
Todavía hoy seguimos discutiendo si Europa debe más al cristianismo o a la Antigüedad grecolatina. Para adentrarse en este tema complejo, nada mejor que El hijo del hombre, un deslumbrante ensayo del escritor colombiano Juan Esteban Constaín (Popayán, 1979).
No solo es una investigación basada en una documentación amplísima: el libro posee un estilazo literario que bien podría convertirlo en el estudio histórico que Gabriel García Márquez nunca escribió. Lo serio se funde con el humor y la realidad con la ficción a través de leyendas del momento, que también son, a su modo, hechos. ¿Sabían que circuló una historia encantadora sobre un Poncio Pilato que, tras condenar a Jesús, se habría hecho cristiano?
Constaín muestra convincentemente que debemos situar al cristianismo en el marco del helenismo para entenderlo correctamente. Una vez más, la historia religiosa, que no eclesiástica, demuestra que no podemos prescindir de la fe para adentrarnos en nuestro pasado. Lo religioso, lo político y lo social son elementos imposibles de separar si buscamos una visión compleja de cómo un pequeño grupo judío de hace dos mil años llegó a determinar la confesión dominante en el imperio romano.
¿Por qué un novelista publica un ensayo sobre los orígenes del cristianismo?
Es un tema que, como lector, me ha interesado siempre muchísimo. Me suscita curosidad e intriga. Yo también fui historiador, después me deslicé hacia la novela, pero de todas formas conservé esa inquietud. Además, hubo un detonante afectivo: después de la pandemia, hice un viaje a Roma con mis hijas. Las llevé al itinerario de las catacumbas y fue allí donde nos encontramos con una imagen de Orfeo. Una de mis hijas me preguntó por qué en una catacumba cristiana se hallaba una figura mitológica del mundo pagano. Yo empecé a contarles sobre ese cruce de caminos entre el paganismo y el cristianismo. Volví a Colombia con la idea de hacer un ensayo que se convirtió en un libro de 560 páginas.

Tendemos a discutir aquí en Europa si para nosotros es más importante la herencia cristiana o la griega. Su ensayo parece ir en contra de esta dicotomía: no tendríamos que elegir porque, dentro del cristianismo, la herencia griega es importante. ¿De qué manera se manifiesta este legado?
El cristianismo no puede pensarse sino a la luz de su herencia griega, que lo habita todo. Pensemos en la idea misma de Dios, que es el mismo de la revelación monoteísta del judaísmo, pero que se ha encarnado en un hombre. Eso es profundamente griego. Luego está todo el acervo estético y simbólico del cristianismo en su definición como religión y como cultura, pues está enraizado también en el helenismo y en lo romano.
La fe acostumbra a expresarse en el marco de una cultura determinada. El cristianismo se expresó a partir de conceptos griegos y romanos. ¿No puede ser eso un problema cuando el cristianismo se encuentra pueblos con otras raíces, como pasó en América con la conquista española?
No, porque hablamos de una revelación dirigida a toda la humanidad. Trasciende toda frontera cultural y lingüística. El cristianismo, igual que fue más allá de lo judío y pasó al mundo grecorromano, puede llegar a otras culturas e integrarlas en su fe.
Profundizar en la interacción entre lo judío y lo helénico nos remite a la Septuaginta, la traducción de las Sagradas Escrituras al griego más antigua que se conserva. ¿Quién la hizo?
Aquí encontramos un hermoso mito. En un texto apócrifo, la Carta de Aristeas, se habla de los judíos de la diáspora que estaban bajo la dominación ptolemaica en Egipto. Aunque habían abandonado el arameo y el hebreo, seguían aferrados a su fe. Por eso empezaron a exigir una traducción al griego de los textos sagrados. Según la leyenda, el rey de Egipto solicitó a la autoridad judía de Jerusalén el envío de traductores. Fueron setenta y dos personas que se dedicaron, durante setenta y dos días, a trasvasar del hebreo al griego el texto del Antiguo Testamento. Al final, estas versiones independientes coincidieron con total exactitud.
Pero hay que separar la verdad de la leyenda…
Lo importante es que hacia el siglo II a. C. ya era muy común que hubiera muchas versiones en griego de la Torá y de buena parte del Antiguo Testamento. Eso prueba el diálogo cultural entre el judaísmo y el paganismo griego.
Su libro se titula El hijo del hombre. ¿Qué significa esa expresión?
Es difícil explicarlo y esclarecerlo porque es una de las cuestiones más polémicas y debatidas del Nuevo Testamento. Esa es una expresión recurrente, un epíteto que Jesús usa para hablar de su destino, de su carisma, de su misión. Hay más, pero este es quizá el más intrigante y oscuro. Se trata de una referencia al libro profético de Daniel, del Antiguo Testamento. De las muchas interpretaciones que se han dado a lo largo de la historia, quizá una explicación obvia no resulte del todo descabellada. “Hijo del hombre” haría referencia a un Dios que se ha integrado en la humanidad al encarnarse en Jesús. Funcionaría en contraposición a “hijo de Dios”.
¿En qué sentido la Iglesia es heredera del gobierno de los antiguos Césares?
Eso es la Iglesia ya constantiniana, la Iglesia del siglo IV en adelante, que no es algo que aparezca todavía en este libro. Aparecerá en el siguiente, cuando aborde una época en la que el cristianismo tiene más fuerza que el Imperio tanto a nivel político como demográfico. A partir de ese momento, la religión que había nacido como una secta mesiánica minoritaria se convierte en un poder universal. Deja de ser perseguida y ahora persigue. Cuando uno viaja a Roma aún hoy, ve cómo la Iglesia cristiana termina siendo la continuadora, la perpetuadora de esa herencia del poder imperial. No en vano, el título del Papa sigue siendo uno de los títulos del poder romano, que es el de Pontífice Máximo.
¿Está anunciando que habrá un segundo libro?
Mi idea era llegar hasta Constantino. Pero cuando mis editores me pidieron el manuscrito de lo que yo llevaba, iba por las seiscientas páginas y apenas había llegado a San Pablo. Entonces me dijeron, con buen juicio, que había publicar lo que ya teníamos y pensar en una segunda parte.
Los romanos eran tolerantes en materia religiosa hasta que alguien les tocaba el orden público.
Roma era un poder flexible, tolerante en materia religiosa, en materia cultural, incluso en materia lingüística. Pero tenía una noción tangible del poder que se expresaba en el mantenimiento del orden público, y podríamos decir del orden cósmico. Por eso, cuando aparecía una secta que lo rompía, Roma eran implacable: extirpaba cualquier expresión sediciosa y disruptiva. El cristianismo, sin embargo, no era una superstición más sino una fuerza arrolladora.
Su obra, aunque es un ensayo histórico, destaca por su sensibilidad hacia el mundo de los mitos. Tal vez porque las leyendas, aunque sean historias falsas, dicen cosas verdaderas
Claro, claro.
Uno de esos relatos hermosos es el de Virgilio. ¿Por qué, si era un poeta de antes de Cristo, hubo quien lo vio como un precursor del cristianismo?
Uno de los asesores espirituales del emperador Constantino, Lactancio, se sumó a ese intento por encontrar en el mundo precristiano unos antecedentes que explicaran el surgimiento del cristianismo. Resulta que la famosa Égloga Cuarta de Virgilio habla del advenimiento de un niño que traerá una nueva era. Los cristianos le adjudicaron a este texto un valor profético. Esa es una razón, entre otras, de la fama que disfrutó el poeta en el mundo medieval. Su fama se consagra con la Divina Comedia, cuando Dante lo convierte en su Cicerone.
La gente habla de la Biblia como si fuera un libro, aunque en realidad son muchos. ¿Cómo se formó lo que ahora conocemos como Nuevo Testamento?
Entre los siglos III, IV y V empieza la definición canónica de qué es lo que debe entrar y qué es lo que se tiene que quedar fuera. Eso coincide con la constitución de las jerarquías eclesiásticas y, sobre todo, con la gran disputa de las herejías. Ahí se va definiendo el canon, un proceso del que hablaré muchísimo en el segundo libro.
¿Se puede hablar de la figura de Jesús desde un punto de vista únicamente histórico, como si fuera otro personaje cualquiera de la Antigüedad, dejando al margen la fe o falta de fe que cada uno pueda tener?
Es lo que han tratado de hacer muchos de los historiadores y autores de lo que se llama la búsqueda del Jesús histórico. Unos lo han hecho desde la fe o compaginando la fe con la búsqueda científica y filológica, otros no. Uno podría decir que son muy pocas las fuentes, pero son suficientes como para definir su historicidad sin morir en el intento.
¿Cómo se explica eso de que Jesús nació entre el 6 y el 4 antes de Cristo?
Lo mejor son los astrónomos que, a lo largo de la historia, han tratado de documentar los fenómenos astronómicos que están presentes en el Nuevo Testamento, para desentrañar, por ejemplo, qué pudo haber sido la famosa estrella de Belén que siguen los magos.
Uno de estos astrónomos fue Isaac Newton
Sí, está Newton, está Kepler, y hay uno que me encanta que se llama Michael Molnar, que en el siglo pasado, a partir de una moneda siria del año 6 después de Cristo, con toda la simbología astronómica que está en esa moneda, desentrañó el año en el que pudo haber nacido Jesús.
¿Por qué se dice que el verdadero fundador del cristianismo fue Pablo y no Jesús?
Pablo es el que intuye la dimensión cosmopolita universal que había en el mensaje de Jesús. Es él el que termina librando esa batalla al interior de la comunidad apostólica para que el cristianismo salga de manera definitiva del ámbito judío y dialogue con el mundo.
Hay quien piensa que Jesús, más que fundar una nueva religión, quería reformar la que ya había
Hay cosas que dice Jesús que dan para pensar que él mismo estaba ya buscando una reforma tan radical del judaísmo que no podía sino ser dentro de los cauces de una nueva fe.
Se ha debatido incluso qué pudo comer Jesús en la Última Cena
[El erudito del siglo XVII] Thomas Browne hizo un intento por ver quién estaba sentado dónde –aunque en esa época la gente comía recostada, no sentada–, y unos italianos hicieron un libro muy bonito, que se llama La Última Cena, tratando de distinguir cuál era el menú. Hay un elemento, que ese sí me parece clave, y es que en la Última Cena no hubo cordero, que era un ingrediente propio de la cena pascual judía.
Porque Jesús era el cordero
El cordero sacrificial.
El cristianismo habría podido desaparecer como cualquier otro grupo religioso de la antigüedad. ¿Por qué no fue así?
Hay quien dice: si el cristianismo se expandió con milagros, es porque Jesús era el hijo de Dios, pero si se expandió sin milagros, que se hubiera expandido fue el milagro. Desde una lectura providencialista, tendríamos que decir que estaba escrito. Ahora bien, desde el punto de vista histórico, más allá de la fe, está muy claro que el cristianismo fue una respuesta muy contundente a una crisis espiritual en el mundo helenístico, y fue también una religión que se organizó de forma muy eficaz para difundir su mensaje. Esa es la explicación de por qué esa secta que se apropia de la cultura pagana trasciende al Imperio romano y llega hasta nuestros días.
Francisco Martínez Hoyos
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