
El viaje de egresados es uno de los momentos más ansiados de la escuela secundaria. La clásica travesía a Bariloche promete ser un recuerdo inolvidable para cada promoción: excursiones, nieve, boliches, paseos, fogones y chocolates se convierten cada año en el anhelo de un curso que finaliza esa etapa académica.
Eso mismo sentía la promoción 1980 de la Escuela Normal de Bragado. El 26 de julio de ese año subieron al micro con la misma expectativa que cualquier adolescente en esa situación: convertirse en dueños de la ciudad de los estudiantes por unos días. Ese objetivo quedó trunco, ya que los jóvenes nunca llegaron a Bariloche.
El colectivo que los llevaba a la famosa localidad de Río Negro chocó contra un camión sobre la Ruta 22, a 15 kilómetros de Médanos, cerca de Bahía Blanca. Y lo que pretendía ser una experiencia memorable terminó de la peor manera.
“Ahí se apagó mi cerebro”
El accidente dejó 11 muertos: 6 de ellos eran alumnos del colegio. También murieron en el siniestro la directora y la secretaria de la escuela. Varios jóvenes resultaron gravemente heridos: entre ellos, Andrea Povis (62), quien estuvo en coma cuatro días, otros tantos en terapia intermedia, y una cantidad mucho más difícil de calcular intentando sanar las consecuencias emocionales del hecho.
“Yo iba del lado izquierdo, del lado del pasillo, y una de mis amigas en la ventanilla. Era de noche; nos tapamos, nos dormimos y ese es mi último recuerdo”, relató la mujer a Clarín. Lo siguiente fue la sensación de que algo se le venía encima. Ese “algo” era un camión con acoplado que impactó justamente en su sector, destrozando el ala izquierda del micro.

“Ahí se apagó mi cerebro. Esto fue el 26 de julio y yo me desperté consciente los primeros días de agosto en el Hospital Italiano sin tener la más mínima idea de lo que había pasado”, rememoró. Al principio, nadie le decía nada. Y, de repente, al ver una de las revistas que su familia le llevaba para poder entretenerse un poco, leyó la fecha de publicación: agosto de 1980. Entonces, el rompecabezas comenzó a armarse.
Sobrevivir a la tragedia y a la culpa
La reconstrucción del hecho fue un trabajo mucho más largo de lo que se podría imaginar. Como Andrea estuvo internada, grave e inconsciente, tuvo que recurrir a la memoria de los demás para entender lo que había sucedido. Pero la mayoría de los involucrados no quería –o no podía- hablar del tema.
Veintiséis años después, contó: “Era una ruta doble mano en muy mal estado. Había una curva muy cerrada y el colectivero vio una luz del otro lado: venía un camión con acoplado. Ambos dijeron ‘paso’ y avanzaron. Pero el ancho de la ruta no les dio para poder doblar a los dos. El acoplado pegó un coletazo y arrancó todo al lado izquierdo del colectivo, lo tumbó y lo volcó”.
“Yo quedé en el fondo, estaba en la parte de atrás. Mi compañera, que estaba al lado mío, falleció. Fui la última que sacaron porque estaba atrapada entre medio de Dios sabe qué cosas”, agregó.
En cuestión de segundos, ese proyecto con el que todo egresado sueña se había convertido en lo que luego se conoció como “la tragedia de Médanos”. La infraestructura del lugar era pequeña, lo cual requirió de la colaboración de los habitantes del lugar e, incluso, de la ayuda de los propios sobrevivientes.
Sobre la ruta, los camiones paraban y prendían las luces para iluminar al micro y facilitar el trabajo de los bomberos. Algunos de los adolescentes que habían resultado ilesos –a quienes Andrea destaca como “héroes”- subían una y otra vez a los restos del colectivo para sacar a sus compañeros, muertos o heridos.
Como no alcanzaban las ambulancias, pobladores en autos particulares llegaban hasta allí para llevar a los heridos al hospital. Así fue que Povis arribó al Hospital de Bahía Blanca, donde le hicieron su primera cirugía antes de trasladarla a la Ciudad de Buenos Aires.

La entonces joven de 17 años estaba muy grave. Un fierro se insertó en su cabeza de tal forma que le rompió un hueso, tuvo pérdida de masa encefálica y perdió parte de la visión del ojo derecho. Además, se fracturó la clavícula, el omóplato y el cúbito.
“Me costó mucho aceptar por qué mi compañera, que estaba al lado mío, falleció. Las dos personas que estaban atrás mío fallecieron, gente que estaba delante mío también falleció y yo, que había quedado así, con la cabeza abierta y con todo lo demás, todavía sigo arrastrando la culpa por el camino”, comentó Andrea.
“Perder la inmortalidad”
Si hay algo que caracteriza a la adolescencia es la impresión de creerse invencibles. Un accidente de este tipo genera, además de las consecuencias obvias, una forma absolutamente traumática de presentar la finitud, un golpe de realidad difícil de procesar a los 17 años.
“Eso fue lo que más me costó. En ese momento, mi sensación y la de varios de mis compañeros, fue la de perder la inmortalidad. Vos en esa etapa te creés que podés todo, que sos inmortal. Y, de repente, no lo sos. Eso fue un impacto muy grande”, reconoció.
Por otra parte, pasados los días, todos simulaban actuar como si la tragedia no hubiera ocurrido. “Todos teníamos 17 años, la gente quería seguir su vida como venía, teníamos planificado lo que íbamos a hacer después (de hecho, yo también lo hice, me vine a Buenos Aires a estudiar). Nos hicieron ir a la fiesta de fin de año, donde se hizo todo como si no hubiera pasado nada”. En el aire se respiraba una falsa normalidad demasiado llamativa para tamaña desgracia.
“En la escuela no había una placa que hablara de nuestra promoción, no había un recuerdo, no había nada”, destacó Povis. Y, sin embargo, cada centímetro de su cuerpo le recordaba la tragedia. Aún recuerda las charlas de esos años con su madre: “Mamá, no me puedo olvidar. Me miro al espejo y no hay manera de que me olvide. Me veo la cara, me veo el brazo, las cicatrices”, insistía en medio de su dolor.

“La imagen que el espejo me devuelve, todavía estoy tratando de terminarla de procesar. Me cuesta bastante, es muy difícil. Algún día lo lograré”, confió.
“Salir del colectivo”
Este silencio que duró décadas dejó huellas. La reserva fue tan grande que, incluso, Andrea Povis descubrió muchos años después partes de su propia historia dentro de ese micro. Esto fue clave para que la carga del accidente sea, al menos, un poco más liviana.
En 1980, cuando la mujer despertó del coma, su mamá –quien ya falleció- le dijo que la habían dado por muerta y que nadie la buscaba dentro del colectivo. Esa afirmación resonó dolorosamente en su cabeza durante varias décadas.
En 2021 una periodista de Bragado que, en su niñez, había visto las secuelas que el choque le había causado le consultó si podía entrevistarla. Le comentó en ese entonces que había tratado con varios sobrevivientes y que todos se habían negado. Andrea aceptó y le contó lo que, hasta ese momento, para ella era la verdad.
La nota despertó algo impensado. Tras las declaraciones de Povis, algunos de sus excompañeros retomaron contacto con ella. Lo más sorprendente del caso no fue que volvieran a hablarse o a verse, sino que Andrea supiera que sus amigos no la habían abandonado al momento del accidente.
Uno de ellos fue Carlos, parte del grupo que pudo rearmarse tras el reportaje. Al llamarla por primera vez, le dijo: “Mirá, hay otro compañero, ‘Pancho’, Francisco Alonso, que está muy enojado por lo que vos dijiste en la entrevista de cómo te habían sacado, eso no es verdad, eso es mentira, él quiere hablar con vos”.
Entonces se juntaron en Bragado y se dio la charla tan necesaria y esclarecedora. Así, supo que Francisco y Carlos sacaron a muchas de las víctimas del micro. “Se metieron en el medio del desastre a meterle mano. ¡Imaginate lo que debe haber sido! Y rescataron a un montón de gente que había quedado aplastada”, reflexionó la mujer.
Y así llegó la verdad: “Fue Pancho el que me vio en el piso”. Y me contó lo que sucedió: “‘Lo que pasa es que vos llorabas cuando se apagaban las luces de los camiones’”. “Parece que, para no encandilar y por la batería, prendían las luces, la gente subía al micro y entonces las apagaban”, aseguró Povis.
“Pancho me dijo: ‘Cuando se apagaban las luces, vos llorabas; y, cuando se prendían las luces, te quedabas callada. Yo no sé por qué hacías eso’. Y le expliqué: ‘Porque le tengo miedo a la oscuridad, Pancho, yo tengo muchísimo miedo cuando está todo oscuro’”.
Esta confrontación entre el ruido y el silencio provocaba el escepticismo del jefe de bomberos, a cargo del operativo, quien le decía a Francisco que Andrea no podía estar viva, que saliera de allí porque se iba a descomponer.

Como última salida, Pancho soltó la mano de su compañera y le gritó, buscando que reaccionara. Su amigo le contó cada detalle: “Empezaste a llorar y el jefe te escuchó. Ahí te sacamos. Nadie te dejó abandonada”, le aseguró su excompañero. Las palabras fueron tan reparadoras que la mujer reconoció ese momento como un antes y un después.
Tras ese encuentro, Carlos, Francisco, Andrea y algún excompañero se convirtieron en una red a la que ella define como un “disco rígido”. Se organizaron para que el colegio tenga un registro de ese hecho tan traumático y colocaron una placa con los nombres de todos los alumnos que debieran haber egresado en 1980, en medio de una emotiva ceremonia donde se convocó a los sobrevivientes y a las familias de las víctimas fatales.
Hoy Andrea Povis convirtió su historia en una obra de teatro: Promoción 80. Salir del colectivo. Dirigida por Natalia Slovediansky intenta así darle un cierre al hecho que marcó toda su vida. La pieza, concluyó, “habla de la memoria colectiva; de que si no hablás, las cosas no se arreglan. Esta es mi versión de lo que pasó, de lo que me pasó a mí, pero todos tenemos un colectivo del cual no podemos salir solos. Cada uno sabrá cuál es el suyo”.
Promoción 80. Salir del colectivo se presenta los días 30 de mayo, 6 y 13 de junio en el Espacio Crearte, Don Bosco 4124, CABA.
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