Inteligencia artificial: el cerebro detecta un detalle en rostros falsos – Identidad Correntina

Un estudio italiano mostró que, aunque muchas personas no logran distinguir caras reales de las creadas por inteligencia artificial, el cerebro sí registra diferencias sutiles. La investigación abre nuevas preguntas sobre el impacto de los deepfakes y la persuasión digital.

“La cara es el espejo del alma”, escribió Cicerón hace más de dos mil años, y hoy esa vieja idea vuelve a cobrar fuerza en la era de las imágenes sintéticas: aunque los rostros creados por inteligencia artificial pueden parecer perfectos a simple vista, el cerebro todavía registra que algo no termina de encajar.

Esa es la principal conclusión de un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Milano-Bicocca, en Italia, que analizó cómo reaccionan las personas frente a imágenes hiperrealistas creadas por inteligencia artificial. Los resultados fueron publicados en la revista científica Scientific Reports.

La investigación estuvo dirigida por las neurocientíficas Alice Mado Proverbio y Mariia Dosaikina. Para llevarla adelante, reclutaron a 30 participantes y les mostraron 440 fotografías de rostros, la mitad reales y la otra mitad generadas mediante inteligencia artificial. Mientras observaban las imágenes, los científicos registraban su actividad cerebral mediante electroencefalografía (EEG).

Los voluntarios no sabían que parte de las imágenes eran artificiales. Su atención estaba puesta en una tarea visual diferente, diseñada para evitar que intentaran identificar conscientemente qué fotografías eran falsas y cuáles no.

El primer hallazgo sorprendió a los investigadores. Los participantes tuvieron grandes dificultades para reconocer los rostros generados con IA y, en muchos casos, los confundieron con personas reales. Además, tendieron a calificarlos como más familiares y más atractivos que los rostros auténticos.

Durante la prueba, los rostros generados por inteligencia artificial fueron identificados correctamente en apenas el 33% de los casos, muy por debajo de lo esperable por azar. Para los investigadores, esto confirma hasta qué punto la nueva generación de imágenes sintéticas puede resultar indistinguible de los rostros reales.

Según los autores, esto podría explicarse porque los sistemas de inteligencia artificial producen caras extremadamente simétricas y con rasgos muy cercanos a un “promedio” idealizado. Esa combinación genera imágenes visualmente agradables y fácilmente reconocibles para el cerebro humano.

En términos evolutivos, la preferencia por rasgos simétricos y promedios faciales no es nueva: diversos estudios en psicología han vinculado durante años la simetría con salud percibida, estabilidad genética y mayor atractivo. La IA, en cierto modo, parece amplificar esas tendencias al llevarlas a un nivel de perfección que rara vez aparece en rostros humanos reales.

Sin embargo, la parte más llamativa del trabajo apareció al analizar los registros cerebrales.

Aunque los participantes no podían distinguir conscientemente entre rostros reales y artificiales, sus cerebros reaccionaban de forma diferente. Los científicos observaron cambios sistemáticos en varios indicadores neuronales asociados con el reconocimiento de rostros, la memoria visual, la familiaridad y la evaluación social.

Los rostros creados por IA generaron respuestas más intensas en áreas vinculadas con la valoración estética, el reconocimiento y la atribución de características sociales. También fueron procesados con mayor rapidez, como si se tratara de estímulos especialmente claros, nítidos o prototípicos.

Los autores relacionan este fenómeno con el llamado “hiperrealismo”. Según plantean, los algoritmos tienden a producir rostros con rasgos extremadamente simétricos, equilibrados y cercanos a un ideal promedio, características que podrían explicar por qué muchas personas los perciben como más familiares y atractivos que los rostros de individuos reales.

Para los investigadores, esto demuestra una disociación interesante: mientras que la percepción consciente tiene dificultades para detectar el origen artificial de una cara, los mecanismos neuronales siguen siendo sensibles a diferencias sutiles que escapan a la observación deliberada.

Los resultados también aportan un elemento nuevo al debate sobre el llamado “valle inquietante”, la teoría según la cual las representaciones humanas artificiales generan rechazo cuando se parecen demasiado a una persona real. Lejos de provocar incomodidad, las caras producidas por IA parecieron resultar especialmente atractivas para los observadores.

Eso no significa, sin embargo, que el cerebro haya sido completamente engañado.

“La reacción de rechazo no desapareció por completo. Se desplazó a un nivel más profundo, neuronal e inconsciente”, explicó Proverbio al presentar los resultados del estudio según reportó ANSA.

Análisis y proyecciones: el hallazgo encaja con una tendencia más amplia de los últimos años: a medida que mejoran los modelos generativos, aumenta la dificultad para detectar contenido sintético sin herramientas de verificación. En ese contexto, los rostros artificiales no solo pueden servir para publicidad, entretenimiento o diseño, sino también para operaciones de manipulación, ingeniería social y desinformación. Si el cerebro tiende a asignarles familiaridad y belleza, podrían volverse especialmente útiles para captar atención y generar confianza en entornos digitales, aunque su impacto real seguirá dependiendo del contexto, la repetición y la exposición del usuario.

Los autores creen que estos hallazgos podrían tener implicancias importantes en una época marcada por la proliferación de los deepfakes, los perfiles falsos y otros sistemas capaces de generar imágenes hiperrealistas de personas inexistentes.

Si los rostros artificiales son percibidos como especialmente confiables, familiares o atractivos, podrían convertirse en herramientas cada vez más eficaces para influir sobre las personas en entornos digitales.

Evolución del tema: en los últimos años, el debate público sobre la inteligencia artificial generativa pasó de la fascinación por su capacidad creativa a la preocupación por sus usos engañosos. Primero se discutió el realismo de imágenes y videos sintéticos; luego, el foco se corrió hacia los deepfakes, la suplantación de identidad y el riesgo de fraude. Este estudio agrega una capa neurológica al problema: ya no solo importa si una persona identifica o no una falsificación, sino cómo su cerebro procesa esa falsificación incluso antes de que haya una evaluación consciente.

Aun así, los investigadores reconocen que el estudio tiene limitaciones. La muestra fue pequeña —apenas 30 participantes— y el experimento se realizó en condiciones de laboratorio, por lo que no permite concluir cómo reaccionarían las personas ante situaciones reales como una estafa en línea o una campaña de desinformación.

Con información de la agencia Ansa.

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