Katsushika Ōi: otro elogio de la sombra

Katsushika Ōi pintaba. Se ocupaba especialmente de iluminar, por ejemplo, los grises que caen sobre un rostro cuando apenas se balancea una lámpara de papel. Es decir, supuestos -sólo supuestos- detalles.

Fue hija de Katsushika Hokusai, autor de La gran ola, en Japón del siglo dieciocho. Se casó con un pintor, se separó, volvió a casa de su padre y creó durante décadas con él, quien la admiraba.

En las obras de Ōi sobre mujeres bellas, Hokusai aplaudió “fuerzas con las que no podía competir”, según el archivo de Museo Británico.

Obra. De Ōi Hokusai.

Pero la propia Ōi es hoy, dos siglos después de haber vivido, como aquella sombra tenue que no termina de definirse, aunque haya querido retratarla un filme de manga, Miss Hokusai, bellísimo. Hay menos certezas que dudas sobre ella. Un universo por alumbrar.

Oi. Una mujer lee poesía de noche bajo los cerezos.

Caos productivo

A la hora de evocar a Ōi y Hokusai juntos no hay que imaginar a un maestro inclinado sobre el papel y, al lado, a su hija pintando algo que supuestamente nadie más vería. O, al menos, no únicamente eso.

Primero, porque el taller de Hokusai no se parecía a los de los artistas de Occidente. Allí trabajaban pintores, grabadores, impresores y editores para crear estampas de circulación masiva -sobre todo, entre grupos urbanos que crecían bajo un gobierno de tipo feudal (shogunato)-. Era una especie de caos productivo.

Escena nocturna en Yoshiwara. De Ōi Hokusai.

Además, Hokusai tenía sus mañas. Se dice que se mudó decenas de veces porque se concentraba tanto en su trabajo que el mundo real desaparecía y dejaba los lugares inhabitables. Y Ōi, se cree, se le parecía.

Como sea, es ahí, en el bullicio, donde mejor se ve a la artista. Entre pilas de papeles sucios, polvo, pinceles secos y restos de comida, ella podía aparecer recuperando una escena en la que el padre había trabajado durante meses y luego, abandonado.

No era raro que el genio, a quien aplaudió Van Gogh entre tantos, se obsesionara con una escena hasta hartarse o que, frenético, entreviera otra que lo distrajera.

Además, algunos investigadores creen que Ōi produjo sola la obra de los últimos años de su papá.

Como sea, según estudios que se enfocan en las artistas de aquella época y en Ōi, ella creó piezas que son distintas a la mayoría de las del taller del gran Hokusai.

Imágenes paganas

Hokusai trabajó principalmente en maravillas sobre lo externo, planas (sin sombra) y coloridas. Casi todos los artistas del ukiyo-e o “mundo flotante” se enfocaron en los mismo: espectáculos de la naturaleza (la ola que amenaza, el viento que arrastra, el monte Fuji), el teatro kabuki, cortesanas y erotismo. Es decir, sobre todo, escenas de la vida cotidiana que destacaran el disfrute de lo “mundano”.

A cuatro manos. Un retrato atribuido a Ōi y Hokusai.

De hecho, hace un tiempo, en una nota sobre Hokusai, recordamos que el escritor japonés Asai Ryōi definió al ukiyo-e con líneas que destacan ese sentido: “Viviendo solo el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor y las hojas de arce, cantando, bebiendo sake y divirtiéndose simplemente flotando, indiferente a la perspectiva de pobreza inminente, optimista y despreocupado, como una calabaza arrastrada por la corriente”.

Se cree que Ōi, a diferencia de su papá, habría dado a parte de su trabajo –que incluyó humor y, posiblemente, escenas de sexo– un toque intimista. En el puñado de obras que pudo firmar (escondiendo, a veces, los caracteres) o que se le atribuyen, sus mujeres no siempre actúan. Las siluetas se tienen que recortar en la oscuridad. Y surgen sombras donde todo solía ser mágicamente chato.

Son de esas sombras que, como el propio legado de Ōi, no terminan de definirse todavía.

fuente: CLARIN

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