
El exilio traza un mapa en la identidad de las personas. El consultor político y autor Julián Kanarek nació en Bruselas en 1984, pero su historia y su arraigo le pertenecen a Uruguay, la tierra a la cual regresó con apenas un año de vida.
Marta Garibaldi y Carlos Kanarek, sus padres, abandonaron el país en 1980 acorralados por el contexto político. Ellos ya no están, pero su herencia intelectual y su palabra envuelven a Julián Kanarek.
“Mi padre fue toda la vida un vendedor”, explica Julián. “Estuvo vinculado a la política como militante y después heredó las empresas de su padre, y terminó su vida como vendedor de libros“. Su madre Marta estudió abogacía, no completó la carrera, pero se transformó en una mujer de una cultura vasta. Se ganó la vida trabajando desde estudios de diseño a embajadas y consulados. Murió hace poco tiempo: “Las charlas con mi madre, con mi padre son parte de mi formación política intelectual. Yo no podría escribir lo que escribo, no podría reflexionar cómo lo hago sin la formación que se dio en ese hogar desde el punto de vista político, ideológico y filosófico“, señala Julián Kanarek en diálogo con El Economista.
Se crió entre Montevideo y Salto junto a dos hermanos menores, hijos de la segunda esposa de su padre. Al llegar el momento de la educación superior, Julián optó por la Universidad Católica del Uruguay. Allí completó la licenciatura en Comunicación Social con énfasis en Publicidad y, más tarde, una maestría en Comunicación y Cultura. Ése fue el cimiento de su pensamiento. Reconoce a esa casa de estudios como dueña de una tradición humanista vital para su desarrollo profesional.
El camino laboral de Kanarek comenzó en el ecosistema publicitario, en el rol de creativo. Aunque la revelación sobre su destino ocurrió al asumir tareas comunicacionales en un ministerio uruguayo en el que existían buenas intenciones políticas, pero el abordaje discursivo del Estado no tenía profesionalismo. El desafío lo fascinó. Comprendió que las estrategias exitosas diseñadas desde un país de tres millones de habitantes podían exportarse al mundo entero.
Bajo esa certeza fundó Ciudadana, la consultora de la cual hoy es CEO. Con más de una década de trayectoria, la firma lidera estrategias gubernamentales, políticas y corporativas a escala global. El espectro de clientes abarca desde pequeños municipios uruguayos hasta campañas presidenciales en Namibia, África.
Su equipo diseña mensajes para organismos de la talla de ONU Mujeres y traza políticas de Estado sobre salud, educación, transporte y género. “Nos hincha el pecho poder demostrar que podemos sintetizar los mensajes que algunas organizaciones tienen para dar, muy importantes a la hora de enfrentar desafíos como los que cualquier gobierno o cualquier organización supranacional enfrenta”, sostiene.
En este trayecto, Kanarek asesoró a múltiples jefes de Estado. Algunos nombres resuenan con fuerza, como los de Carlos Alvarado o José Mujica. Con este último, el vínculo trascendió la consultoría tradicional. Kanarek concibió la idea original y ofició de productor ejecutivo de “El Pepe, una vida suprema“, la elogiada película documental disponible en Netflix. Sobre el resto de los mandatarios prefiere el hermetismo, resguardado en una máxima de su oficio: “Nunca soy el centro, ellos son más importantes que yo y siempre es mejor lo que se hace que contar para quién se hace“.
El reconocimiento internacional de la industria política acompañó ese crecimiento. La Universidad de Georgetown lo distinguió como consultor político revelación en 2018. Luego, The Napolitan Victory Awards lo coronó como consultor digital del año en dos ocasiones consecutivas, 2019 y 2021. Ese último año marcó también su debut editorial con “Trascender el reactivo“, una obra galardonada como el mejor libro político de 2022 por The Napolitan Victory Awards.
La indagación sobre los comportamientos ciudadanos continuó su marcha. En septiembre de 2025, el sello Debate de Penguin Random House publicó “Omitir intro. Pantallas, dopamina y aceleración democrática“. En sus 210 páginas, el autor desentraña un fenómeno contemporáneo brutal: la caída de los oficialismos frente a ciudadanías exhaustas, evidenciada en triunfos opositores en 15 de las últimas 21 elecciones presidenciales de América Latina.
El ensayo conecta el consumo digital frenético y la inestabilidad global. Para el escritor, el quiebre histórico se ubica entre la inclusión de la cámara frontal en los teléfonos de Apple en 2007 y la adquisición de Instagram por parte de Facebook en 2010. A partir de allí, la sociedad vive sometida a la hiperestimulación.
Kanarek busca establecer “una relación de causalidad entre la cultura de la dopamina y nuestros comportamientos políticos: umbrales de atención, períodos de tolerancia, predisposición a la crítica o ansiedad de cambio“.
Argumenta que las lunas de miel presidenciales de cien días desaparecieron: “Entre no tolerar un contenido digital por más de tres segundos y exigir resultados concretos a un gobierno mucho antes de los 100 días de su luna de miel, entre el scroll infinito y el cambio continuo de los gobiernos por oposiciones del momento tiene que haber alguna relación de causalidad“, escribe en “Omitir intro”.
La crisis de representatividad atraviesa las fronteras. En Perú, el 91% de la población manifiesta insatisfacción democrática, mientras en Europa la velocidad devora mandatos con idéntica voracidad, con colapsos en el Reino Unido y en Francia. La obra advierte sobre la tiranía de la inmediatez, definida por Kanarek como “un imperialismo del presente que absorbe y parasita el tiempo futuro“.
Esta debilidad cognitiva habilita estrategias de manipulación orientadas a “crear crisis incesantes, sobrecargar la capacidad de la gente para procesar los acontecimientos y luego explotar la confusión para consolidar el poder”. A modo de resistencia colectiva, el libro invita a gobernar las herramientas tecnológicas. “La gran politización que nos espera es la del mundo digital. Hoy podemos asegurar que en el siglo XXI lo digital es lo político“, sentencia.
Frente a la hiperindividualización impuesta por los dispositivos, la respuesta reside en el reencuentro. Para ilustrar esa necesidad, el autor uruguayo recurre a una analogía del mundo animal: “Las familias de pingüinos emperador dejan un gran aprendizaje a las familias humanas: el valor de la organización, la paciencia y los resultados de la acción colectiva para superar desafíos todavía desconocidos“.
Esa figura, emblema de resistencia frente al frío extremo, se enlaza con la vida íntima de Kanarek. Su hija Manuela tiene cuatro años y su voz, con ocurrencias e interrupciones constantes sobre la tapa de su libro o los juegos diarios, suele colarse como telón de fondo en su oficina. Jimena es la esposa de Julián, licenciada en Comercio Exterior.
En un mundo acelerado y mediado por algoritmos, ellas representan su cable a tierra. “Me dan un montón de oxígeno y de amor como para que yo pueda dedicarme a lo que más me gusta“, narra. El amor, la cotidianidad y las charlas disparatadas con una niña pequeña operan como un bálsamo frente a la pesadez de la geopolítica. Sin esa vitalidad de la infancia, el pensamiento y la escritura resultarían misiones imposibles.

—En el libro “Omitir intro” vinculás la “cultura de la dopamina” y el consumo efímero propio de las redes sociales con los comportamientos políticos actuales. ¿De qué manera transforma esta hiperestimulación el vínculo de los ciudadanos con sus gobiernos? —le pregunta El Economista a Julián Kanarek.
—Si la “cultura de la dopamina” transforma áreas tan diversas como la generación de contenidos, la cultura, el modo de hacer periodismo y la manera de vincularnos sentimentalmente, ¿por qué no habría también una transformación en las expectativas hacia la política?
Las transformaciones cognitivas producidas a nivel cerebral, forjadas por la exposición prolongada a las pantallas y las redes sociales, permiten concluir que nos volvemos más ansiosos, acelerados e irritables, y así nos vinculamos con el mundo y con la política. Somos ciudadanos acostumbrados a omitir la introducción de una serie en Netflix, a deslizar un contenido o a acelerar un audio, porque creemos carecer de tiempo para eso a lo que estamos expuestos.
Esto genera una mayor exigencia con la política, y especialmente con los gobiernos. Los niveles de tolerancia que históricamente tenía la ciudadanía hacia su clase política hoy se ven alterados por esta aceleración.
Antes existía la disposición a otorgar lunas de miel de 100 días, el período aceptado por la ciencia política que duraba el buen trato entre los electores y los gobiernos recién asumidos. Hoy la aceleración provoca que administraciones como la de Donald Trump, en el día 51 de gestión, ya tengan más desaprobación que aprobación, o que los últimos dos presidentes de Chile no logren sostener dos meses de imagen positiva.
Este fenómeno estructural a nivel global crea ciudadanos más irritables, pero, sobre todo, más ansiosos respecto de los resultados que los gobiernos pueden exhibir, y si no aparecen, de inmediato se espera al próximo candidato para forzar un recambio —responde Kanarek.
—Ante esta ansiedad social, ¿el sistema político carece hoy del tiempo mínimo indispensable para implementar reformas profundas?
—Sí, carece del tiempo. Los gobiernos se tienen que desdoblar en una doble condición: atender la coyuntura, que es una manera de comprar oxígeno, y a la vez construir la estructura.
Es necesario atender constantemente lo inmediato para poder plasmar el plan de gobierno de manera general. Esto muchas veces es imposible.
Las administraciones deben decidir si ceden ante la presión de lo que sucederá en los próximos diez días y en las redes sociales, o si se concentran en realizar aquellos cambios prometidos en la campaña electoral, que son mucho más estructurales.
Si se intenta escuchar y responder absolutamente todo, el rumbo se pierde entre múltiples direcciones. De ese modo, será imposible plasmar las promesas de campaña, que requieren una estructuración a mayor largo plazo.
—”Las oposiciones ganaron en 15 de las últimas 21 elecciones presidenciales de América Latina”, escribís. También mencionás que en Estados Unidos no pasaba desde 1900 que tres presidencias consecutivas fueran de distinto color político. Si el recambio acelerado se vuelve la norma, ¿el voto funciona en la actualidad casi en exclusiva como una herramienta de castigo más que de apoyo?
—Sí, el voto actúa de manera contraria a lo que sucede con quien gestiona el poder. Por eso las oposiciones cuentan con un margen a favor, lo cual pone en cuestionamiento la clásica ventaja incumbencial. Históricamente se entendía que quien administraba el Estado iba a las elecciones con ventaja por el manejo de los medios, del aparato estatal y de los recursos, lo que facilitaba enfrentar los procesos electorales.
Hoy el escenario discursivo está diseñado de manera tal que los algoritmos llevan a premiar todo aquello que genera fricción. Esa fricción surge de las críticas, y los cuestionamientos más incisivos siempre recaen sobre quienes ejercen el gobierno.
De este modo, la manera de votar es en reacción a algo que no funciona, y por eso los líderes se reemplazan de manera constante. Hay casos donde aparece el “outsider” del “outsider”, y luego de probar con esas figuras, se vuelve a la política tradicional.
Pensemos que en Estados Unidos pasaron de Obama a Trump, y de Trump a Biden, que era la máxima representación del sistema: alguien que buscó la presidencia muchas veces y fue vicepresidente con Obama. En Brasil eligen a Jair Bolsonaro y luego vuelven a Luiz Inácio Lula da Silva para un tercer período. Es el cambio por el cambio, porque no se encuentra satisfacción en ninguna de las opciones que encarna la oferta electoral. Por más que hayan gobernado o no, se busca una novedad en la administración del Estado, para ejercer el poder de una manera distinta a quien lo ocupaba.

—Analizás que hay un 91% de disconformidad en Perú: “Hay más insatisfechos con la democracia que demócratas entusiastas”. ¿Ese descontento con el funcionamiento del Estado pavimenta el terreno hacia la validación ciudadana de modelos autoritarios?
—Hay una medición constante del Latinobarómetro y de otros indicadores a nivel mundial sobre el apoyo a la democracia que son consecuentes con ello. El deterioro de los niveles democráticos es cada vez mayor y eso genera un desgaste enorme del sistema.
La ciudadanía observa como insuficientes los esfuerzos del poder para resolver las problemáticas que le importan. Esto se vincula con una disconformidad repetida: se entiende que las agendas de las élites políticas muchas veces están muy lejos de las exigencias ciudadanas o de los problemas esgrimidos como preocupaciones diarias. Allí hay un desacople entre la agenda política y la ciudadana.
Los líderes capaces de entender y leer de mejor manera cuál es la principal preocupación de la sociedad en ese momento, logran sintetizarla muy bien y la ofrecen dentro de las campañas para que se entienda. Pero no hay mucha capacidad de atención para incorporar más de uno, dos o tres conceptos. La política quiere abarcarlo todo; sin embargo, quienes concentran discursivamente sus enunciados logran explicar mejor aquello que vienen a ofrecer.
—¿Actualmente es más fácil ser oposición que oficialismo?
—Sí. Hoy, con la forma en la que está diseñada la circulación discursiva en el universo digital, se premia a la crítica por sobre la proposición.
La crítica funciona y la reacción a las medidas trae mucho más rédito político que la gestión en sí misma —porque la administración siempre está en el ojo de la tormenta y es interpelada de manera continua—. La oposición cuenta con un terreno muchísimo más fértil. Es mucho más fácil hoy ser oposición que ser oficialismo.
—¿Ante este aceleracionismo y todos los efectos de las redes se ha vuelto muy difícil la tarea de ser político?
—Sí, es cada vez más compleja, porque hay que saber de comunicación y de coyuntura. Pero, básicamente, la política conserva un gran componente de seducción. Es un espacio donde no se le permite la entrada a un dirigente si no existe la capacidad de sentir atracción por su figura. Esto es mucho más potente hoy en día: no se le abre la puerta a alguien en quien no se confía.
La política siempre se trató de grandes personalidades capaces de seducir a la ciudadanía, ya sea para lograr que las escuchen en un discurso radial durante cuatro horas o para captar su atención durante un minuto en un reel. Desde aquel momento hasta el actual, lo que sucede es que se debe establecer una conexión emocional con quien busca convencer a la sociedad sobre un tema.
Para establecer esa conexión emocional, que muchas veces se presenta como racional aunque no lo sea, la dirigencia política debe tener un gran talento para seducir. Se invita a los ciudadanos a cambiar el mundo. Para que alguien me proponga cambiar el mundo y yo sienta ganas de sumarme, tiene que haber un proceso de convencimiento que, muchas veces, se asemeja más a la seducción que a un análisis racional.
—Sobre el impacto de la inteligencia artificial en las elecciones de 2027: ¿cuántos ciudadanos le preguntarán a Gemini o a Claude a quién votar?
—Mucha gente le pregunta hoy a la inteligencia artificial en Estados Unidos a quién votar en las elecciones de medio término. Está comprobado.
Hay una investigación de The New York Times donde se muestra que las campañas deben suplantar sus estrategias de SEO —es decir, el posicionamiento en las búsquedas de Google— por tácticas de posicionamiento en los chatbots de inteligencia artificial. De este modo, la inteligencia artificial empieza a sustituir el diseño algorítmico de las redes y las plataformas tal y como las conocíamos, y el desafío por entender cómo impactará esto en la democracia es todavía más nuevo.
Aunque no podemos decir que nos agarra desprevenidos. Quince años después del inicio de los cambios conductuales, consecuencia del uso prolongado de las pantallas, tenemos evidencia suficiente para afirmar que hubo una modificación en nuestras formas de pensar, actuar y socializar.
Podemos medir en tiempo real que el uso de la inteligencia artificial para diversas áreas de nuestra vida trae consecuencias en la actualidad. Por ejemplo, en la forma en la que nos vinculamos con el Estado.
Una inteligencia artificial ofrece una respuesta compleja, y con una autoridad otorgada por quien conversa con ella, en milésimas de segundo. Los Estados responden burocráticamente y demoran varios días. ¿Cómo se forja la expectativa de alguien que obtiene respuestas completas de una conversación sintética cuando debe hacer un trámite con un Estado ineficiente? ¿Cómo vamos a administrar la brecha entre la expectativa y la realidad?
—En el libro “Omitir intro” considerás que el electorado castiga con mayor velocidad y severidad al “outsider” que al político tradicional. ¿Por qué?
—La ciudadanía castiga con mayor rapidez al “outsider” porque fue quien prometió cambiar todo. De la política tradicional ya sabemos qué esperar. En cambio, de esa nueva política que debía transformarlo todo, como se prometió, esperábamos modificaciones veloces y absolutas.
Hay algo nuevo para estudiar respecto de las dinámicas de las campañas: el vínculo entre lo que un candidato dice y lo que la gente proyecta. Si alguien asegura que transformará todo de manera radical, es muy probable que la sociedad proyecte un cambio radical y rápido. Aunque el dirigente no haya prometido velocidad, afirmó que iba a cambiar todo, y la gente identifica esa promesa con la inmediatez. Intuyo que cada vez que un dirigente se presenta como capaz de realizar un cambio profundo, en contraste total con la oferta electoral disponible o con la administración anterior, el electorado asume que, además, lo hará rápido.
—Frente a esta obligación de la respuesta inmediata, ¿cómo logra un dirigente construir un proyecto a largo plazo sin transformarse en un simple vendedor de estímulos fugaces?
—Con coherencia y con arraigo político en las ideas. Las ideas pueden enfrentarse a la coyuntura de distintas maneras, pero no adaptarse a ella de múltiples formas.
Hay una gran confusión en la política actual, y también en las campañas: se cree que hay que responder con políticas a medida de las exigencias ciudadanas del momento. Sin embargo, las formas comunicacionales del decir y el hacer no pueden condicionar a la política en sí misma.
Si pensamos que la comunicación tiene la capacidad de modificar a la política, nos equivocamos. Creemos que el camino es mucho más fácil y, además, subestimamos enormemente a la sociedad. Asumimos que el triunfo electoral obedece a una buena campaña y no a los hechos concretos. Los gobiernos fracasan por lo que sucede políticamente, no por la comunicación.
La gente quiere seguridad, comer bien, tener salud y empleo. Esas son sus verdaderas preocupaciones. No le interesa demasiado la discusión sobre si es casta o no es casta, ni las peleas internas de los dirigentes.
La comunicación tiene poco para aportar frente a las soluciones reales; quienes logran ostentar soluciones concretas desde el Estado tienen muchas más posibilidades de reelegirse.
Hoy es mucho más difícil plasmar esas políticas y mantenerse en el poder porque hay mayor ansiedad y mayor exigencia. La alternancia constante nos acostumbró a un ciclo perpetuo de oficialismo y oposición. Esa dinámica lleva a inflamar los discursos contra los gobiernos, para luego tener que asumir los costos de la gestión.
Si desde la oposición se acusa de ineptitud al adversario y se construye una identidad en contraposición a esa supuesta maldad, luego hay que gobernar. Al llegar al poder, las expectativas recaen sobre la nueva administración, pero el escenario ya cuenta con ciudadanos mucho más ansiosos.
La política en su conjunto no se preocupa por bajar los decibeles, una pausa que beneficiaría a todos, ya que todos aspiran a gobernar. En este sistema, si se logra una mayor tolerancia por parte de la ciudadanía, es posible ejecutar mejor los planes trazados. Aunque existan posturas ideológicas totalmente distintas, un mayor espacio para la reflexión y para el actuar a largo plazo beneficia al conjunto, porque permite plasmar los objetivos de una manera más influyente. Por el contrario, si la estrategia consiste en incendiar todo en el próximo tuit, es muy difícil pedir espacio para la reflexión al momento de asumir el gobierno.
—Citás una estrategia basada en crear crisis incesantes, sobrecargar la capacidad de la gente para procesar los acontecimientos y luego explotar la confusión para consolidar el poder. A partir del ritmo frenético de conflicto propuesto por Javier Milei, ¿aplica el presidente argentino esta parálisis cognitiva para agotar a la oposición y anular la resistencia social?
—Lo intentó y fue más verificable al principio de su gobierno, cuando hay espacio para esas acciones. Pero, poco a poco, aparecen las presiones ciudadanas por obtener resultados, es decir, los motivos por los cuales fue electo y ratificado. Sin duda es una estrategia, pero hoy no le da resultados a Milei de manera efectiva. Es una táctica ligada al tipo de gobierno con el cual se vincula ideológicamente Javier Milei.
Es algo propio de Donald Trump: sostener muchísimos frentes abiertos y abrir otros nuevos de forma constante para poder manejar la agenda. Producir noticias todo el tiempo para acaparar la conversación. Sin embargo, tanto Trump como Milei tienen números de aprobación que no comprueban la efectividad de esa estrategia.
Hoy los gobiernos, ya sean de izquierda o de ultraderecha, se enfrentan a un manejo de la agenda muchísimo menos maleable para los oficialismos en comparación con hace veinte años.
Hay pocos dirigentes en el mundo con un manejo de la agenda eficiente en términos de visibilidad, pero que a la vez tenga una correlación comprobable con los grados de aprobación de la ciudadanía.

—En un momento proponés un despertar de la política para dejar de adaptarse al diseño algorítmico y dopamínico de la sociedad actual. ¿Cómo se traduce esa resistencia en medidas concretas de gestión para que el Estado recupere el control de la agenda pública?
—Hay una retracción de la política frente a la tecnología. Quienes dictan las reglas sobre la circulación de la información en nuestras vidas son las grandes plataformas. En realidad, los Estados siempre corren de atrás en la regulación de distintas áreas cotidianas.
Actualmente, la circulación de información y desinformación a través de estas plataformas, y los Estados, los gobiernos y los partidos no saben qué hacer ni cómo actuar para garantizar una esfera pública —como la planteada por Jürgen Habermas, por ejemplo— saludable para administrar los disensos actuales.
¿Cómo garantizamos la libertad de expresión y, al mismo tiempo, la circulación verificable de información para mantener los pilares de la democracia? La pregunta es cómo la democracia responde a este nuevo paradigma comunicacional, y me parece que esa es la tarea de la dirigencia. Sin embargo, los dirigentes lograron adaptarse mucho más rápido a la velocidad de los contenidos en lugar de preguntarse cómo todo esto afecta al sistema en su conjunto. Se adaptan a los “reels”, suben videos a TikTok o publican tuits de forma constante.
Pero omiten preguntarse cómo esas prácticas pueden ser dañinas para el conjunto de la democracia, mientras fomentan una forma de decir sin límites ni intenciones de encarrilamiento.
No creo necesaria la prohibición de la tecnología, pero sí es fundamental que los Estados vuelvan a tener autoridad sobre la forma de circulación de la información en nuestras sociedades.
—¿De qué manera el sistema político puede fomentar la acción colectiva frente a corporaciones tecnológicas que lucran con la hiperindividualización de los ciudadanos?
—Pocas veces vemos intentos de regulación donde primero se logre entender la magnitud de lo administrado y luego haya una vocación por pensar soluciones efectivas.
Muchos países prohibieron las redes para menores de 16 años o el uso de pantallas en los centros escolares, porque está comprobado que la exposición prolongada a esos dispositivos tiene efectos sobre nuestra capacidad de retención de información o sobre la comprensión de textos. Esos son impulsos para crear espacios de cuidado dirigidos a las infancias.
La política debería dejar de discutir solo a través de las redes para pensar cómo esas mismas plataformas provocan consecuencias reales sobre la vida de una ciudadanía expuesta de manera masiva a estos dispositivos. Es fundamental abordarlo con mayor consciencia, fomentar un uso responsable y advertir sobre las problemáticas derivadas de la falta de información respecto al exceso de consumo tecnológico.
La política tiene que prepararse para este escenario porque, en poco tiempo, estará totalmente mediada por la tecnología. Si no fomentamos el uso del espacio público desde hoy, pronto nos quedaremos sin lugar para ejercerlo.

Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos.
+ Agregar
—
fuente: inteligencia artificial a quién votar””> GOOGLE NEWS



