
Podríamos definir a “trabajar” como: “amanecer empalados por un tridente todos los días”. Bueno, no exactamente. Pero la etimología nos da permiso a esta exageración: la Real Academia Española (RAE) rastrea “trabajar” hasta el latín vulgar tripaliare, torturar, derivado de tripalium, un instrumento de tortura compuesto por tres maderos. No era un tridente ni sabemos de oficinistas romanos empalados un lunes a las ocho. Pero la raíz es suficientemente incómoda: en nuestra lengua, trabajo y padecimiento nacieron demasiado cerca.
Del tridente al sudor
El Génesis tampoco ayuda a suavizar la imagen. Después de la caída aparecen el dolor: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan”. Pero hay un detalle extraordinario que solemos olvidar: Adán ya trabajaba antes. Un capítulo antes, Dios lo había puesto en el jardín del Edén “para que lo cultivara y lo cuidara”. El trabajo existía antes del castigo; lo que aparece después es el padecimiento. Entonces me permito una primera irreverencia: el castigo no fue trabajar. El castigo fue que trabajar doliera.
Muchísimo después, Winston Churchill ofreció a los británicos “sangre, sudor y lágrimas”. Hablaba de una guerra, claro. No de Recursos Humanos. Pero la frase condensa una épica que todavía nos acompaña: cuanto más cuesta, más mérito parece tener. Si terminaste agotado, trabajaste mucho. Si lo resolviste rápido, parece trampa. Si disfrutaste haciéndolo, casi que no cuenta. ¿Y si llevamos siglos confundiendo trabajo con sufrimiento?
El viaje del valor
Para mí, trabajar es la intervención consciente que un sujeto “experto” hace sobre una realidad —un objeto— para modificarla y agregarle valor para otros sujetos. Pongo “experto” entre comillas a propósito: no hablo solamente de títulos. Puede ser conocimiento, experiencia, oficio, sensibilidad o criterio.
El esquema es simple: sujeto → objeto → sujeto.
Un carpintero interviene madera y construye una mesa, pero el valor no termina en la mesa: alguien come, conversa o festeja alrededor de ella. El valor no queda encerrado en la cosa. Viaja. Juan Pablo II, a quien siempre admiré, desarrolló una idea muy cercana en Laborem exercens, su encíclica de 1981 sobre el trabajo humano.
Allí distingue entre el trabajo objetivo —la técnica, los instrumentos— y el subjetivo: la persona que trabaja. Y deja una frase que parece escrita para esta discusión: el trabajo está “en función del hombre” y no el hombre “en función del trabajo”. También advierte que la técnica puede pasar de aliada a adversaria cuando suplanta al hombre o le quita satisfacción, creatividad y responsabilidad. Cuarenta y cinco años después, cuesta leerlo sin pensar en el “impacto Inteligencia Artificial en la empresa”, lo que tratará esta serie de al menos 6 artículos.
Juanjo, Ryan y el precio de intervenir
Cada quince días (ponele) viene Juanjo a cortar el pasto de casa. Juanjo sabe intervenir mi jardín muchísimo mejor que yo. Ahora imaginemos a Ryan —nombre yanqui casi obligatorio—, ingeniero aeroespacial de SpaceX. Él también interviene una realidad, pero sobre cohetes donde una decisión puede valer millones.
Los dos trabajan y tienen exactamente la misma dignidad como personas. Pero sus intervenciones no tienen el mismo valor económico. Cambian la escasez del conocimiento, la complejidad del objeto, la cantidad de personas capaces de hacerlo, la responsabilidad y el valor generado para otros. El salario no mide dignidad. Pero tampoco pagamos solamente tiempo, esfuerzo o sudor: pagamos, entre otras cosas, la capacidad de producir una transformación valiosa.
¿La inteligencia artificial trabaja?
Hasta hace poco, sujeto y herramienta se distinguían con comodidad. El martillo golpeaba; el carpintero decidía. La calculadora hacía cuentas; el contador interpretaba. La Inteligencia Artificial (IA) desordenó esa tranquilidad. Hoy redacta, programa, compara documentos, analiza datos, diseña e investiga en minutos. Hoy mis palabras se mezclan con las sugeridas por una IA. Esa fusión, me encanta.
Vengo llamando Razonamiento Computacional (RC) a esa capacidad matemática y probabilística de procesar información, encontrar patrones, inferir y generar resultados. La máquina puede intervenir el objeto, claro. ¿Entonces trabaja? En el lenguaje cotidiano, sí: hasta la RAE acepta que una máquina “trabaja” cuando funciona. Pero en el sentido humano que propongo acá, no. Transformar algo no alcanza. Falta un sujeto consciente capaz de comprender para qué, para quién y bajo qué responsabilidad se realiza esa transformación.
El punto incómodo es otro: durante décadas diseñamos puestos como colecciones de tareas. Redactar informes, preparar balances, responder correos, revisar contratos. Si alguien completaba la lista, decíamos que había trabajado. Ahora muchas de esas operaciones empiezan a migrar hacia las máquinas. Y cuando hacer se vuelve más barato, el valor cambia de lugar.
Resignificar el lunes
¿Quién dijo que trabajar necesariamente tiene que doler? Disfrutar lo que hacemos no le quita dignidad. Terminar rápido no debería convertirlo en trampa. Eliminar una tarea absurda no nos vuelve vagos. Y ahorrar cuatro horas gracias a una máquina no nos obliga a llenarlas con otras ocho de producción.
En esta Era de la Humanidad Aumentada, el trabajo no sólo va a cambiar de forma. Tiene que cambiar de fondo. En cinco años, diez o quizá menos, ¿seguirá teniendo sentido que hagamos los mismos trabajos de hoy de la misma manera? ¿Qué conocimientos serán escasos cuando la respuesta técnica sea abundante? ¿Qué debería aprender un joven? ¿Qué debería exigir una empresa? No tengo todas esas respuestas. Por eso esta es la primera de seis notas.
Pero sí tengo una sospecha: si seguimos definiendo trabajar como completar tareas, la IA nos va a obligar a correr cada vez más rápido detrás de una definición que ya quedó vieja. Una tarea es una operación. El trabajo es algo más profundo: decidir qué realidad vale la pena transformar, con qué criterio, para generar qué valor, para quién y bajo la responsabilidad de quién.
La empresa que entienda solamente la eficiencia usará IA para hacer más con menos. La que se anime a resignificar el trabajo puede usar la misma potencia para elevar el criterio, la experiencia, la responsabilidad y —por qué no— el disfrute de hacer algo que valga la pena.
Tal vez dentro de diez años sigamos diciendo “me voy a trabajar”, pero estemos hablando de algo bastante distinto. La palabra probablemente sobreviva. El tripalium, espero que no.t
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