Inteligencia artificial y salud mental: la pantalla que contesta cuando el sistema no está

Cada vez más gente le cuenta lo que le pasa a un chatbot. En Argentina, quienes más lo hacen son también quienes menos acceso tienen a un terapeuta. Una lectura sobre inteligencia artificial, salud mental y desigualdad para este 10 de octubre.

Por Lic. Milagros Bengolea, psicóloga. MP: 15826

Son las tres de la mañana. Alguien no puede dormir: mañana tiene otra entrevista de trabajo, la cuarta del mes, mientras las deudas se siguen acumulando. No quiere despertar ni preocupar a nadie, así que agarra el celular, abre ChatGPT y escribe: «no sé qué hacer». La respuesta llega a los segundos. Pregunta, valida, no se cansa y, sobre todo, no cobra.

Para este 10 de octubre, la Federación Mundial para la Salud Mental eligió como lema «Experiencias vividas escuchadas: voces reales, cambios reales». Pero, cuando alguien cuenta lo que le pasa, ¿quién lo está escuchando hoy?.

La IA ¿es una herramienta o un refugio?

Usar la inteligencia artificial para redactar un correo o resumir un texto es una cosa; recurrir a ella para calmar una crisis de angustia es algo muy distinto. Sin embargo, la frontera entre el uso práctico de la tecnología y la búsqueda de contención emocional es cada vez más difusa.

Un estudio en el que participaron adolescentes y jóvenes de 12 a 21 años en Estados Unidos encontró que uno de cada cinco había usado IA para buscar apoyo emocional. Salvando todas las diferencias culturales, geográficas y sociales, estos datos no señalan a la IA como causa directa de malestar, sino que dejan al descubierto otra realidad: acudir a una pantalla en busca de contención —a menudo en soledad y sin contárselo a nadie— suele ser el síntoma de una necesidad emocional que ya estaba ahí.

Soledad asistida

La pregunta, entonces, es qué pasa después de ese primer alivio. Un estudio del MIT Media Lab que siguió el uso diario de ChatGPT durante cuatro semanas encontró datos preocupantes. La interacción puede ofrecer un confort inicial, pero quienes la usan con más intensidad muestran señales de dependencia emocional, uso problemático y menos vida social fuera de la pantalla.

El riesgo no es parejo para cualquiera que abra la aplicación. Se concentra en quienes ya parten de más soledad y encuentran en la máquina un refugio. En esos casos, más que resolver la carencia afectiva, la interacción constante corre el riesgo de reemplazar los vínculos humanos reales, y este efecto se vuelve más delicado cuando se suman dinámicas hiperrealistas como el modo de voz.

A esto llamamos soledad asistida: la ilusión de estar acompañado mientras nos distanciamos de nuestra trama vincular. La inteligencia artificial se vuelve una presencia omnipresente, pero incapaz de alojar lo humano.

Tiene lógica que nos refugiemos ahí. Un chatbot no se cansa, no juzga y está disponible a cualquier hora. Pero lo que transforma un vínculo humano es, precisamente, la fricción, la imperfección de un encuentro donde hay cuerpo, donde hay riesgo y donde el otro te acompaña no porque fue programado para responderte, sino porque eligió estar.

¿Qué pasa en Argentina?

Ahora bien, no todos llegan a esa pantalla por las mismas razones ni desde el mismo lugar. En nuestro país, el uso afectivo de la tecnología tiene un sesgo de clase. Según la Encuesta Nacional sobre Adopción de IA del CEPE (Universidad Torcuato Di Tella) y Fundar, quienes no terminaron la secundaria usan la IA para conversar o buscar apoyo emocional más del doble que quienes tienen título universitario: 25,4% contra 11,1%.

Ese dato cobra otro peso si miramos el mapa completo de la salud mental en el país. Por un lado, la Universidad Nacional de Córdoba registra un crecimiento sostenido del malestar en las últimas décadas (pasando de 19,3 puntos en 1993 a 23,6 en el 2026).  Por otro lado, el Informe del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA – UBA. 2025) muestra que más del 35% de la población percibe que está atravesando una crisis. Entre quienes lo afirman, la crisis económica es la más frecuente (55,9%), generada por factores como ingresos bajos, desempleo y/o deudas. Sumado a eso, la sintomatología ansiosa, depresiva y el riesgo suicida son más altos en los sectores socioeconómicos de menores ingresos y en los adultos jóvenes (18 a 29 años). Sin un plato de comida asegurado ni un trabajo estable, se vive en modo supervivencia y queda muy poco margen para otra cosa.

Si se cruzan estos datos con la encuesta de la Di Tella, aparece una hipótesis: quienes más sufren serían también quienes más recurren a un chatbot para sentirse escuchados. Probablemente no lo eligen, es lo que queda a mano frente al sufrimiento y la desatención. Cuando la atención se encarece, el tejido social se debilita y el Estado se retira, la IA puede ocupar el lugar que deja el abandono. Frente a una demanda elevada y recursos insuficientes, acceder a atención profesional empieza a depender del bolsillo y termina convirtiéndose en un privilegio. Y cuando acceder a terapia depende, en buena medida, de poder pagarla, la necesidad no alcanza para garantizar el acceso. De hecho, la mitad de quienes no hacen terapia dice necesitarla, y el costo es la principal barrera. A esto se suma que el presupuesto nacional destina a salud mental apenas el 1,42% del gasto en salud, lejos del 10% que establece la Ley Nacional de Salud Mental (ACIJ, 2026)

Es en esa brecha entre quienes necesitan atención y quienes efectivamente pueden acceder a ella donde aparece una aplicación gratuita que contesta a las tres de la mañana, como un paliativo de bajo costo ante el desamparo que deja un sistema de salud mental inaccesible. 

Con todos los riesgos que eso implica: adulación sistemática sin confrontación, información falsa, incapacidad para detectar crisis severas que exigen intervención humana y un vacío ético donde nadie se responsabiliza por los daños. 

Escuchar necesita a alguien del otro lado

Este 10 de octubre, más que discutir si está bien o mal hablarle a un chatbot, vale la pena preguntarse por qué, para tantas personas, la tecnología termina siendo el único lugar donde encontrar una respuesta. Escuchar experiencias vividas, como pide el lema, necesita alguien del otro lado. Necesita hospitales con presupuesto, políticas públicas que vuelvan a poner la salud mental en agenda y un contexto económico que no obligue a vivir en modo supervivencia. Una máquina puede responder. Para escuchar, todavía hace falta alguien de carne y hueso.

Números de contacto para asistencia 

Argentina:

0800-999-0091: Línea nacional, gratuita del Ministerio de Salud. Funciona las 24 horas, los 365 días del año para crisis, ideación suicida y urgencias de salud mental.

Córdoba:

0800-888-5555: Línea telefónica gratuita de contención, escucha y orientación en salud mental y adicciones de la Ciudad de Córdoba (disponible las 24 horas)

Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA)

0800-333-1665 : Asistencia, contención y orientación sobre recursos de salud mental, disponible todos los días las 24 horas.

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fuente: Inteligencia artificial y salud mental: la pantalla que contesta cuando el sistema no está”> GOOGLE NEWS

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