La lenta recuperación de la ballena azul: cuatro décadas de protección no alcanzaron para salvar al gigante de los océanos

A finales del siglo XIX, las nuevas tecnologías de la Revolución Industrial permitieron empezar a cazar masivamente a una especie de ballena que, hasta esos momentos, era muy difícil de capturar.

Las ballenas azules (Balaenoptera musculus) son consideradas el animal más grande del planeta. Pueden llegar a medir más de 25 metros y pesar más de 200 toneladas.

Debido a las enormes presiones humanas, su población se redujo drásticamente durante todo el siglo XX y, aunque las iniciativas por parte los grupos de conservación llevaron a prohibir su caza, el número de individuos continúa siendo bajo.

¿Cuándo comenzó la caza de ballenas azules?

En el siglo XIX, la consolidación de la Revolución Industrial trajo consigo nuevas tecnologías que ayudaron a mejorar las técnicas de caza general de animales.

Las ballenas azules eran difíciles de cazar. Foto: D.público/Wikipedia

El proceso de la caza moderna de ballenas comenzó en 1860, cuando el noruego Svend Føyn y un estadounidense llamado Thomas Welcome Roys experimentaron de forma independiente una nueva arma: arpones explosivos.

Este dispositivo se disparaba inicialmente desde un arma de hombro. Pero Føyn desarrolló un enfoque diferente utilizando un cañón montado en la proa de una embarcación, que se convertiría en el estándar de la industria.

La invención de arpones explosivos y barcos más grandes con motores más rápidos aumentó la eficiencia de la caza de ballenas azules, las cuales rara vez podían ser abatidas.

Un arpón con el que se cazaban ballenas azules. Foto: Stahlkocher CC BY-SA 3.0

Otro cambio significativo fue el uso de compresores de aire, que se empleaban para llenar los cadáveres de ballenas de aire y evitar que se hundieran.

El principal atractivo para la caza de la especie era su aceite, el cual tenía una alta demanda porque era utilizado principalmente como combustible para lámparas, así como para fabricar velas, lo que lo convertía en una fuente de energía importante.

Según una investigación del sociólogo Richard York, publicada en Sage Journals, su aceite también se utilizaba como lubricante industrial (especialmente en la fabricación textil) y para hacer jabón.

Otras partes, como la carne, también eran comercializadas, pero con una demanda mucho menor.

Su enorme tamaño permitía extraer muchísima materia prima de cada ejemplar. De hecho, su corazón ronda el metro y medio y puede pesar 180 kilos.

El corazón de una ballena azul late entre dos a ocho veces por minuto. Foto: Apeksha roy CC BY-SA 4.0

En ese contexto, la mejora de las técnicas de caza y el aumento del comercio global incrementó la demanda de ballenas azules desde finales del siglo XIX.

El descubrimiento de la población del Atlántico y el brutal proceso de caza

A principios del siglo XX, ocurrió el mayor cambio geográfico en la ubicación de la caza de esta especie. La creciente exploración de los océanos del hemisferio sur, especialmente alrededor de la Antártida, llevó al descubrimiento de una nueva población.

Su nombre taxonómico es Balaenoptera musculus Intermedia y son las ballenas azules más grandes de todo el mundo.

Las ballenas azules estuvieron al borde la extinción. Foto: D.público/Wikimedia

Su población era enorme, abundaban cientos de miles de ejemplares, lo que generó una avalancha de caza a una velocidad sin precedentes.

Se tiene registro de que en la temporada 1930/1931, alrededor de 30 mil individuos fueron abatidos.

“Las ballenas eran tan abundantes en las aguas antárticas que los balleneros eran muy derrochadores en los primeros años de la explosión. Los balleneros solían extraer la grasa principal de las ballenas y luego arrojar los cadáveres al océano“, destacó York.

La creación de la Comisión Internacional Ballenera

El número de su población cayó de forma dramática. La dimensión del mercado global de ballenas y la posibilidad de una masiva extinción llevó a la creación de la Comisión Ballenera Internacional (CBI), en 1946.

Una ballena azul cazada en 1928. Foto: D.público/Wikimedia

Este organismo global se creó con el objetivo de regular la caza para evitar el colapso de la industria debido a la sobreexplotación. Actualmente, es responsable de la gestión y la conservación de la especie.

Según un informe de la propia CBI, alrededor de 300.000 ballenas azules han sido cazadas en el hemisferio sur.

A diferencia de las otras subespecies, que están catalogadas en peligro de extinción, la ballenas del Antártico (Balaenoptera musculus Intermedia) se encuentran en peligro crítico.

Un análisis de la revista Marine Mammal Science, sostuvo que el punto más bajo de su población fue en el año 1973 con menos de 400 ejemplares.

Debido a la masiva reducción de su población y al posible colapso de la especie, la organización decidió, en 1982, establecer una moratoria de la caza comercial de ballenas para las temporadas 1985/1986.

Los actuales trabajos de conservación

Actualmente, existen múltiples personas que se dedican, junto a organismos de conservación, al estudio, cuidado y protección de las ballenas azules. Uno de ellos es Christopher Johnson, científico marino y estratega de conservación, Líder Global de la Iniciativa para la Protección de Ballenas y Delfines de World Wildlife.

Chris Johnson, científico marino y estratega de conservación. Foto: WWF

En diálogo con Clarín, el conservacionista revela los desafíos que aún enfrentan en la conservación de la especie.

“Las ballenas azules siguen estando en peligro de extinción a nivel mundial. La evaluación de 2018 de la Lista Roja de la UICN estimó que había entre 5.000 y 15.000 ejemplares adultos en todo el mundo” comentó el científico.

Respecto a las ballenas azules del Océano Antártico, el resumen de investigación de la Comisión Ballenera Internacional recoge una estimación para 2024 de unos 4.000 ejemplares: “Esto supone aproximadamente el 2% de su abundancia estimada antes de la caza industrial de ballenas”.

Sin embargo, el número refleja un aumento con respecto a los pocos ejemplares que quedaban en la década del 70. “Las cifras han aumentado muy lentamente, pero la población sigue gravemente mermada, 40 años después de que entrara en vigor la moratoria sobre la caza comercial de ballenas”, asegura la investigación.

Ballenas azules en el Oceano Antártico. Foto: Francisco Viddi / WWF

“Los investigadores también han documentado el regreso de ballenas azules a sus antiguas zonas de alimentación en torno a Georgia del Sur, donde un estudio de 2020 registró 58 avistamientos tras décadas en las que rara vez se les veía. Estos avistamientos son alentadores, pero no nos indican cómo está cambiando el conjunto de la población antártica.”, advirtió el conservacionista.

Además, agregó que el fin de la caza comercial de ballenas eliminó la principal causa de su colapso y brindó a las ballenas supervivientes la oportunidad de reproducirse.

Las principales amenazas que continúan enfrentando

Sin embargo, la especie continúa enfrentando distintas amenazas, como las colisiones con embarcaciones, la contaminación acústica submarina, el enredo ocasionado por la pesca y el cambio climático.

Ballena azul muerta luego de una colisión con un barco. Foto: Craig Hayslip CC BY-SA 2.0

“Las colisiones con embarcaciones son motivo de especial preocupación en aquellas zonas donde las áreas de alimentación y las rutas migratorias se solapan con rutas marítimas muy transitadas (como frente a la costa de California)”, admitió.

En la Antártida, los cambios en la disponibilidad y distribución del krill, debidos al cambio climático y a la pesca intensival, ejercen una presión adicional sobre sus zonas de alimentación.

“El krill joven utiliza el hielo marino como refugio y se alimenta de las algas que se encuentran debajo de él. El aumento de la temperatura del océano y los cambios en las condiciones del hielo marino pueden afectar a la supervivencia del krill, a su distribución y al número de ejemplares que alcanzan la edad adulta. Estos efectos varían a lo largo del Océano Austral”, desarrolló.

Los avances en el seguimiento de ejemplares

“Seguimos tratando de comprender qué factores están influyendo en el ritmo de su recuperación y por qué han tardado tanto en regresar a algunas de sus antiguas zonas de alimentación”, detalló el experto.

WWF participa en la conservación de la ballena azul. Foto: D.público/Wikipedia

El seguimiento de ballenas azules supone todo un reto para cualquier investigador, ya que encuentran en un océano inmenso y en condiciones adversas. A pesar de eso, los desarrollos tecnológicos permitieron avanzar en el estudio de estas poblaciones.

“El seguimiento acústico ha mejorado nuestra capacidad para localizarlas. Los investigadores pueden detectar sus llamadas de baja frecuencia a cientos de kilómetros de distancia y, a continuación, localizar a los animales para fotografiarlos, rastrearlos y tomar muestras biopsiológicas”, comentó con entusiasmo.

Un estudio publicado en 2024 recopiló casi dos décadas de estudios acústicos, lo que proporcionó una imagen más clara de su distribución alrededor de la Antártida y a lo largo de las aguas subantárticas. Las fotografías que identifican a los animales permiten a los investigadores reconocer a cada ballena y estimar su abundancia.

Expectativas hacia el futuro

Para finalizar, el Líder Global de la Iniciativa para la Protección de Ballenas y Delfines de World Wildlife se mostró con esperanzas de cara al futuro.

Ilustración de ballena azul. Foto: D.público/Wikimedia

En este sentido, Christopher Johnson es claro: “Tengo esperanzas en su recuperación. El regreso de las ballenas azules a algunas de sus antiguas zonas de alimentación es alentador, pero su número sigue siendo muy bajo”, detalló.

Y agregó: “Se están recuperando a partir de una población excepcionalmente reducida, mientras que el clima y la red trófica del Océano Austral están cambiando rápidamente”.

WWF colabora con científicos y socios conservacionistas para convertir los datos en acciones concretas como proteger las zonas de alimentación críticas, reforzar la gestión de la pesca del krill antártico y conservar los corredores migratorios de las ballenas azules que conectan los hábitats a lo largo de su área de distribución.

El científico también argumentó que la recuperación requiere de redes interconectadas de áreas marinas protegidas, respaldadas por medidas coordinadas para reducir las amenazas a lo largo de sus corredores migratorios.

Insistió en que los gobiernos y la industria también deben reducir las colisiones con embarcaciones y el ruido submarino en las zonas donde sus actividades se solapan con las de las ballenas.

“Espero que, en las próximas décadas, veamos cómo más ballenas azules regresan a sus antiguas zonas de alimentación y se produzca un crecimiento sostenido de la población. Las decisiones que tomemos ahora influirán en esa recuperación”, destacó.

Para finalizar, de manera contundente indicó que: “Proteger sus hábitats y su suministro de alimento, junto con la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, dará a las ballenas azules antárticas una mejor oportunidad de recuperarse a largo plazo“.

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fuente: CLARIN

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