
Aunque se la responsabilice y demonice, la culpa no es de la Inteligencia Artificial sino de quien le da de comer.
Aunque se la responsabilice y demonice, la culpa no es de la Inteligencia Artificial sino de quien le da de comer.

Las breves historias cotidianas, la adulación acrítica de la ciencia y el sometimiento a las tecnologías, condicionan a la sociedad y a la vez, la disuelven como tal.
Algunas informaciones, noticias y experiencias expresan cómo el deterioro reflexivo, la indolencia cotidiana, el desdén sobre los congéneres y la sumisión ante la confortable tecnología, aceleran la posibilidad concreta de que se extinga la especie humana, sin la intervención de la inteligencia artificial, sin jinetes ni apocalipsis
Ingentes esfuerzos
Cotidiano y superficial, o no tanto. La exigencia de que nuestras huellas estén registradas en bases de datos, tanto de los Estados como de empresas, jerarquizan a las pantallas por sobre los seres. Suena exagerado hasta que podemos comprobarlo.
Llegar a aeroparque y pretender subirse a un taxi, es una primera prueba. Cualquiera que recuerde lo peligroso que resultaba llegar al aeropuerto Jorge Newbery en la década de 1990, celebra las nuevas modalidades. Subirse a un taxi constituía un riesgo vital. Algunos con ardides bien estipulados, otros con una impunidad desesperante, recogían a pasajeros incautos que sufrieron todo tipo de delitos. Desde paseos involuntarios cuyo precio superaba al del boleto del avión, hasta robos y secuestros violentos. El transporte en colectivo nunca fue una buena opción en el aeropuerto. Hoy, la seguridad es casi una garantía. Eso sí, si acaso carece de un smartphone y conexión, hay que estar dispuesto a caminar kilómetros, porque es requisito obligatorio capturar un QR ¿opciones? No, si no tiene cómo escanear el código, no hay servicio de taxi. No hay tarjeta ni efectivo que valga. Y recién hace un par de semanas el gobierno porteño presentó un proyecto que cambia las regulaciones y las aplicaciones como Uber y Cabify serán legalizadas, asimismo siguen siendo el teléfono inteligente y la conexión indispensables. Evitar un viaje, tampoco resuelve la exigencia.
Acá, no más
En el edificio que oficia de vértice entre Avenida España y Necochea, esquina sur-oeste, el banco que compite con la iglesia que está enfrente, tiene en su recepción una pantalla. Ahí hay que introducir el número de documento y el tótem vomita su minúsculo papelito con una letra y un número de tres cifras. Sí, impreso. Para ser atendido hay que estar atento a las otras pantallas, las que anuncian que es el turno de acercarse a alguno de los puestos en los que, aún, hay personas. Aquellos que superan cuatro o cinco décadas, respiran aliviados como personajes de algún cuento de Bradbury, pero no hay que ilusionarse.
Secuencia concreta de un día cualquiera
–Buen día– dice el cliente, con tono suplicante. El que lo llamó podrá o no responder con algún tipo de saludo. Y ese funcionario empleado, tiene todos los datos del cliente, más allá del nombre, el apellido, el número de documento, la situación crediticia, y el historial del suplicante. Arremete pudoroso el cliente. Comienza con la timidez típica del ignorante. –Mire, necesito conseguir una certificación que…-. -Acá no damos ninguna certificación-, responde el joven bancario sin acaso esperar que termine de explicar qué es lo que está solicitando el cliente. -Fíjese en la ap (acrónimo de aplicación) y ahí puede obtener todo lo que necesite. –Disculpe, pero lo intenté y no me proporciona lo que me piden en…-. -Debe entrar a la home- interrumpe el muchacho- y ahí obtiene todo, todo enfatiza con un gesto de fastidio- Mire joven, le cuento -decía el usuario con impaciencia- soy cliente de aquí involuntario, tenía una cuenta en otro banco y este lo absorbió y a mí me habilitaron esta cuenta y ahora -Señor, le dije que eso debe hacerlo en la ap, si la ap no le da la información debe hacerlo en la home- Es que lo intenté, pero no lo conseguí ¿no puede imprimir usted el resumen o un extracto? -Nosotros no podemos dar ni imprimir nada, ya le expliqué.
La estatua ecuestre del general San Martín, que ocupa el centro de su propia plaza, señala el oeste y alguno puede confundirse y creer que le está sugiriendo que se dirija a ese banco, pero no. Tampoco lo está invitando a que se acerque a la Iglesia que guarda los restos de sus propias Hija y Nieta, edificio con un grado de deterioro que entristece. El gesto del Padre de la Patria y la orientación sugerida revelan el camino de su gesta, actitud que dista de la actualidad, en donde nadie orienta ni señala dónde ni cómo hacer las cosas. Ni hazañas trascendentes ni trámites de cabotaje. Toda respuesta está contenida en una pantalla. De celular, de computadora, de un banco, de un aeropuerto.
Luditas amnésicos
Ante la proliferación de Inteligencia Artificial, impacta fuerte el desprecio personal. Desde la evitación de un saludo, hasta la mezquindad de colaborar con quienes no dominan las nuevas tecnologías, en demasiadas ocasiones, son los propios seres humanos los que alientan la desaparición del género. No se trata de incentivar el desuso de pantallas, se trata del trato. Del destrato, de desatender a quienes lo requieren, sin tener como consideración principal que, de no existir ese otro, esa persona, carece de razón el propio trabajo. Las máquinas, aunque sean híper sofisticadas, carecen de sensibilidad pero también de la necesidad de existencia del otro. No requieren comer, beber, vestirse. Respirar y comunicarse es cosa de hombres (y damas) De ninguna manera hay una resurrección de luditas, casi al contrario, hay una santificación de pantallas
Absurdidad ilimitada
Las breves historias cotidianas, la adulación acrítica de la ciencia y el sometimiento a las tecnologías, condicionan a la sociedad y a la vez, la disuelven como tal. La mediación de las comunicaciones interpersonales ha provocado que las pantallas sean imprescindibles y el prójimo: una anécdota. Ante el despliegue formidable de robots que danzan con una cadencia idéntica a las comparsas del carnaval de Gualeguaychú, en simultáneo, un hombre se arroja en las Cataratas del Iguazú para rescatar a su celular; chocan dos helicópteros -dato que desafía la matemática probabilística; drones matan personas con envidiable precisión, luego de haber eliminado a decenas de miles de chicos con armas más convencionales y soldados más humanos, porque solamente el humano tiene esa idoneidad para hacer sufrir y provocar tragedias innecesarias. Si acaso eso no alcanza para conmover, un acontecimiento que duele por inimaginado. Una piba de 21 años es arrojada desde un acantilado, como si se tratara de un objeto inanimado, sin alguna cuerda, arnés ni sistema que impida la colisión de ese cuerpo humano con el suelo, desde cuarenta metros de altura, sin algo que la sujete y sin alguna amortiguación, como si la gravedad fuese cuestión temporaria, como si las tres dimensiones, los cuerpos y la respiración humana formaran parte de un inventario de cosas inadvertidas. La asesinaron, sin motivo ni deseo.
Profecía cotidiana
Incorporar estos datos que pertenecen a la realidad- (o a lo que designamos como tal) y nutrir así a la inteligencia artificial, traduce la amenaza y la convierte en una profecía impostergable. Recopilar los hechos, incluir las experiencias y observar la obstinación con la que se opina graciosamente, de la física cuántica, como si todo se tratara de un acertijo para crucigramas, desafía cualquier buen propósito del hombre (y la mujer) sobre el Planeta, y asegura la extinción de la humanidad, gracias a la vocación que impera cotidianamente, esa de abandonar por pereza o indolencia, un derecho que hasta hace escaso tiempo constituía además, una obligación y una virtud: pensar.
Memoria inútil, pero infinita
Podemos prescindir de bombas de hidrógeno, invasiones alienígenas, epidemias letales, catástrofes telúricas. Mientras sigamos sustituyendo al otro por una pantalla y regodeándonos, anestesiados, sin poder discernir qué es verdad y qué no, indolentes y distraídos, la ficción sublimará lo cotidiano y no quedará nadie capaz de leer su propia historia, aunque su propia historia lo delate, porque nada quedará ajeno a los registros. Aunque absolutamente en vano, todo quedará guardado y condensado, como testimonio de que no hizo falta ningún agente externo para extinguirnos
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fuente: inteligencia artificial frente a la extinción del humano – MDZ Online”> GOOGLE NEWS



