
La era de los acorazados, esos grandes buques dotados de un blindaje pensado para soportar los ataques de la artillería, parecía haber terminado después de la Segunda Guerra Mundial. Precisamente, la rendición de Japón se firmó en la cubierta del USS Missouri, un acorazado de la clase Iowa.
Después de la guerra, en los años 80, durante la presidencia de Ronald Reagan, los acorazados volvieron a vivir, con cuatro barcos que navegaron durante una década. Entonces, sí, desaparecieron de la flota estadounidense.
Estos enormes buques, equipados con cañones de 406 mm (en la clase Iowa), eran vulnerables a los misiles modernos, además de ser muy costosos en cuanto a mantenimiento y tripulación.
Hoy, la potencia ofensiva de la Armada se basa en su docena de portaaviones nucleares, sus submarinos de ataque y balísticos, y destructores y cruceros equipados con modernos sistemas Aegis. Pero un proyecto puede cambiar este panorama.
Para recuperar la capacidad de fuego de largo alcance, compensar la retirada de buques guiados por misiles y la creciente competencia de China y Rusia, aparece la propuesta de una nueva clase de acorazados, bautizada de manera informal como Trump-class battleship (buque de guerra clase Trump).
El propio presidente Donald Trump presentó el proyecto en diciembre de 2025. La cadena ABC News recuerda que, entonces anunció: “la nave será la más rápida, la más grande y, por mucho, 100 veces más poderosa que cualquier acorazado jamás construido”. Agregó que “la llamamos la Flota Dorada que estamos construyendo para la Armada de los Estados Unidos”.

El sitio especializado en defensa y seguridad 1945 dice que “los defensores de la Trump-class señalan que este buque, que sería mucho más grande que los destructores modernos, podría ofrecer una capacidad de ataque estratégico desde el mar, llenando un vacío significativo en el arsenal naval”.
A diferencia de los acorazados que navegaron los mares hasta los años 90, los de la Trump-class tendrían modernos sistemas de ataque:
- Misiles hipersónicos Conventional Prompt Strike (CPS), que podrían ser configurados para uso dual, nuclear o convencional.
- Capacidad de portar armas nucleares de bajo rendimiento, según las doctrinas actuales de disuasión.
- Dispositivos de largo alcance desde una plataforma móvil en superficie, lo que agregaría flexibilidad estratégica.
La posibilidad de equipar a estos nuevos acorazados con armas nucleares no es solo una cuestión técnica, sino geopolítica. Algunos analistas advierten que integrar armas nucleares en buques de superficie podría normalizar el uso de estas armas en escenarios de crisis, reduciendo el umbral para su empleo y aumentando el riesgo de una escalada no deseada.
Por otra parte, en un conflicto real, un ataque convencional desde dicha plataforma podría interpretarse erróneamente como uno nuclear, lo que podría provocar represalias catastróficas. Además, tecnologías como CPS, que podrían llevar ojivas tanto convencionales como nucleares, complican aún más la claridad operacional en un momento de crisis.
El concepto detrás de este nuevo acorazado, desde la perspectiva de algunos estrategas, representa una adaptación de la doctrina naval a los desafíos actuales. Sin embargo, su potencial uso nuclear es lo que más divide a expertos y políticos.
Las discusiones en el Pentágono y en el Congreso reflejan esta división ya que mientras algunos consideran esta plataforma como una pieza clave para disuasión y presencia naval global, otros advierten sobre los peligros de cruzar ciertos límites estratégicos.
Este debate se vuelve aún más relevante cuando se contempla la historia reciente del armamento naval: el abandono de proyectos como el cañón de riel, o railgun, demostró que la innovación no siempre se traduce en capacidad operativa.
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