La ilusión de la igualdad abstracta: contradicciones, mestizaje y jerarquías raciales en Argentina

Lo sabe Alicia, este país no estuvo hecho por que sí y podemos agregar que no estuvo hecho de cualquier forma.

Se construyó sobre una promesa bastante temprana de igualdad y libertad. Sí. Pero las personas pasibles de ser libres e iguales no eran las mismas para todos los actores sociales. Desde tiempos coloniales, en los espacios de lo que hoy es Argentina, los colores y los orígenes importaron. Los indígenas estuvieron sujetos a diversas formas de explotación y tributo por ser tales. Los africanos/as y los hijos de las esclavas estuvieron sujetos a la esclavización, y tuvieron derechos diferenciales. Estamos acostumbrados a asociar diferencias de castas y esclavitud con la colonia. Imaginamos que con la independencia se acabaron estas distinciones y los prejuicios derivados de ellos, pero no fue así. Tuvieron legados y rearticulaciones culturales. Ojalá las sociedades cambiaran por decreto (o no, pero en todo caso no lo hacen).

Podemos pasar una vida horrorizándonos de la esclavitud y el régimen racial estadounidense. Hay una fascinante biblioteca al respecto. Fascinante y triste. Pero quizás es más triste que sepamos más de eso que de nuestra esclavitud y de nuestras construcciones de diferencias.

Portada de «A Portraiture of Domestic Slavery in the U.S.», se ve a varias personas observando los restos del Capitolio de los Estados Unidos, calcinado en Washington en 1814. Foto AP/Biblioteca del Congreso.

Por supuesto que enoja que voces provenientes de países colonizadores y con una historia de regímenes racistas legalmente sancionados nos acusen de racistas. Me reí con los miles de memes que se inventaron al respeto. Belleza pura. Pero pasados el enojo y las risas, vale la pena mirar nuestra relación con el racismo en Argentina, a la Argentina.

¿Por qué? Lo voy a decir con la métrica de este tiempo. Casi con eslóganes porque tengo mucho trabajo y porque a veces es lo que las personas están dispuestas a leer.

Nos quiero un montón, pero no coincido con todas las defensas que esbozamos. Creo que cargan distintos grados de idealización.

Me encanta que nos pensemos hechos de pueblos originarios, diáspora africana y diversas migraciones europeas y asiáticas. Sí, para rechazar que el país es racista vimos multiplicarse el reconocimiento de nuestra historia negra e indígena. Una cantidad inédita de hilos, videos y una activa conversación celebrando esas presencias (aunque algunos las declararon desaparecidas por disolución).

Adoro que en estos días nos convertimos en expertos en esclavitud, en nuestro proceso de abolición y en su contraste con otros espacios (aunque se expusieran errores acá y allá). Por ejemplo, que fuimos pioneros en libertad de vientres o abolición del tráfico (ambas cosas ya había antes en EEUU o en Chile, nuestro ejemplo más inmediato), o que no hubo prácticas de segregación en nuestra historia (las hubo en las armas, en las cofradías, en escuelas, en registros).

Nos quiero revueltos como somos, pero no coincido en que el mestizaje fue tan democrático e igualitario como se enfatiza. Eso supone no identificar la dimensión violenta de parte de ese proceso. Precisamos periodizar y pensar críticamente los supuestos culturales del mestizaje y las jerarquías en sus componentes.

Me sorprende que en cada post en que se habló de la Constitución, no digamos que el mismo documento que abolió la esclavitud, propuso una especie de reemplazo poblacional (que traigamos inmigrantes porque la gente de acá no servía).

Amo nuestro antiimperialismo aunque (¡Dr. Freud! gritaría Adolfo Castelo) al final le damos más bola a lo que se escribe en el Washington Post o el New Yorker.

Me “abisma” (así dicen mis fuentes) que de repente recordemos tanto sobre las leyes Jim Crow y escondamos bajo la alfombra las prácticas genocidas contra les indígenas cometidas por el estado argentino.

Movilizaciòn de pueblos originarios al Congreso en noviembre de 2021. Foto: Luciano Thieberger.

Me parece sintomático que no digamos que gran parte de las tierras que se les dieron a los colonos inmigrantes se las tomó con violencia a diversos pueblos. Que se asesinó, de les encerró en campos, que se secuestró a mujeres y niñxs, que se los repartió en distintas provincias como servidores domésticas. Tenemos brillantes historiografías y antropologías al respecto.

Me parece clave que no romanticemos nuestra mezcla, que podamos ver las jerarquías que supone: que se ensalzó la eurodescendencia y se declaró extinta la negritud y a los pueblos originarios.

Quisiera que veamos los puntos ciegos del igualitarismo que profesamos, que conozcamos su construcción no lineal. No digo esto para (re)negar (d)el plebeyismo y el igualitarismo argentinos sino para que podamos ver que no siempre estuvo disponible para todos. También lo señalo para que podamos hacer una defensa radical de la cultura de derechos que apuntaló. Para que no dejemos que se siga rompiendo a fuerza de individualismo, de “sálvese quien pueda”, de barrios privados, de estigmatización de sectores populares, de negación de políticas de reparación a colectivos indígenas y afrodescendientes, de restricción de derecho a la salud y la educación a los inmigrantes.

Protesta ATE por despidos en el Inadi en abril de 2024. Foto Luciano Thieberger.

Nos re quiero, pero confesemos que no se alzaron muchas voces cuando cerraron el INADI, una de las pocas políticas contra la discriminación y el racismo que se había organizado en el país (aunque no funcionara perfecto).

Nos adoro, pero no neguemos nuestras contradicciones. Contémonos que hay detrás de aquel espejo.

Finalmente, unas notas más académicas.

Me entristece que sectores progresistas locales hayan culpado (tu también Brutus) al “wokismo” de estas opiniones. Esa etiqueta pertenece hoy a la derecha y es usada para desacreditar luchas dignas por la igualdad y los derechos, y contra las abstracciones vacías (quiero decir, luchas que dicen que la declaración abstracta de un derecho no alcanza para hacerlo efectivo, palabras más, palabras menos ya lo había advertido Marx).

Esos discursos parecen sugerir que pensar el racismo es pensar una agenda importada. ¿Quieren criticar al multiculturalismo neoliberal? Acá ya fueron y vinieron con esa crítica intelectuales como Claudia Briones. Nuevamente, pensar con/a los “otros” de la nación está lejísimos de ser “hijos” de papás del nortecomo se dijo en algún tweet.

Hace casi cuatro años escribí en un diario nacional y lo retomo acá. Por supuesto que nuestras formas de construcción de identidad y racismo no son iguales a las del Norte global. Agrego, por supuesto que les sobra colonialismo como para ponerse a apuntar sobre nuestro maltrecho país. Pero pensar nuestras jerarquías y los supuestos etnocéntricos de nuestro país no supone importar una agenda ni aceptar categorías importadas. Supone (al menos para los y las colegas que conozco) intentar reconocer la historia de afectos y violencias sobre las que nos construimos. Supone intentar hacer real la promesa bella de esa sociedad igualitarista, mezclada, abierta (que tanto estamos reivindicando, al tiempo que la dejamos destruir).

Fotograma de la pelìcula Nuestra tierra, de Lucrecia Martel. Foto Rei cine

Propongo mirar más Lucrecia Martel y menos Quentin Tarantino. Más Nuestra Tierra y menos Django. Si muchos actores de ese sistema judicial que retrata Martel no nos parece racista, no sé qué nombre darle. Leamos los airados comentarios antes reivindicaciones Miremos el color de las cárceles y de los pibes que detiene la policía, las historias de los migrantes africanos en CABA y después idealicemos nuestra igualdad y nuestra apertura. (Les invito a chusmear el pequeño archivo de racismo argentino que hace unos años construyó Alejandro Frigerio).

Como escribí en ese artículo, jugamos hace mucho el juego de no mirar los colores y las ascendencias, estaba bueno. Pero capaz no tuvo los mismos efectos para todos. Capaz se está acabando el juego que nos hacía felices y capaz nos sirva para identificar y no reproducir los racismos que naturalizamos.

Negra esclava de la época de Rosas Daguerrotipo realizado entre 1850 y 1852, autor desconocido, forma parte de la colección del #ComplejoMuseográficoEnriqueUdaondo

Pd. Perdimos una copa pero ganamos una bandera (no es poco en medio de un gobierno entreguista que quizás así encuentre un límite).

Candioti es historiadora, Inv. Independiente del Conicet, en el Instituto Ravignani y Profesora asociada de la Universidad Nacional del Litoral. Autora de Una historia de la emancipación negra (Siglo XXI).

fuente: CLARIN

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