
La filósofa alemana, Hannah Arendt (1906-1975) fue una de las intelectuales más influyentes en Occidente, y sus ideas aún resuenan en la actualidad. Qué quiso decir con la frase: “La banalidad del mal consiste en la falta de pensamiento“.
También fue historiadora, socióloga y profesora de universidad, y puede ser considerada como una de las filósofas más destacadas del siglo XX, que pudo trascender a sus maestros, entre otros, el filósofo Martin Heidegger. Emigró de Alemania por la privación de derechos y persecución a los judíos a partir de 1933.

Luego, el régimen alemán le retiró la nacionalidad en 1937 y se nacionalizó estadounidense en 1951. Para adaptarse a su nueva vida, trabajó de maestra y periodista, entre otras cosas. Su experiencia le hizo pensar en la condición humana y la acción política, puntales en los que basó sus teorías.
Su visión sobre el la transformación de la escena política mundial que dio lugar al Holocausto hizo que considere a este último como el “sórdido sonido del silencio de la maldad humana”. El mal para ella fue un fenómeno que intentó comprender.
El contexto es una época convulsionada. La combinación entre maldad humana y fracaso político desembocó en el Holocausto. La autora dedicó su tiempo en analizar porqué ocurrió y cómo se dio la posibilidad de configuración para que esto pasara. La primera reflexión acerca del mal lo hizo en su libro “Los orígenes del totalitarismo” (1951), Arendt utiliza el término “mal radical”.
Sin embargo, la frase de nuestro título que resume su idea central, se consolida años más tarde en su libro “Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal“, publicado en 1963. La idea había surgido antes del libro, cuando de abril a junio de 1961 Arendt asistió como periodista de la revista The New Yorker al juicio contra el nazi Adolf Eichmann en Jerusalén.
Allí escribió una serie de artículos que luego se transformarían en su obra más polémica y conocida. Eichmann había sido detenido por el Mossad -servicio secreto israelí-, en la Argentina en 1960 y trasladado a Israel.

La polémica frase se explica en que la autora se sorprendió cuando conoció al genocida. Esperaba un monstruo, pero Eichmann le pareció más un burócrata mediocre que reiteraba que cumplía su deber y seguía órdenes, y que era incapaz de pensar y reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.
Concluyó que el mal no siempre nace de una maldad profunda, sino de la ausencia de pensamiento. El nazi aplicaba reglas sin cuestionarlas, y lo “banal” no eran sus consecuencias, sino que quienes ejecutaron el Holocausto fueron personas normales que renunciaron a su capacidad de juzgar moralmente.
Entonces, Arendt no basó toda su teoría en el mal, sino que lo utilizó como una advertencia sobre lo que puede suceder cuando se abandona la responsabilidad de pensar por uno mismo. El mal, en ese sentido, aparece ligado a la falta de reflexión y a la obediencia automática, sin medir las consecuencias de los propios actos.
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