
En los años ‘90 se solía referir a una “ley de hierro” de la globalización: “o te subís al tren -se decía- o lo ves pasar desde la estación” (o, en su versión más extrema: “O estás arriba del tren o estás en la vía”). También se hablaba de “montarse a la ola” porque, en su defecto, esa ola “te pasaría por encima”. Ahora está de moda decir que en el mundo actual, si no sos una gran potencia, “o te sentás a la mesa o sos parte del menú”.
Lo leemos y escuchamos en el ámbito académico, en notas periodísticas, presentaciones y conferencias. Lo dijo así el premier canadiense Mark Carney, en su memorable discurso en el reciente Foro de Davos: “Las potencias intermedias debemos actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.
El ex secretario de Estado de los EE.UU., Antony Blinken, ya había utilizado el aforismo en 2024 en la Conferencia de Seguridad de Munich. para resaltar la importancia de participar activamente en la toma de decisiones: “En el sistema de relaciones internacionales, los países pueden elegir entre estar en la mesa o en el menú”, dijo Blinken. Una manera ilustrativa, y algo prosaica, de señalar que si no estás presente para decidir, te convertirás en la víctima o en el afectado por las decisiones tomadas por otros. Así es que pasamos de las metáforas ferroviarias, náuticas o surfísticas a las metáforas antropofágicas. Útiles para graficar opciones cruciales o como recurso descriptivo de un escenario internacional con escaso margen para “salirse del mapa”.
Carlos Escudé, en su libro “El realismo de los Estados débiles” (1995), cuestionaba lo que definía como “la falacia antropomorfa”; esto es, la tendencia a analizar a los Estados y sus comportamientos como si fuesen personas, actores con una sola “mente” o “sentimiento”, cuando se hace referencia a los Estados en términos (por ejemplo) de actores “débiles” o “fuertes” que “sufren”, son “honrados”, son “humillados”, tienen “orgullo” y aspiran a la “gloria”. Un estilo de pensamiento, describía Escudé, “en el cual tendemos a diferenciar a los Estados según el grado de ‘sufrimiento’ que están ‘dispuestos’ a tolerar, o según el grado de ‘libertad’ que tienen dentro del sistema interestatal”.
Valga la acotación: Escudé abogaba en aquel trabajo por una política exterior “realista y pragmática”, “desideologizada” y enfocada en el desarrollo interno mediante la cooperación con las potencias. En este caso, en los años ‘90, se trataba del alineamiento activo de la Argentina con los Estados Unidos, definido por el entonces canciller Guido Di Tella como “relaciones carnales”. El núcleo de la argumentación de Escudé en aquel debate era que el objetivo de la política exterior debía ser, en definitiva, mejorar la calidad de vida de los habitantes y no el poderío o “grandeza” del Estado.
El desarrollo del conocimiento en el campo de las relaciones internacionales contemporáneas -y su desarrollo transnacional- permite reconocer que, más que actores unitarios y racionales, los Estados son sistemas complejos de relaciones compuestos de muchos y diversos factores; grupos humanos, elites, círculos y circuitos de poder; sociedades cuyas interacciones domésticas y exteriores dan como resultado las acciones y decisiones de los gobernantes y los países en múltiples niveles y tableros simultáneos.
Las modernas relaciones internacionales, que han sabido incorporar al estudio tradicional de las guerras y conflictos, otras distinciones y repertorios explicativos, no deberían entregar esos atributos en el altar de las lecturas binarias y reduccionistas del mundo; aquellas que lo dividen entre “fuerzas del bien” y “fuerzas del mal”, países “que comen” y países “que son comidos”.
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