Inteligencia artificial y empleo: adaptarse o quedar afuera

Los griegos tenían cuatro virtudes que llamaban cardinales porque, como el cardine de una puerta —ese pivote de hierro sobre el que gira todo—, si faltaba una, la estructura entera se venía abajo. Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Cuatro palabras que llevan más de dos mil años vigentes y que hoy, curiosamente, son la mejor brújula para navegar el mercado laboral del siglo XXI.

Porque el problema no es la tecnología. El problema es que muchos trabajadores están enfrentando la mayor transformación del mercado laboral de la historia con las mismas herramientas de siempre. Y eso, tarde o temprano, se paga.

En quince años de ejercicio del derecho laboral he visto de todo. He representado empresas y trabajadores. He firmado acuerdos de desvinculación y he litigado despidos que eran un escándalo. Y en todos esos años aprendí una cosa: los que peor la pasan no son los que pierden el trabajo. Son los que nunca vieron que lo iban a perder.

El verdadero riesgo no es la IA, es quedarse quieto

La prudencia no es cobardía disfrazada de precaución. Es inteligencia aplicada al tiempo. Es preguntarse hoy qué va a necesitar el mercado dentro de tres años. Y la respuesta, hoy, es clara: va a necesitar personas que entiendan cómo funcionan los sistemas que automatizan procesos, no personas que solo ejecuten esos procesos.

El empleado administrativo que liquida sueldos manualmente tiene dos opciones: adaptarse o esperar el llamado. Aprender a usar herramientas que automatizan o escuchar que ya no hace falta. La prudencia elige la primera.

Un informe reciente de una de las principales bancas de inversión del mundo puso números a algo que en los estudios jurídicos laborales ya se percibe en la práctica cotidiana: cuando un trabajador pierde su empleo por desplazamiento tecnológico, las consecuencias no duran meses, duran años.

Una década después, sus ingresos reales todavía acusan el golpe. La vivienda postergada. El proyecto familiar demorado. La jubilación que se aleja.

Eso no es justo. Y frente a eso aparece la Justicia, como virtud. Que el Estado legisle con seriedad una categoría de desplazamiento tecnológico que hoy no existe. Que los sindicatos negocien reconversión y no solo salarios. Que las empresas entiendan que automatizar sin acompañar tiene fecha de vencimiento social.

Pero también exige algo del propio trabajador. Porque la Justicia no es solo reclamar derechos. Es asumir la responsabilidad de estar a la altura del tiempo que toca vivir.

Tengo un Máster en Inteligencia Artificial. Y el primer día me sentí como se siente alguien que tiene que aprender algo completamente nuevo: intimidado, fuera de lugar, convencido de que eso era para otros.

La Fortaleza no es no tener miedo. Es avanzar a pesar del miedo. Es sentarse frente a lo desconocido y entender que la incomodidad de aprender es mejor que la comodidad de quedar afuera.

América Latina ya registra un salto importante en el desempleo en empleos administrativos en el último año. No por casualidad. Por falta de formación, por décadas de mirar para otro lado y por trabajadores que esperaron soluciones externas.

El debate sobre IA y empleo oscila entre dos extremos igual de inútiles: el catastrofismo y la ingenuidad.

La Templanza es el punto medio. Es entender que la transformación es real, que hay sectores que van a sufrir, pero también que la historia del trabajo es la historia de la adaptación.

La imprenta dejó sin trabajo a los copistas, pero creó millones de empleos nuevos. La IA no rompe esa lógica. La continúa. Volviendo a la pregunta inicial:

¿La IA va a destruir empleos?

Destruirá tareas. Automatizará procesos. Volverá obsoletas ciertas habilidades.

Pero no reemplaza personas.

Las personas se reemplazan solas cuando deciden no moverse.

Y ahí está todo: la tecnología nunca fue el problema. El problema es creer que el mundo va a esperar.

fuente: Inteligencia artificial y empleo: adaptarse o quedar afuera”> GOOGLE NEWS

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