
Durante trece días, el mundo colgó de un hilo, un hilito tan frágil pero tan frágil, que el más leve error, la más ligera interpretación, un yerro en la traducción de los febriles documentos que se intercambiaron entre Estados Unidos y la Unión Soviética; cualquier cosa, incluso hasta el arranque indignado de cualquiera de los dos líderes de esas dos potencias o, lo que sí casi ocurre de verdad, el triunfo de la postura militar del Pentágono o del Kremlin sobre la crisis, hubiera desencadenado una guerra nuclear y la posibilidad de que el planeta regresara a la sombra de las cavernas.
En octubre de 1962, un despliegue de misiles soviéticos en Cuba obligó a Estados Unidos a una decidida acción diplomática y militar para que esos misiles fuesen retirados de la isla. De lo contrario, habría guerra. No la hubo por casualidad. Y porque el entonces presidente de Estados Unidos, John Kennedy, y el primer ministro de la URSS, Nikita Khrushchev, jugaron una partida de ajedrez al borde del abismo y decidieron hacer tablas en el último segundo. Cuando por fin triunfó la cordura y asomó apenas la posibilidad de un acuerdo, Dean Rusk, que era el secretario de Estado de Kennedy, resumió la angustia y el peligro de aquellos días con una frase digna de los duelos callejeros del Far West: “Nos miramos muy fijo a los ojos. Y ellos pestañearon primero”.

Todo pasó a la historia como “La crisis de los misiles”. Después del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, después de una fracasada invasión mercenaria a la isla en abril de 1961, financiada y apoyada por Estados Unidos, después de que durante las honras fúnebres a los caídos en esa intentona Fidel Castro declarara a Cuba “Primera República Socialista de América” y, sobre todo, después de que el líder cubano entregara su futuro y el de su nación a los brazos bien dispuestos de la URSS, Estados Unidos vigiló muy de cerca a Cuba ante la eventual injerencia soviética en la política de la isla.
El 7 de septiembre de 1962, Kennedy fue informado por la CIA del emplazamiento de misiles en Cuba y de la posibilidad de que también se instalaran otras armas ofensivas. ¿Qué hacían en Cuba misiles soviéticos? La versión oficial del Kremlin dijo que se trataba de misiles SAM, (Surface Air Missile), puramente defensivos, ante el temor de una nueva invasión extranjera a la isla. La URSS se ponía así a la cabeza de la defensa de Castro y de su régimen. Pero los soviéticos mentían y los estadounidenses lo supieron: los misiles no eran SAM, sino MRBM (Medium Range Ballistic Missile), misiles de alcance medio, capaces de llegar hasta tres mil kilómetros de distancia. También sospecharon de la existencia, luego confirmada, de proyectiles IRBM (Intermediate Range Ballistic Missile) que ampliaba su accionar a los cinco mil quinientos kilómetros. No eran armas defensivas, eran armas ofensivas. Y apuntaban todas hacia Estados Unidos.

¿Cómo lo supo el gobierno de Kennedy? Informes de inteligencia y en especial de anticastristas exiliados en Miami denunciaban que en la isla había al menos cinco mil soldados rusos y un incesante desfile de camiones con “largos objetos cilíndricos”. Además, los aviones espías U-2 habían iniciado una vigilancia constante del territorio cubano. Al gobierno de Kennedy le restaba develar un misterio: si esos “otros misiles”, los MRBM, eran capaces de transportar ojivas nucleares y si había ojivas nucleares en Cuba.
La primera resolución del gobierno estadounidense fue declarar que no iba a tolerar armas ofensivas en Cuba, de ningún tipo, y disponer más vuelos espías. Pero entonces intervino la naturaleza: la isla quedó sepultada durante más de un mes por un espeso manto de nubes que hacía imposible fotografiar su territorio. Recién cuando se despejó el cielo, el 14 de octubre, los U2 volvieron a volar: lo que fotografiaron puso en alerta a la CIA.

Imagen obtenida de por un avión espía U-2 sobre Guanajay, al oeste de La Habana, el 29 de agosto de 1962. El recuadro marca el terreno donde, para mediados de octubre, los vuelos de reconocimiento encontrarían bases soviéticas de misiles de alcance intermedio en construcción. Foto: Colección Dino A. Brugioni / National Security Archive.
Había un arsenal de misiles soviéticos en Cuba; varios emplazamientos y rampas de lanzamiento estaban listos para ser usados, y era muy posible que la isla albergara también algunas ojivas nucleares para armar los MRBM y los IRBM. La leyenda asegura que Khrushchev dijo a sus ministros en el Kremlin que ahora Estados Unidos sabía lo que era vivir con misiles “en la puerta de casa”, en referencia a los proyectiles que Estados Unidos tenía desplegados en Turquía: esas también eran armas ofensivas y también apuntaban todas a Moscú.

De la instalación de misiles soviéticos en Cuba sabían muy pocas personas en la administración Kennedy: el presidente, su hermano Robert, ministro de Justicia, el secretario de Estado Rusk, aquel del pestañeo, Robert McNamara, secretario de Defensa, John McCone, director de la CIA, y un joven consejero de seguridad del presidente, McGeorge Bundy. McNamara se había reunido con la Junta de Comandantes en Jefe, el organismo más alto de las fuerzas militares conjuntas, para darles la noticia y asegurar que el presidente había dispuesto no tomar ninguna acción militar contra Cuba en los siguientes tres meses. Los jefes militares igual revisaron los planes de un bombardeo masivo contra Cuba, seguido de una invasión militar, también masiva.
En la tarde del 15 de octubre, el subdirector de la CIA, Charles Bohlen, alertó por teléfono a McGeorge Bundy: “Esas cosas que nos tienen preocupados, se ven exactamente como lo que pensamos que son. Es un maldito secreto”. El consejero decidió avisarle a Kennedy al día siguiente: pensó que al presidente le esperaban días agitados y esa misma tarde había regresado de una agitada gira de campaña en New York.

A las ocho de la mañana del día siguiente, el mismo Bundy despertó a Kennedy con la novedad y el presidente citó a una urgente reunión de emergencia en la Casa Blanca para esa misma tarde. Antes, llamó a su hermano. “Tenemos un gran problema”, le dijo. Y dijo también que Khrushchev se había portado como “un maldito mentiroso (“a fucking liar)” y como “un gánster inmoral, no como un hombre de Estado”. Los hermanos Kennedy coincidieron de inmediato en lo esencial: había que sacar los misiles de Cuba. Lo que quedaba por debatir era cómo responder a la agresión rusa y cubana. Bobby Kennedy corrió hasta la oficina de Bundy para ver las fotos tomadas por los aviones de la CIA. Su reflexión fue gráfica, pero poco académica: “Esos rusos hijos de puta…” Este es el día que se toma como el del inicio de la crisis de los misiles.
Si esa crisis se conoce hoy paso a paso, es porque Kennedy había instalado un sistema de grabación que abarcaba casi todo el sector no privado de la Casa Blanca, de modo que todos los debates y las discusiones de esos días cruciales fueron registrados y dados a conocer a lo largo de los años y, en especial, cuando ya en los años 80 rusos, cubanos y americanos armaron una serie de encuentros en los que analizaron día por día aquellas dos semanas dramáticas.
A partir de esa primera reunión del 16 y hasta el 21 de octubre, el gobierno de Estados Unidos debatió en secreto las opciones para responder a Cuba y a la URSS, opciones que oscilaron entre el bombardeo masivo, la invasión o un bloqueo naval. El comité de crisis, bautizado ExComm por Executive Committee, que sesionaba en la Sala de Gabinete de la Casa Blanca, estaba integrado por los principales funcionarios del Departamento de Estado y de Defensa. Rusk, a la derecha de Kennedy, encabezó su equipo formado por Edwin Martin, Alexis Johnson y por Llewellyn “Tommy” Thompson, flamante exembajador en Moscú y el tipo que mejor conocía a Khrushchev: sería de vital importancia en el curso de la crisis. McNamara, a la izquierda del presidente, encabezó el equipo de Defensa integrado por los secretarios Roswell Gilpatric, el jefe de la junta de comandantes, general Maxwell Taylor, un héroe del desembarco en Normandía, y Paul Nitze, el arquitecto de la estrategia estadounidense frente a la Unión Soviética. Frente a Kennedy, entre otros consejeros de seguridad, se sentaron el vicepresidente, Lyndon Johnson, y Robert Kennedy.

El despliegue de funcionarios era tal, que alguien reparó en que, si de verdad querían mantener en secreto la crisis y sus motivos, todos debían llegar a esos encuentros de otra manera porque la Casa Blanca estaba invadida de autos oficiales y del servicio secreto, lo que no iba a pasar inadvertido a la prensa. Kennedy supo entonces por qué la CIA había identificado con precisión a los misiles MRBM: habían detectado que el tamaño de las carcasas de esos misiles fotografiados en Cuba era idéntico al que los soviéticos mostraban en sus desfiles militares que celebraban las victorias del Ejército Rojo.
Durante esos agitados días, las dudas fueron mayores que las certezas entre quienes analizaban la crisis. McNamara estaba seguro de que los cubanos iban a instalar ojivas nucleares en sus misiles. Lo que importaba entonces era si esos proyectiles estaban listos o no para ser disparados. Otro interrogante vital planteaba si los soviéticos iban a dejar el armamento en manos cubanas o serían ellos los encargados de los lanzamientos y, luego, quiénes tomarían la decisión de cómo y cuándo usar esos misiles: ¿rusos o cubanos?

Panel informativo de la CIA para Kennedy que muestra el alcance de los misiles balísticos de alcance medio soviéticos. Foto: Colección Dino A. Brugioni / National Security Archive.
Dos bandos se enfrentaron entonces en el seno del gobierno estadounidense: halcones y palomas. Fue la primera vez que los dos sustantivos adjetivados se aplicaron a dos estrategias posibles ante una única decisión: sacar los misiles soviéticos de Cuba. La esencia de aquellos dramáticos días radicó en cómo y por qué muchos halcones se convirtieron en palomas, mientras que unas pocas palomas se arrimaron a los halcones. Un halcón de garras afiladas que optó luego por la negociación y por evitar la guerra, fue el hermano del presidente.
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La diplomacia, en muchos casos a la par del poder militar, presentó dos o tres opciones: ninguna incluía el diálogo. Dean Rusk propuso un bombardeo relámpago y efectivo que eliminara todas las bases soviéticas, seguido de la invasión a Cuba y, en un momento, dijo a Kennedy: “Señor presidente, usted también puede solucionar el problema borrando a la isla del mapa”. Pero, con el correr de los días, todas esas “soluciones” fueron desechadas, ante la indignación de los jefes militares.
Las fuerzas armadas no podían asegurar que todos los misiles fuesen eliminados en un primer ataque, lo que abría la posibilidad de una represalia nuclear cubano-soviética; la invasión implicaba la muerte de miles de soldados rusos, lo que iba a desatar un conflicto armado entre Estados Unidos y la URSS. Por último, Kennedy estaba convencido de que Khrushchev usaba a Cuba como un comodín para apoderarse de Berlín si Estados Unidos ponía un dedo en la isla.
Mientras continuaban los debates secretos, o casi secretos, del ExComm, transformado ya en un ampliado Consejo de Seguridad Nacional, Kennedy mantenía su rutina: recibió en esos días al príncipe de Libia, al astronauta Walter Schirra y al primer ministro japonés. El jueves 18 de octubre recibió al canciller de la URSS, Andrei Gromyko, a quien le pidió detalles sobre el armamento soviético desplegado en Cuba. Kennedy tenía sobre su escritorio las fotos de la CIA que mostraban los emplazamientos de misiles nucleares en la isla. Gromyko, que se quejó de las amenazas estadounidenses a Cuba, le reiteró que se trataba de armas defensivas. Más tarde, Kennedy se asombraría: “¡Es increíble! ¡Me mintió en la cara!”
El 19 voló a Chicago en un nuevo viaje de campaña. Al día siguiente, recibió un mensaje de su hermano Robert: parte de los misiles estaban ya en condiciones de ser disparados; debía volver urgente a Washington. Su médico personal, el almirante George Burkley, le fabricó una salida elegante: le hizo vestir un abrigo pesado y una bufanda, lo obligó a ponerse un sombrero, (Kennedy odiaba los sombreros) y anunció que el presidente estaba enfermo, gripe con seguridad, y que regresaba a Washington. En el ascensor del hotel que lo llevaría al estacionamiento subterráneo, al auto y al aeropuerto, Kennedy se topó con Phil Graham, propietario y director del Washington Post: “Vos no tenés nada –le dijo Graham–. Es Cuba, ¿verdad?” “Es Cuba –dijo Kennedy–, pero no podés publicar nada”. El Post no publicó nada.
La prensa sospechaba que la gran crisis por venir era Cuba. Pese a la determinación presidencial de no invadir, el poder militar, abiertamente hostil a Kennedy, había ordenado el transporte de un gran número de tropas desde California a Miami ante la posibilidad de una guerra. Por fin, el lunes 22 de octubre, y cuando ya era imposible demorar una decisión y mantener el secreto, Kennedy habló a la nación para anunciar el bloqueo naval de Estados Unidos a Cuba. Exigió a la URSS el retiro de los misiles, anunció el aumento de la vigilancia aérea y naval sobre la isla, ordenó la evacuación de los civiles de la base de Guantánamo, llamó a debate a las Naciones Unidas y a la OEA y, en su tercer punto, avisó: “Será política de esta nación considerar cualquier misil nuclear lanzado desde Cuba contra cualquier nación del hemisferio occidental como un ataque de la Unión Soviética contra los Estados Unidos, que requerirá una respuesta de represalia completa contra la Unión Soviética”.

El mundo contuvo el aliento. ¿En qué consistía el bloqueo? En impedir el paso de cualquier buque extranjero con destino a Cuba que llevara armamento ofensivo, o fuese sospechoso de hacerlo, y cercar el mar territorial de la isla con fuerzas navales y aéreas de Estados Unidos. Bobby Kennedy pidió prudencia: “No quiero que interceptemos un barco ruso que lleva a Cuba alimentos para bebés”. Por razones legales, el bloqueo, que implicaba casi una declaración de guerra, fue llamado “cuarentena”. El resultado del anuncio de Kennedy fue un agravamiento del conflicto: el mundo volvía a estar al borde de la guerra. ¿Nuclear esta vez? Era muy probable.

Imagen del carguero soviético Poltava, volviendo de regreso hacia Moscú el 24 de octubre dee 1962, transportando misiles IRBM. Foto: Colección Dino A. Brugioni / National Security Archive.
Recién el 24 de octubre los barcos soviéticos que se acercaban a la zona fijada por el bloqueo de Estados Unidos detuvieron su navegación. Algunos dieron marcha atrás, otros cambiaron de rumbo. Fue la primera señal de que un acuerdo era posible y habilitó a que Dean Rusk, hablara sobre quién había pestañeado primero.
El 26 de octubre, en una maniobra militar y de inteligencia elaborada por el Pentágono, la Armada estadounidense abordó el carguero “Marucia” que llevaba, bajo bandera del Líbano, un cargamento fletado por los soviéticos. Transportaba papel, azufre y repuestos para camiones; el barco siguió su marcha rumbo al puerto de La Habana. Fue un aviso a la URSS: la cuarentena, el bloqueo, iba en serio. Los soviéticos también iban en serio. Muchos años después, en la década del ’80, se supo que los buques de la URSS que viajaban a Cuba lo hacían escoltados por submarinos armados con proyectiles nucleares. Esa tarde en la que los barcos rusos se detuvieron, Kennedy recibió de Khrushchev una carta personal en la que ofrecía retirar los misiles de Cuba a cambio de poner fin al bloqueo y de la promesa de Estados Unidos de no invadir la isla.
Así entró el mundo al sábado 27 de octubre, el más decisivo y dramático de la crisis. Ese día, un avión U2 de Estados Unidos fue derribado sobre Cuba, murió su piloto y la tensión se hizo aún mayor. Una segunda carta, esta más dura, con mayores exigencias y también firmada por Khrushchev, puso al gobierno ante un dilema: ¿cuál de las dos contestar? Los analistas tuvieron la impresión de que la primera carta había sido escrita por Khrushchev, y la segunda por el ala dura del Kremlin.
Al anochecer, Robert Kennedy se entrevistó en secreto con el embajador soviético en Washington, Anatoly Dobrynin, con quien mantenía un diálogo casi abierto y directo con Khrushchev por encima del Departamento de Estado y de la CIA. El líder soviético hacía lo mismo por encima de la KGB y de su canciller. El hermano del presidente dijo entonces a Dobrynin que era urgente que Khrushchev supiera que los misiles americanos en Turquía serían retirados, pero meses después de terminada la crisis con Cuba. Y dijo algo más: esperaba una respuesta urgente porque su hermano corría el peligro de ser derrocado y asesinado por los militares.
Dobrynin escribió un cable cifrado a Moscú con el resumen de su charla con Bobby Kennedy y lo envió por Western Union; así de frágil era todo. Pasó a retirarlo por la embajada soviética el mismo empleado de siempre, un chico negro que pedaleaba su bicicleta. Dobrynin recuerda haber pensado: “Como ese muchacho se detenga un rato en la casa de su novia para darle unos besos, podemos volar todos por el aire”.
Robert Kennedy regresó a la Casa Blanca ese sábado lleno de tensión con una propuesta para su hermano sobre las dos cartas de Khrushchev: “Contestá la primera. Olvidate de la otra”. El presidente entonces envió un borrador de acuerdo basado en la primera propuesta del líder soviético: retiro de los misiles de Cuba a cambio del alzamiento del bloqueo, de la eliminación de los proyectiles americanos de Turquía y de la promesa de no invadir Cuba.
Pero hasta la respuesta de Khrushchev a esa propuesta, el mundo colgaba de aquel hilo tan fino. Kennedy mandó a todo el mundo a sus casas, a que estuvieran junto a sus familias después de tantos días de trabajo continuo. Pero la verdad era que en Washington ya estaba en marcha un gigantesco plan de evacuación de todo el gobierno, junto a sus familiares directos, a un lugar no revelado. McNamara dejó la Casa Blanca, según recordó años después en un fantástico documental, “The Fog of War – La niebla de la guerra”, y salió a una bella noche de otoño, de cielo claro y estrellado: “Pensé que nunca más vería una noche así”.
Al día siguiente, domingo 28 de octubre, Khrushchev aceptó desmantelar las bases soviéticas en Cuba con supervisión de Naciones Unidas. A cambio, Estados Unidos hizo pública su decisión de no invadir la isla, mantuvo en secreto su compromiso de retirar sus misiles de Turquía y mantuvo el bloqueo, ahora en forma de embargo económico que dura hasta hoy. Así terminó la Crisis de los misiles cubanos, que eran soviéticos. Cómo se instrumentó todo es otra historia apasionante, pero se hizo ya sin la sombra de la guerra nuclear. Estuvimos cerca.

En “The Fog of War”, McNamara lo dejó plasmado en una escena dramática. Dijo: “Tuvimos suerte. ¡Fue pura suerte lo que impidió la guerra!” Luego trazó una delgadísima línea horizontal con el pulgar y el índice separados por milímetros y dio: “¡Así estuvimos!” Después de tantos días de tensión, la única nota de humor la pusieron los cubanos: se sintieron usados por Khrushchev y abandonados por la URSS; su poderío nuclear, su sofisticado y nuevo armamento que hubiera convertido a Cuba en una potencia continental, había desaparecido de la noche a la mañana.
Entonces salieron a las calles para protestar. Y en medio de una triste algarabía, cantaron: “Nikita, mariquita, / lo que se da no se quita”.
Créditos
• Datos y diseño de infografías: Damián Mugnolo
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