La Inteligencia Artificial transforma – En Linea Noticias

Educación, Democracia y Sociedad.

 Escribe Lic. Marcela Blaufuks

¿Qué ocurrirá cuando una máquina pueda hacer nuestro trabajo igual que nosotros, o incluso mejor, más rápido y con menores costos? ¿Qué lugar ocuparemos? ¿Quién decidirá qué hacer con el enorme valor que la inteligencia artificial ya está empezando a producir?

Para pensar estas preguntas en términos de posibilidades la escuela y el mundo del trabajo son dos ejes que cobran protagonismo. Comienzo por el primero. Los resultados internacionales de las pruebas PISA 2025 ofrecen un punto de partida que no deberíamos pasar por alto. Participaron unos 760.000 estudiantes de 15 años de 91 países. La evaluación registró los niveles promedio más bajos de la OCDE hasta ahora en lectura, matemática y ciencias. Entre 2015 y 2025, el promedio de lectura cayó 28 puntos y el de matemática, 22. Uno de cada cinco estudiantes de la OCDE presenta actualmente bajo rendimiento simultáneo en las tres áreas.

Pero hay un dato que, para quienes pensamos la educación en este tiempo, resulta todavía más significativo.

PISA 2025 incorporó por primera vez una evaluación sobre el aprendizaje en el mundo digital, destinada a observar la capacidad de los estudiantes para construir conocimiento y resolver problemas utilizando herramientas computacionales. Y el informe señala algo que debería interpelarnos: están retrocediendo precisamente algunas de las capacidades que son relevantes en la era de la inteligencia artificial: evaluar información, establecer relaciones y pensar críticamente.

Mientras las máquinas adquieren cada vez más capacidad para procesar información, nosotros retrocedemos.

Y mientras la tecnología avanza hacia espacios cada vez más complejos, la escuela se enfrenta a desafío de reinventarse. Preguntarse qué conocimientos y qué capacidades son irrenunciables como eje común es necesario luego de décadas de fragmentación.

Ahora  el segundo aspecto. La relación de los jóvenes con el futuro laboral también está cambiando.

Es cada vez más frecuente encontrar estudiantes que piensan su formación no necesariamente como una puerta para salir al mundo, independizarse y construir un proyecto profesional propio,  deseo de irse de casa, desarrollarse y conquistar autonomía que parecía tan natural en generaciones anteriores. Aparece el desánimo unido a las creencias del individualismo, la incertidumbre y la falta de oportunidades reales. Vivimos la transformación de una revolución capaz de reemplazarnos como productores. Y, si la inteligencia artificial avanza exponencialmente ¿ cuál será nuestro destino?

 Y quién decidirá¿cómo vamos a distribuir la riqueza que esa inteligencia genere?

Porque la inteligencia artificial ya está produciendo valor. Está transformando la medicina, la ciencia, la industria, los servicios, las comunicaciones, la educación y prácticamente todos los campos de la actividad humana.

Y la herramienta que tenemos para decidir sobre ello es la Democracia. El debate sobre la inteligencia artificial no puede reducirse a cuánto puede hacer una máquina.

También tenemos que preguntarnos qué sociedad queremos construir con aquello que una máquina puede hacer.

La Democracia no es solamente una forma de elegir gobiernos. Es también una forma de organizar nuestra vida colectiva, establecer reglas, distribuir derechos, discutir prioridades y decidir qué hacemos con las posibilidades que tenemos como sociedad.

Si la inteligencia artificial puede multiplicar extraordinariamente nuestra capacidad de producir riqueza, conocimiento y soluciones, entonces quién participa de ese proceso, quién se beneficia y cómo se distribuye ese valor.

Si la inteligencia artificial puede reemplazarnos como productores, la Democracia tendrá que garantizar la distribución del valor que genere.

Pero para que eso sea posible necesitamos ciudadanos capaces de participar de esa discusión.

Y ahí volvemos a la escuela. No alcanza con enseñar a utilizar inteligencia artificial. Necesitamos formar personas capaces de comprenderla, cuestionarla y decidir qué hacer con ella.

En el debate contemporáneo aparecen posiciones muy diferentes sobre el futuro de la Democracia y la Tecnología. Peter Thiel ha formulado públicamente críticas a la democracia liberal y ha planteado una tensión entre Democracia y Libertad en el contexto del desarrollo tecnológico. Yuval Noah Harari, desde otra perspectiva, ha advertido sobre los riesgos que la inteligencia artificial puede generar para las condiciones que hacen posible la conversación humana y, con ella, la Democracia.

No necesitamos elegir entre esas posiciones para reconocer que existe una discusión de fondo: ¿quién tendrá el poder de decidir cuando la tecnología tenga una capacidad de transformación aún mayor? En este punto vuelvo a la Educación como herramienta para desarrollar la materia prima que garantiza la Democracia: el sentido crítico.

No como una competencia más dentro de un programa escolar.

Como una condición para la ciudadanía.

Pensar críticamente es poder detenerse. Preguntar. Contrastar. Dudar. Buscar evidencia. Reconocer una manipulación. Escuchar una posición diferente. Cambiar de opinión cuando los argumentos o los hechos lo exigen.

Es, también, poder distinguir entre una respuesta y una explicación; entre información y conocimiento; entre lo técnicamente posible y lo socialmente deseable.

Jerome Bruner recurre la las ventanas de  Magritte para descubrir a través de ellas otros posibles.

La inteligencia artificial está abriendo nuevas ventanas.

Ventanas enormes hacia el conocimiento, la creación y la resolución de problemas.

Pero necesitamos aprender a mirar a través de ellas para discernir nuestro rol  en este paisaje. Usinas de pensamiento, fundaciones y otros escenarios debaten el impacto mientras la brecha avanza. Llevar la discusión al plano de las decisiones lo garantiza el sistema democrático a través de sus instituciones.  Y una solución técnicamente posible no es necesariamente una solución socialmente deseable. Y en este mar de confusiones no creo que la escuela tenga que competir con las máquinas.

No necesitamos que nuestros estudiantes memoricen más rápido que una inteligencia artificial.

Necesitamos que puedan pensar mejor con ella.

Que puedan preguntarle, discutirle, verificarla, contradecirla y decidir cuándo no utilizarla.

PISA 2025 muestra justamente que el vínculo con la tecnología no es sencillo: los estudiantes que utilizan IA para aprender y que, además, reciben orientación para evaluar la calidad de la información generada por ella muestran mejores resultados que aquellos que la utilizan sin esa orientación.

No se trata de cerrar las ventanas. Se trata de enseñar a mirar.

Y quizás aquí encontremos una de las razones más profundas para repensar la Educación.

La escuela puede ser el lugar donde aprendamos a construir criterio antes de delegarlo. Donde la pregunta tenga tanto valor como la respuesta. Donde podamos comprender que una tecnología puede ser extraordinariamente poderosa y, al mismo tiempo, necesitar de decisiones humanas acerca de sus usos y sus consecuencias. Una máquina puede calcular qué es posible. Una sociedad tiene que decidir qué es deseable.

Y esa decisión no debería quedar exclusivamente en manos de quienes poseen la tecnología, los datos, los algoritmos o el capital necesario para desarrollarlos.

Por eso la Educación y la Democracia vuelven a encontrarse.

La Educación comprometiéndose a formar sujetos capaces de comprender el mundo, cuestionarlo y participar activamente en su construcción.

La Democracia puede ofrecer el espacio colectivo para que esas capacidades se transformen en decisiones.

El sentido crítico es, entonces, mucho más que una habilidad educativa: es la materia prima de una ciudadanía capaz de participar en las decisiones que definirán nuestro futuro.

Podemos delegar tareas.

Podemos delegar cálculos.

Podemos incluso permitir que una máquina piense con nosotros y, en determinadas circunstancias, que piense mejor que nosotros.

Lo que no deberíamos delegar es la decisión sobre para qué queremos utilizar todo ese poder.

Si la inteligencia artificial va a generar una parte creciente del valor económico y social del futuro, necesitamos una Democracia capaz de discutir cómo se distribuye ese valor.

Y necesitamos una escuela capaz de formar a quienes tendrán que participar de esa discusión.

El desafío es decidir qué lugar ocupará lo humano en el mundo que esa inteligencia está transformando.

La inteligencia artificial puede abrirnos infinitas ventanas.

La escuela puede enseñarnos a mirar por ellas.

Y la Democracia garantizarnos que podamos decidir, entre todos, qué paisajes queremos construir.

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fuente: Inteligencia Artificial transforma – En Linea Noticias”> GOOGLE NEWS

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