
La Dra. Ingrid Clayton, psicóloga clínica con doctorado y máster en Psicología transpersonal, lleva más de 16 años trabajando en consulta privada con personas atrapadas en un patrón que el mundo suele confundir con bondad: la complacencia crónica.
Su libro Complacer parte de una premisa que desarma los consejos de autoayuda más repetidos: esa necesidad de agradar no viene de una baja autoestima, sino de algo mucho más profundo.
“Esa necesidad de agradar a los demás no viene de una falta de autoestima, sino porque el cuerpo está programado, ante todo, para buscar seguridad y supervivencia”, explicó Clayton en una entrevista con El Mundo.
La complacencia como respuesta al trauma
Para Clayton, la complacencia funciona igual que la parálisis, la huida o la lucha: es una reacción del cuerpo ante una amenaza percibida. La clave para distinguirla de la simple generosidad está en una pregunta concreta: ¿qué sentís si no complaces a los demás?
“Si la respuesta es terror, amenaza o la sensación de que algo terrible está a punto de suceder, probablemente estemos ante una respuesta al trauma”, señaló la psicóloga.
El problema aparece cuando esa respuesta se vuelve crónica y el sistema nervioso ya no distingue entre el peligro real y la simple incomodidad. Según Clayton, sanar no implica eliminar esa respuesta del sistema nervioso, sino dejar de activarla en lugares y relaciones seguros.

La psicóloga incluye en su libro siete casos clínicos, dos de ellos de hombres. Sin embargo, señala una diferencia cultural significativa en relación con el género.
“A las mujeres se las condiciona para complacer desde pequeñas: a los chicos se les permite ser duros, incluso se les orienta hacia una respuesta de lucha saludable; a las niñas, en cambio, se les suele enseñar a complacer y a sonreír”, sostuvo.
Esa diferencia tiene consecuencias concretas y medibles en su práctica clínica. “No he conocido todavía a ninguna mujer que no haya experimentado, en algún momento de su vida, esta respuesta de la complacencia, algo que no siempre ocurre igual en los hombres”, afirmó Clayton.
Las señales de alerta que hay que reconocer
La psicóloga identificó una serie de indicios que pueden revelar que la complacencia ya opera como mecanismo de trauma. Sentir que es imposible poner límites, estar siempre pendiente de cuidar a otros y acumular resentimiento por dar sin recibir son señales claras.
También lo es lo que Clayton llama la experiencia camaleónica: adaptarse tanto a cada entorno que surge la pregunta “¿quién soy realmente cuando no me estoy presentando para un público determinado?”.
Otro factor que refuerza este patrón, según la especialista, son las redes sociales. “El cuerpo siempre busca recuperar la validación, y la complacencia puede formar parte de esa danza, de ese sistema de recompensa que las redes sociales explotan a la perfección”, explicó.
Gran parte del trabajo de Clayton se centra en el trauma infantil. La propia autora lo vivió y lo describe en el libro con detalle. Recuerda la sensación de escuchar los neumáticos del auto de sus padres al llegar a casa y saber de inmediato de qué humor venían, para poder escapar antes de cruzarse con ellos.
“Parte de la respuesta complaciente nace ahí: si no estás de buen humor, yo puedo hacerte feliz, puedo cuidarte”, reflexionó.
Para un niño, explicó, las respuestas de lucha o huida suelen empeorar la situación. La complacencia termina siendo la única estrategia disponible para sobrevivir a un entorno disfuncional. “El origen, en el cuerpo, se siente como una amenaza vital”, precisó Clayton. “Entiendo que quien no lo ha vivido pueda no comprenderlo del todo”.
Herramientas concretas para salir del ciclo
La psicóloga recomienda técnicas basadas en el trabajo somático del terapeuta Peter Levine, creador de la Somatic Experiencing.
La propuesta es usar los sentidos como lenguaje del sistema nervioso: mirar alrededor, escuchar, oler, tocar. Cuando el cuerpo se orienta hacia el entorno, empieza a registrar la seguridad de forma experiencial, no solo cognitiva.
“Cuando mis pacientes hacen este ejercicio, observo que respiran hondo de manera espontánea, sin proponérselo: simplemente, al orientarse hacia su entorno, el sistema nervioso se regula solo”, describió.
Otra herramienta que menciona es salir a caminar, ya que implica un movimiento bilateral similar al que se usa en el EMDR, terapia de trauma que utiliza ese tipo de estimulación.
Clayton describe un cambio profundo en quienes logran comprometerse con este proceso: las relaciones dejan de repetir los mismos patrones disfuncionales. “Personas que no tenían hobbies porque vivían por y para los demás empiezan, por primera vez, a descubrir qué les gusta y quiénes son realmente”, señaló.
Para quienes están al inicio del camino, la psicóloga tiene un mensaje claro: “Esa persona no está rota, que no hay nada malo en ella, que no es disfuncional”.
“Para la mayoría de quienes viven esta respuesta crónica al trauma, es un trabajo de por vida o, al menos, a largo plazo”, reconoció. Y aun así, agregó: “Podemos salir por fin de la rueda del hámster que consiste en esforzarnos más, obtener reconocimientos, intentar demostrar nuestro valor y no llegar a ninguna parte”.
Nota generada con inteligencia artificial bajo supervisión y edición humana.
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