo contenga. Aquí es donde Mendoza marca una diferencia sustancial tanto respecto al resto del país como a otras ciudades de Latinoamérica. La provincia exhibe una madurez política e institucional que es un activo en sí mismo.
Más allá de los colores partidarios o los ciclos electorales, la dirigencia mendocina ha demostrado la visión necesaria y un consenso (a veces tácito) sobre lo fundamental: el rumbo hacia el progreso, la coordinación con el privado y la apertura al mundo. Existe hoy una comprensión transversal que la gestión de los vínculos internacionales es una política de estado.
Este clima de previsibilidad política se ve potenciado por un cuerpo consular sumamente activo, que facilita redes internacionales constantemente que apoya a un sector educativo dinámico y una clase empresarial pujante que no espera dádivas, sino que invierte y arriesga. Incluso en cuanto a High-Tech se refiere, ya muestra signos de vitalidad mediante startups locales y exitosos fondos de Venture Capital. Si bien perfectible, la relación entre el sector público y los empresarios fluye con una sinergia inusual, creando un terreno fértil donde las inversiones no solo pueden aterrizar, sino que echar raíces y potenciarse.
La exportación de valor puro
Este nivel de sofisticación indica que Mendoza ha cruzado un umbral crítico: está lista para comenzar a exportar valor agregado puro. La próxima gran cosecha de Mendoza no viajará en contenedores ni dependerá de la logística física; viajará por fibra óptica. Se trata de la exportación de recursos humanos High-Tech, donde el activo es la inteligencia, la creatividad y la resolución de problemas complejos.
Es precisamente este capital humano el que cobra un valor inédito en la coyuntura actual. Con la irrupción masiva de la Inteligencia Artificial (IA), las reglas del juego han cambiado como nunca. La IA no es una herramienta más; es el nuevo sistema operativo del mundo. En este contexto, la industria del conocimiento puede convertirse en el motor de desarrollo central de la economía de Mendoza.
Lo fascinante de este modelo es su ecuación económica. A diferencia de las industrias tradicionales, el crecimiento aquí puede ser mucho más rápido de lo que a priori puede suponerse y la rentabilidad (privada y social) tender al infinito al existir una desproporción abismal y virtuosa entre la inversión requerida (formación y conectividad) y el ingreso generado (divisas fuertes por servicios globales). Es una palanca de desarrollo de altísima eficiencia.
Construir sobre lo posible
Es innegable que la macroeconomía argentina si bien parece encaminada a estabilizarse, sigue presentando desafíos y una volatilidad que a menudo desalienta.
Todavía convivimos con dificultades macroeconómicas y una inestabilidad que aleja a los tímidos (y ciertamente a los inversores institucionales), pero el mensaje para los inversores y para nosotros mismos debe ser pragmático: no hace falta que la macroeconomía sea perfecta para empezar. La historia de los ecosistemas exitosos nos enseña que no se espera a que las condiciones sean perfectas; se avanza y se construye con lo posible.
Al igual los sectores de excelencia en Mendoza funcionan como “islas de calidad” desacoplado de los vaivenes locales, un polo tecnológico mendocino trabajando codo a codo con Israel tiene la potencia para organizarse y prosperar.
Una hoja de ruta en tres ejes (y un facilitador)
Para materializar esta visión, no basta con la inercia externa o condiciones institucionales; se requiere un plan de acción anclado sobre tres pilares fundamentales actuando en conjunto: El Sector Público, el sector Privado y la Academia.
El Sector Público: actuando de promotor global. Así como se vendió la marca Mendoza asociada al vino y la montaña, hoy el Estado tiene la oportunidad de promocionar a la provincia ante el mundo como un destino premium de talento High-Tech con una narrativa clara: aquí hay talento dispuesto, infraestructura educativa y calidad de vida, generando las condiciones para que el Sector Privado, busque proactivamente alianzas estratégicas con sus pares israelíes, al principio como proveedores de servicios, y luego a través de Joint Ventures donde las High-Techs israelés descubran la capacidad de ejecución de los profesionales mendocinos y se apoyen mutuamente para escalar mientras la Academia, con las universidades trabajando en simbiosis absoluta con el sector privado, coopera con pares en los países contrapartes y adapta currículas con agilidad para formar los recursos humanos que satisfagan esta demanda explosiva, dando paso al laboratorio conectado.
Todo esto, atravesado por una diplomacia activa que facilita el intercambio, abre puertas y genera el marco cooperación transversal necesario para que el desarrollo fluya.
Mendoza: El socio en la frontera de la innovación
Aquí es donde la figura de Israel cobra un sentido estratégico ineludible. La relación se plantea desde una mutua necesidad. Israel, consolidada como la Startup Nation, ha demostrado en este 2025 una resiliencia que desafía la lógica, incrementando su flujo de inversiones y patentes (a pesar de los desafíos geopolíticos que hubo de atravesar) y que, como consecuencia, enfrenta limitaciones de escala que Mendoza puede suplir. Al igual que Silicon Valley buscó talento externo a finales de los 90, Israel hoy da la bienvenida a la aparición de socios confiables y culturalmente afines.
La sinergia es total. La reciente apertura hacia una minería moderna en Mendoza puede ser el tema que abra un capítulo donde la tecnología israelí en gestión hídrica, agrícola y energética se coordinen con el desarrollo minero de la provincia mientras que, a su vez, nuestro ecosistema emprendedor encuentra en el modelo israelí el espejo donde mirarse.
Las condiciones están dadas. Mendoza ha demostrado que puede jugar en las grandes ligas pasando de la producción a granel a la sofisticación absoluta. La mesa está servida, el socio ideal está identificado y la hoja de ruta se avizora claramente para que la provincia deje de ser sólo la tierra del sol y el buen vino, para transformarse en el hub de innovación más avanzado de Sudamérica. No es momento de dudar, porque el momento histórico es ahora y la oportunidad es toda nuestra.
* El autor es cónsul honorario del Estado de Israel en Mendoza.
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