
Hubo un tiempo, hace apenas ocho años, en que Silicon Valley se permitía el lujo de la objeción de conciencia. En 2018, una rebelión interna de empleados de Google contra el Proyecto Maven —un contrato para aplicar inteligencia artificial (IA) al análisis de imágenes de drones militares— forzó a la compañía a retirarse bajo una fuerte presión.
Pero ese mundo se desdibujó. Hoy, aquel rechazo ha sido desafiado por un fervor marcial: muchos de los laboratorios de Palo Alto ya no compiten por la mejor red social, sino por el diseño de misiles autónomos bajo un nuevo tecno-nacionalismo de defensa.
En este nuevo escenario, los líderes “halcones” asocian la neutralidad tecnológica que todavía pregonan las “palomas” digitales (Antrophic versus el Pentagono) con una forma de rendición, especialmente frente al avance de China. Es un eco del debate anti-woke, pero trasladado al campo de la ciencia y la seguridad nacional.
De hecho, el Proyecto Maven, tras ser rescatado y perfeccionado por otros contratistas, permitió iniciar las hostilidades en la Operación Furia Épica alcanzando más de 1000 objetivos iraníes en las primeras 24 horas. Lograr esta coordinación de identificación y validación de blancos hubiera implicado la intervención de decenas de planificadores, durante meses, de no haber dispuesto de este potentísimo instrumento de IA. El uso del Maven Smart System, desarrollado por Palantir, permitió tal ritmo de ataque que fue casi el doble de la escala de la campaña inicial de 2003 en Irak.
Este cambio ha impulsado el fenómeno financiero conocido como el “Green to Guns Pipeline”: un trasvase de capital inédito, donde fondos de inversión privados, que antes se centraban en salud o tecnologías verdes, migran masivamente hacia la Defensa.
En 2025, el flujo de capital hacia startups aeroespaciales y de uso militar alcanzó los 19 mil millones de dólares, casi duplicando la cifra de 2024. El respaldo del sector público, a través del Pentágono, es total: el Departamento de Defensa estima que su gasto tecnológico para este 2026 será un 71% más alto que en 2020. El presupuesto de defensa de EEUU, que ya superó el billón de dólares, refleja un cambio de matriz histórico.
Mientras la compra de armas físicas representa el 53% de la inversión, la programación, investigación y desarrollo (PIyD) escala al 47%. Ya no se compran solo fierros; se compra, ante todo, capacidad de procesamiento de datos.
El espejo de Irán: La trampa de la asimetría económica
Mas allá del deslumbramiento por los nuevos armamentos, una de las lecciones más demoledoras que dejan los últimos enfrentamientos en Medio Oriente es puramente económica. Estados Unidos descubrió que su sistema defensivo es vulnerable a una “quiebra” financiera y agotamiento de stock: resulta insostenible disparar misiles interceptores Patriot de 4 millones de dólares para derribar drones kamikaze iraníes —como el Shahed— que cuestan apenas 30 mil dólares.
Esta experiencia ha definido dos vías para incrementar la nueva inversión en IA. Por un lado, la IA de coordinación, para gestionar gran cantidad de armas “baratas” que neutralicen, en enjambre, ataques asimétricos (Iran) sin fundir el tesoro nacional. Por el otro, para el choque entre potencias simétricas (China), se prioriza la IA de velocidad, capaz de decidir en milisegundos ante amenazas hipersónicas, donde el factor humano es demasiado lento para reaccionar.
Ambas tecnologías de IA contribuyen a eficientizar (abaratar para masificar) todo el sistema.
Aunque se la describe como una revolución algorítmica, esta competencia descansa sobre bases materiales muy concretas, que determinan su propio teatro geográfico. La IA militar pierde capacidad operativa sin energía continua, lo que otorga un valor renovado a los centros de datos con gran consumo eléctrico.
Asimismo, los minerales estratégicos provenientes de tierras raras, que producen aleaciones de grado militar para turbinas y misiles y los semiconductores, dependientes del Helio proveniente de pozos de gas natural y de industrias tan consolidadas que una vez instaladas se consideran “cuasi”recursos naturales (eminentemente la empresa TSMC en Taiwán). Esto conforma un conjunto de puntos sensibles, geolocalizados, que se despliegan en una cadena global, cuyo control genera disputas soberanistas.
Incluso la Luna ha entrado en los cálculos de largo plazo; su valor militar potencial reside en la posición cislunar para el seguimiento de satélites militares terrestres. En términos estratégicos, quien controle esa “altura extrema” dispondrá de ventajas críticas sobre navegación espacial y alerta temprana.
El caso argentino: oportunidad y cautela
Argentina reúne hoy activos escasos y valiosos: energía de diversas fuentes, capacidades nucleares, territorio amplio, talento técnico y una relativa distancia de los principales teatros bélicos que provee cierto nivel de seguridad.
Un conjunto de ventajas competitivas para la instalación de eventuales centros de datos de IA que ya no pueden confiarse plenamente de lugares como Emiratos Árabes Unidos, cuyo megaproyecto Stargate (el mayor centro fuera de EEUU, valorado en 30 mil millones de dólares) pasó de ser un símbolo de progreso a un objetivo militar explícito – la Guardia Revolucionaria de Irán lo ha calificado como “objetivo legítimo”-
Aún así, también aquí el riesgo es latente: cualquier instalación avanzada de IA de orientación bélica deja de ser una inversión meramente tecnológica para convertirse, a ojos de cualquier beligerante aludido, en un blanco legítimo.
En la doctrina militar moderna, si una instalación contribuye de modo relevante y directo a operaciones en curso —ya sea mediante procesamiento de inteligencia, logística digital o guerra electrónica— puede ser considerada un componente funcional de la estructura de combate.
Esto modifica el cálculo político y estratégico drásticamente. Alojar infraestructura de IA dual puede generar beneficios económicos, pero también, por sus efectos remotos fuera de nuestras fronteras, exposición diplomática, riesgos cibernéticos o de sabotajes de otro tipo e incluso, convertir al país en un objetivo prioritario en escenarios de escalada internacional. En el extremo, convertirnos en un imán de ataques.
Hacia un consenso institucional
Por esta razón, cuando una infraestructura de IA posea capacidades probadamente militares, corresponde un tratamiento institucional más robusto, equivalente a los recaudos de “destino final” de un sistema de armas.
Somos aliados de naciones pero no de compañías ni de sus eventuales clientes, por lo que se plantea la necesidad de un dictamen previo del Ministerio de Defensa y, en su caso, un debate legislativo que defina límites operativos, mecanismos de supervisión y reglas compatibles con la seguridad nacional.
La pregunta de fondo no es solo cuánto empleo o inversión genera un centro de IA, sino si ese activo inserta al país, voluntaria o involuntariamente, en cadenas globales de conflicto. En el siglo XX, la neutralidad se jugaba en puertos, refinerías y bases militares; en el XXI, se decide en centros de datos, redes satelitales y algoritmos. El aprovechamiento consciente de estas tecnologías requiere de acuerdos políticos duraderos para evitar que una oportunidad tecnológica se transforme en una imprudencia estratégica.
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fuente: Inteligencia Artificial y guerra: un dilema estratégico para la Argentina – Clarin.com”> GOOGLE NEWS



