
Hay una escena que se repite a diario en las redes sociales. Una persona mira a cámara con una seguridad desconcertante, habla de trauma, de neurociencia, de abundancia, de “reprogramar el subconsciente”, y cierra el video con una frase que parece profunda pero que, bien mirada, no dice absolutamente nada. Tiene millones de seguidores. Vende un curso en dólares, y le va muy bien.
Este fenómeno no es nuevo, pero la escala que alcanzó en los últimos años, sobretodo con el auge de las redes sociales y la cultura de “se tu propio jefe”, lo convierte en algo que merece atención, análisis, y por qué no, también una cuota de preocupación genuina.
La crisis como combustible
Es sabido que el interés por la autoayuda crece en los momentos en que las personas más lo necesitan, y ese dato no es menor. Cuando las rutinas colapsan, cuando la economía aprieta, cuando la incertidumbre se vuelve el clima permanente, la búsqueda de herramientas para sobrevivir emocionalmente se dispara.
Por ejemplo, según El País, durante la pandemia, las ventas de libros de autoayuda aumentaron más de un 40%. El interés en temas de salud mental y bienestar emocional llegó a crecer un 500% en los picos más críticos de 2020, según estudios basados en Google Trends. En el Área Metropolitana de Buenos Aires, de acuerdo a estudios de la UBA indican que el 74% de las personas percibe un grave desgaste emocional y mental por la situación económica.
Esas personas no están buscando hacerse ricos ni encontrar un gurú. Están buscando aire, que alguien les diga que lo que sienten tiene nombre, que no están solos, que hay algo que pueden hacer para cambiar su realidad. Están buscando esperanza, y en ese estado de vulnerabilidad, cualquier voz que suene segura y empática se vuelve magnética.
El problema es que muchas de esas voces no tienen idea de lo que están diciendo.
El algoritmo no pide título universitario
Las redes sociales no fueron diseñadas para distribuir conocimiento riguroso, fueron diseñadas para retener atención. Y la atención, como cualquier recurso escaso, se concentra donde hay mayor estímulo emocional. Los algoritmos favorecen el contenido que promete soluciones rápidas y contundentes; no el que matiza, no el que complejiza, no el que dice “depende”.
En ese ecosistema, la formación académica es, en el mejor caso, irrelevante. En el peor, un obstáculo. Porque quien estudió de verdad sabe que las respuestas rara vez son simples, y esa honestidad intelectual no performa bien en un video de 60 segundos.
Lo que sí performa bien es la confianza sin fisuras, la narrativa de superación personal, la estética de la calma y el dominio.
A eso se le suman hoy las herramientas de inteligencia artificial que corrigen todo para que el creador genere sus guiones perfectos para hacerles parecer que saben de lo que hablan, que eliminan muletillas, que les ayuda a proyectar esa imagen de que la sabiduría serena está al alcance de cualquiera con un teléfono y tiempo libre.
Sobre los guiones, la IA también permite algo más inquietante: el “saber prestado”. Un creador sin ninguna formación en psicología puede pedirle a ChatGPT o Gemini o la que sea, que le explique cierto modelo, tomarlo como propio, traducirlo a una frase de impacto, y publicarlo como si fuera una conclusión derivada de años de estudio. El texto suena inteligente, gana seguidores y el ciclo se retroalimenta.
Relaciones parasociales y positividad tóxica
Hay un concepto que en este contexto resulta bastamte pertinente: las relaciones parasociales. Son vínculos donde el seguidor siente que conoce íntimamente al creador, que comparten algo real, que ese influencer lo entiende mejor que nadie. En momentos de crisis y ansiedad, ese tipo de conexión percibida puede ser muy poderosa, y también muy peligrosa.
Porque esa confianza ciega es exactamente lo que el influencer, consciente o no, termina monetizando. Puede ser a través de un curso, una mentoría, un retiro o un libro autopublicado con frases que suenan a revelación pero que no tienen ningún sustento clínico.
Y cuando la receta mágica no funciona, cuando el seguidor aplica el método durante semanas y sigue sintiéndose igual de perdido, la narrativa dominante ya tiene una respuesta: “no lo estás aplicando bien”, “tu resistencia interior lo bloquea”, “necesitás trabajar más en tu mentalidad”. La responsabilidad siempre recae sobre quien pagó, nunca sobre quien cobró.
La presión constante por alcanzar los estándares de felicidad, éxito y bienestar que estos perfiles exhiben puede terminar generando más frustración, más ansiedad, más baja autoestima, no menos.
Según la International Coaching Federation (ICF), el negocio del coaching y el bienestar creció un 17% solo en 2024. Esto deja en evidencia que hay personas que viven muy bien de esto. Esto no quiere decir que algunas de ellas no ayudan de verdad. Pero muchas otras están capitalizando la desesperación de gente que busca un salvavidas y merece algo mejor que un guion optimizado por un algoritmo para generar clics.
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