
Inteligencia artificial y derecho: tres años que cambiaron la profesión y un debate urgente sobre cómo formamos al abogado
La IA generativa transformó la forma en que los abogados redactan, analizan contratos y diseñan estrategias. Pero su uso sin criterios claros abre riesgos concretos: desde fallos inexistentes y filtraciones de información confidencial hasta una generación de abogados jóvenes que podría dejar de entrenar el pensamiento jurídico. Una mirada desde la práctica profesional y la tecnología.
La IA y la reconfiguración del trabajo jurídico
Desde fines de 2022, cuando los modelos de lenguaje de gran escala llegaron al público general, la profesión jurídica entró en una transformación silenciosa pero profunda. En menos de tres años, la inteligencia artificial generativa pasó de ser una curiosidad técnica a convertirse en una herramienta cotidiana en muchos estudios, áreas legales corporativas y, cada vez más, en tribunales.
Particularmente, considero que el cambio más visible está en la redacción y la investigación jurídica. Tareas que históricamente requerían horas de trabajo —desde contratos modelo hasta dictámenes o cláusulas adaptadas a un caso particular— hoy pueden resolverse en minutos. El centro de gravedad de la labor jurídica se desplazó de la producción del texto hacia el control de calidad de este: leer críticamente, validar fuentes, ajustar matices y asegurar coherencia con la estrategia del caso, lo cual implica un agregado de valor importante.
Y esta es apenas una parte. La IA generativa demostró ser especialmente útil para el análisis de contratos extensos, resumir resoluciones judiciales largas, procesar grandes volúmenes documentales en etapas de due diligence o discovery, y apoyar el diseño de estrategias jurídicas explorando argumentos y precedentes que el abogado quizás no había considerado. El resultado es un ejercicio profesional más rápido y escalable. Pero también más expuesto a errores nuevos, que la profesión todavía está aprendiendo a identificar.
¿Por qué un LLM no es un buscador de jurisprudencia?
Un Modelo de Lenguaje de gran Escala o LLM por sus siglas en inglés, es un sistema estadístico diseñado para predecir qué palabra posiblemente sigue a otra dentro de una secuencia, pero no “sabe” jurisprudencia. Su salida es lingüísticamente coherente porque fue entrenado con enormes cantidades de texto, pero no tiene un mecanismo interno que distinga entre una cita real y una verosímil. Cuando se le pide un fallo y no lo tiene en su entrenamiento, el modelo no se queda en silencio: completa con lo que estadísticamente “suena” a un fallo. Es lo que se conoce como alucinación.
Para búsqueda de jurisprudencia existen herramientas específicas —bases de datos jurídicas, sistemas con recuperación documental, soluciones que combinan IA con bases verificadas mediante técnicas como RAG (retrieval augmented generation)— que sí están diseñadas para ese fin. El uso de un asistente de redacción como si fuera un buscador jurídico es un error conceptual Desde mi perspectiva, ésta es probablemente una amenaza subestimada por estudios y departamentos legales.
Políticas internas de uso: la regla de la revisión obligatoria
Todo estudio jurídico debería tener, a esta altura, una política escrita de uso de inteligencia artificial. No como un ejercicio formal, sino como una herramienta concreta de gestión de riesgos profesionales, reputacionales, legales y eventualmente, de responsabilidad civil.
El núcleo de esa política es simple: todo documento generado por IA tiene que ser revisado por un abogado responsable antes de salir del estudio. La única matización razonable son los flujos altamente automatizados para tareas extremadamente repetitivas y de baja sensibilidad como por ejemplo la generación masiva de notificaciones estandarizadas, donde la revisión se hace sobre el diseño del proceso y sobre muestras.
La política interna de IA tiene que incluir una dimensión pedagógica explícita: qué tareas hace el junior sin asistencia, en qué momentos de su carrera se incorporan progresivamente herramientas de IA, qué espacios de lectura, escritura y discusión se preservan deliberadamente. La eficiencia mal entendida puede salir muy cara.
Confidencialidad: qué pasa con los datos que cargamos en la IA
Hay una dimensión del uso responsable de la IA que merece tratamiento propio, porque toca el corazón mismo de la relación abogado-cliente: el secreto profesional. La regla concreta es utilizar únicamente versiones empresariales o profesionales, configuradas para impedir el entrenamiento con datos del usuario y respaldadas por acuerdos contractuales verificables.
El riesgo silencioso: una generación de juniors que no aprende a pensar
Como socio de ZBV Abogados, hay un tema que me preocupa especialmente en el mediano plazo y que todavía se discute poco. La formación de un abogado se construye haciendo tareas que, vistas en abstracto, parecen ineficientes. El junior aprende leyendo fallos completos —no resúmenes—, redactando escritos que el senior va a rehacer, buscando jurisprudencia hasta entender cómo se argumenta una posición. Es un camino lento, costoso y, en apariencia, poco productivo. Pero es el proceso
mediante el cual se forman los semi-seniors, seniors y futuros líderes que el estudio va a necesitar más adelante, incluidos —para quienes aspiren a ese recorrido— sus potenciales socios. Si los juniors empiezan a pedirle a la IA el primer borrador de todo, el resumen de cada fallo y la búsqueda de cada precedente, corremos un riesgo serio: que en pocos años tengamos profesionales que saben usar la herramienta pero no saben hacer lo que la misma realiza. Que no puedan cuestionarla ni auditarla, porque nunca aprendieron a construir desde cero aquello que ahora supervisan. Y, sobre todo, que no hayan desarrollado el músculo del pensamiento jurídico propio.
La consecuencia no es sólo formativa. Es estructural.
Justicia: adopción cuidadosa, no delegación
El sistema judicial argentino arrastra una deuda histórica con la duración de los procesos. La IA ofrece una oportunidad real —probablemente la mejor en décadas— para acortar esos tiempos de manera significativa: clasificación inteligente de expedientes, asistencia en la elaboración de proyectos de resolución para casos de bajo nivel de complejidad o alta repetición, búsqueda asistida de antecedentes, transcripción y análisis automatizado de audiencias.
El acceso a la justicia, entendido como una respuesta jurisdiccional oportuna e imparcial, depende cada vez más de que el Poder Judicial adopte estas herramientas. Pero la palabra clave es que sea cuidadosa. Hay una línea que no se debería cruzar: el análisis jurídico fundamental que involucra la valoración de la prueba, la interpretación de la norma aplicable al caso concreto y la decisión final es función indelegable del juez. La IA puede asistir, ordenar información y sugerir caminos posibles. La definición sigue siendo humana. Los proyectos de resolución asistidos por IA deben ser, conceptualmente, similares a un proyecto elaborado por un secretario: un insumo que el magistrado lee, evalúa y reescribe si hace falta, asumiendo su autoría intelectual.
La tecnología como herramienta, no como reemplazo
Hay una tentación muy humana, frente a cualquier tecnología disruptiva, de oscilar entre el rechazo y la rendición. Ninguna de las dos posturas le sirve al derecho. La inteligencia artificial generativa es probablemente la herramienta más poderosa que la profesión jurídica recibió en al menos un siglo. Va a transformar cómo trabajamos los abogados, cómo funcionan los estudios, cómo se administra justicia y cómo se forma a las nuevas generaciones. Esa transformación ya empezó y no tiene marcha atrás.
Pero el núcleo del derecho es un ejercicio de razonamiento, de prudencia, de comprensión de contextos, de valoración ética y de decisión bajo incertidumbre. Todo eso lo hace —y lo seguirá haciendo— un operador jurídico humano. La IA debe ser una herramienta que potencie al abogado, al juez, al fiscal, al jurista. No un sustituto al que delegamos lo que nos define como profesionales del derecho. El desafío de los próximos años es asegurarnos de que la incorporación de la tecnología sea exactamente eso: una palanca de calidad, de acceso y de mejor servicio.
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