Ideología, trabajo y neurociencia en la era de la inteligencia artificial – La Nación

Dos personajes y sus miradas contrapuestas: solicité a la IA crear un personaje liberal y otro socialdemócrata, y que cada uno presente cómo piensa “que las sociedades desarrollarán alternativas para la población que se quede sin trabajo por el desarrollo de la inteligencia artificial en los próximos 20 años. Si se producirán respuestas violentas o no.”

El personaje L (liberal) y el personaje S (socialdemócrata) desarrollaron una extensa lista sobre las consecuencias y posibilidades de la sociedad de transitar esta revolución tecnológica que podemos resumir:

L, economista de 52 años presentó estas ideas:

La historia muestra que cada revolución tecnológica destruye empleos, pero crea muchos más, y mejores. Pasó con la mecanización agrícola, con la industria, con la informática. La inteligencia artificial no será distinta: eliminará tareas repetitivas, pero abrirá campos enteros en programación, mantenimiento, diseño, salud personalizada, educación, economía creativa y servicios que hoy ni imaginamos.

Las sociedades se adaptarán mediante tres mecanismos:

Mercado laboral flexible, que permitirá reconvertirse rápidamente.

Educación continua, con formación a lo largo de toda la vida.

Emprendimiento, donde la IA será una herramienta que potencie a individuos y pequeñas empresas.

No veo inevitable una violencia masiva. Puede haber tensiones transitorias, protestas, incluso conflictos localizados, pero las personas suelen preferir adaptarse antes que destruir el sistema que les permite progresar. La clave será no frenar la innovación, sino facilitar la movilidad social y la libertad para crear nuevas actividades.”

S, sociólogo de 42 años y ex funcionario público, plantea:

La inteligencia artificial puede generar una riqueza enorme, pero también una concentración inédita del poder económico. Millones de personas podrían quedar desplazadas antes de poder reconvertirse. Confiar solo en el mercado sería ingenuo.

Las alternativas pasarán por:

Estados activos, que regulen el uso de la IA y protejan el empleo.

Ingresos básicos o seguros de transición, para garantizar dignidad mientras la gente se reentrena.

Reducción de la jornada laboral, repartiendo el trabajo disponible.

Inversión pública masiva en educación y cuidado, sectores intensivos en empleo humano.

Si estas políticas no se implementan, sí existe riesgo de respuestas violentas: estallidos sociales, populismos autoritarios, rechazo a la tecnología y conflictos entre ‘incluidos’ y ‘excluidos digitales’. La violencia no es inevitable, pero la desigualdad extrema históricamente siempre termina generando inestabilidad.

La discusión sobre qué hará la sociedad con las personas que pierdan su trabajo por la inteligencia artificial suele dividirse en dos grandes miradas. Por un lado, la liberal: confía en la innovación, el mercado y la capacidad humana de adaptarse. Por el otro, la socialdemócrata: advierte sobre la desigualdad, la exclusión y la necesidad de un Estado fuerte que amortigüe el impacto.

A primera vista, parece una diferencia puramente ideológica. Pero la neurociencia agrega una capa inesperada: no solo pensamos distinto por nuestras ideas, sino también por cómo nuestro cerebro procesa el riesgo, la recompensa y la empatía.

La observación más liberal pone énfasis en la creación, y enfrentarse a lo nuevo no lo registra cómo una amenaza un cerebro que procesa en primera instancia la recompensa. Esta forma de pensar pone el foco en el crecimiento, la creatividad y la libertad individual. En cambio, la mirada socialdemócrata observa el mismo fenómeno con mayor preocupación. Se pregunta qué pasará con quienes no logren reconvertirse a tiempo, con las regiones que queden rezagadas.

Lo que dice el cerebro

La neurociencia no afirma que exista un “cerebro liberal” y un “cerebro socialdemócrata”. Eso sería una simplificación peligrosa. Pero sí muestra que las personas difieren en cómo su cerebro pondera la oportunidad frente al riesgo.

-Cuando predominan los circuitos vinculados a la recompensa, la exploración y la planificación, solemos sentir entusiasmo ante el cambio y confianza en la adaptación.

-Cuando se activan más los circuitos relacionados con la amenaza, la injusticia y el dolor social, la atención se dirige a la protección, la contención y la cohesión.

Ambos sistemas son normales, necesarios y están presentes en todas las personas. La diferencia es de énfasis, no de calidad moral ni de inteligencia.

¿Violencia o adaptación?

Desde la neurociencia social, esto tiene sentido: la desigualdad extrema activa los mismos circuitos cerebrales que el dolor físico y la amenaza vital. Ignorar ese dato no es optimismo, es miopía.

Una conclusión incómoda (pero útil)

Tal vez la discusión no deba resolverse eligiendo quién tiene “razón”, sino entendiendo que ambas miradas responden a dimensiones reales del problema.

La inteligencia artificial exige, al mismo tiempo:

-Innovación y libertad para crear.

-Protección y amortiguadores sociales para evitar rupturas.

-La política del futuro probablemente no se juegue entre ideologías puras, sino en la capacidad de integrar cerebros que miran el mundo desde sensibilidades distintas.

Porque, al final, el desafío no es solo tecnológico. Es profundamente humano.

Doctor en Medicina, exsecretario de Salud de la Nación, subsecretario Ministerio de Salud CABA , presidente de la Sociedad Argentina de Cardiología y de la Fundación Cardiológica Argentina

fuente: inteligencia artificial – La Nación”> GOOGLE NEWS

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