
El coeficiente intelectual (CI) ha sido, durante más de un siglo, una de las herramientas más utilizadas para medir las capacidades cognitivas humanas.
Creado a principios del siglo XX por Alfred Binet como un método para identificar a estudiantes que necesitaban apoyo escolar, el test de inteligencia pronto se convirtió en un referente mundial para evaluar el rendimiento mental.
El CI busca medir habilidades como la memoria, el razonamiento lógico, la comprensión verbal y la capacidad de resolver problemas. Una puntuación promedio suele situarse en 100, mientras que los resultados superiores o inferiores marcan la desviación respecto a la media.
Sin embargo, expertos coinciden en que el CI no representa la totalidad de la inteligencia humana, porque aspectos como la creatividad, la inteligencia emocional o la capacidad de adaptación quedan fuera de sus parámetros.

Joseph Jebelli es un neurocientífico y escritor británico especializado en la biología celular de enfermedades neurodegenerativas, particularmente el Alzheimer. Obtuvo su doctorado en neurociencia en el University College London y realizó estudios postdoctorales en la Universidad de Washington, Seattle.
Publicó el libro In Pursuit of Memory: The Fight Against Alzheimer’s (2017), finalista del Royal Society Science Book Prize y How the Mind Changed: A Human History of our Evolving Brain (2022) una investigación fascinante sobre los últimos siete millones de años de evolución cerebral humana.
Ahora vive en Londres y trabaja en un nuevo libro titulado The Quiet Mind, que explora los efectos del agotamiento y el exceso de trabajo en el cerebro. También investigó sobre los rasgos que comparten algunas de las mentes más brillantes de la historia.
“El principal rasgo que comparten los más inteligentes del mundo, incluyendo Bill Gates y Leonardo da Vinci, no es el cociente intelectual”, señala el especialista. Sostiene que el verdadero factor determinante es su enfoque hacia la productividad y la capacidad de aprovechar la soledad como motor creativo.
En su investigación sobre la neurociencia del tiempo a solas y el descanso, descubrió que el aislamiento puede ser una poderosa herramienta cognitiva. “Se nos dice constantemente que debemos aprovechar al máximo nuestro tiempo, trabajar más duro, dejar de procrastinar. Pero ¿y si ese consejo fuera erróneo, y dejar descansar al cerebro y permitir que la mente divague pudiera mejorar nuestras vidas?”, planteó.
Según explica, durante esos momentos de desconexión se activa la llamada red neuronal por defecto, encargada de generar nuevas conexiones sinápticas y de potenciar la creatividad.

Ejemplos de esta práctica se encuentran en figuras históricas y contemporáneas. Bill Gates, en los primeros años de Microsoft, dedicaba dos veces al año una Think Week, una semana en la que permanecía aislado en una cabaña llena de libros, sin visitas externas ni contacto laboral. Tal y como informó The Wall Street Journal, en una de esos retiros surgió el trabajo que dio origen al navegador Internet Explorer en 1995.
Leonardo da Vinci, en tanto, cultivaba la contemplación y permanecía durante horas observando La última cena antes de decidirse a añadir una sola pincelada.
Para Jebelli, la soledad no debe entenderse como ausencia, sino como un espacio fértil para el autoconocimiento y la innovación. Recomienda empezar con pequeños momentos de aislamiento, unos diez minutos al día en un lugar tranquilo, e ir ampliándolos, practicar actividades en solitario como caminar o escribir, y seleccionar cuidadosamente las relaciones sociales para evitar el desgaste emocional.
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